Marcos, un amigo de siempre, me mandó hace poco ese texto de Neruda titulado “Los años que me faltan”. Lo leí una mañana cualquiera, con el café recién hecho, y me dejó con ideas dando vueltas. Se lo pasé a mi mujer y lo comentamos esa misma tarde en el living de casa, sentados en el sofá con la luz de la ventana entrando suave. Fue ella —que es filósofa y siempre ve más allá de lo evidente— la que trajo esa distinción tan precisa: “Fijate que en castellano decimos ‘tengo’ 62 años, como si fueran algo que acumulamos, un haber que se suma. Pero en realidad no los tenemos; somos esos años”. Me pareció una observación profunda, porque toca el hueso de la ontología: el “tener” es accidental, externo; el “ser” es esencial, lo que nos constituye en el tiempo.
Neruda lo expresa de otra forma, pero llega al mismo fondo. Cuenta que un día, con el café humeando, entendió que los años que uno cree “tener” ya no los tiene: se disolvieron en fotos viejas, risas que se apagaron, amores que dejaron de doler, ropa que no entra y sueños que mutaron. Lo que queda por delante —los que “faltan”— son los que de verdad cuentan: los que aún pueden traernos una carcajada sincera, un abrazo imprevisto, una charla larga o un brindis cualquiera. A esta altura uno deja de contar velitas o arrugas y empieza a medir la vida por momentos que perduran: risas que se anclan, silencios que reconfortan. Neruda quiere gastarlos despacio, sin apuro ni necesidad de demostrar nada. Que la vida corra, cambie o sorprenda; lo único que importa es que esos años sean realmente suyos, vividos con el corazón en paz y con gratitud por todo lo que ya fue, errores incluidos.
Esa idea de mi mujer encaja perfecto y la lleva más lejos. En castellano “tengo” suena a posesión, como si los años fueran un bien más en el inventario de la existencia. Pero no aumentan nada tangible; al revés, nos van despojando de ilusiones, máscaras y soberbias, nos dejan más desnudos, más auténticos. En inglés es “I am 62 years old”: “yo soy” 62 años. El tiempo no es algo que uno acumula; es algo que uno deviene. Cada año vivido nos moldea el carácter, las convicciones, la manera de ver el mundo. Lo que fui —con aciertos y tropiezos, caídas y resurrecciones— me constituye ahora. No es una cuenta que crece; es una identidad que se afirma en el fluir del ser, como diría Heidegger: el Dasein que se proyecta hacia adelante en su temporalidad finita.
Esto me resuena profundamente con la fe católica que nos sostiene. No somos dueños absolutos del tiempo; es un don de Dios, un préstamo para crecer en gracia y amor. San Agustín lo dijo con claridad meridiana: nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Él. Los años que ya pasaron fueron para aprender, equivocarnos, pedir perdón y acercarnos un poco más a esa paz. Los que vienen son una continuación de esa tarea: no para acumular días vacíos, sino para vivirlos con sentido, con misericordia hacia los demás y hacia uno mismo, con esperanza en lo que Dios tiene preparado. La fe nos libera del aferramiento al “tener” —más tiempo, más juventud, más logros— y nos invita a abrazar el “ser”: ser hijos suyos, capaces de amar de verdad, de perdonar sin rencor, de esperar con confianza.
Para ilustrar esa transformación del “tener” al “ser”, pienso en la frase que se le atribuye a Coco Chanel: “La naturaleza te da la cara que tienes a los 20; la vida te moldea la cara a los 30; pero a los 50 te toca la cara que mereces”. No “tenemos” una cara; somos esa cara. Las líneas que se marcan con los años no son casuales ni castigo: son el mapa de nuestras elecciones, de las sonrisas generosas que dimos, de las lágrimas que vertimos, de los perdones que concedimos o los rencores que guardamos. A los 62 uno ya es responsable de su rostro —y de su ser interior—. No porque lo controle todo, sino porque las decisiones acumuladas nos han ido definiendo.
Hoy, recordando esa charla en el living con mi mujer, me doy cuenta de que no quiero “tener” más años como si fueran objetos para archivar. Quiero “ser” los que me faltan: vivirlos con calma, con gratitud por el camino recorrido y con los ojos abiertos a lo que Dios disponga. Gracias a Neruda por ponerlo en palabras tan claras, gracias a Marcos por mandármelo, y gracias sobre todo a mi mujer por haberlo llevado al terreno filosófico del “ser”. Eso fue un regalo inesperado en una tarde cualquiera de casa.
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