La moda de la "aceptación" incondicional: Un engaño que confunde el mal con el bien
Vivimos tiempos en que la tolerancia se ha convertido en un dogma absoluto: hay que "aceptar" a todos tal como son, sin matices ni condiciones. Esta supuesta virtud, sin embargo, no es más que un mecanismo astuto para normalizar lo que daña, para equiparar el mal con el bien y borrar cualquier criterio de discernimiento. Existe una diferencia radical entre esa aceptación pasiva que todo lo justifica y el amor genuino que, aunque abraza al otro, no se resigna a dejarlo en su error o en su sufrimiento.
Esa distinción se ha extendido a pretender que el autismo severo tiene que ser "aceptado", casi bienvenido. Como padre de un joven con esta condición en su forma más grave, no puedo adherirme a la idea de que el autismo sea simplemente una "diversidad" que merece una aceptación sin más, sin esfuerzo alguno por aliviar sus consecuencias. Para mí y para muchos otros padres en situaciones parecidas, el autismo severo es una discapacidad profunda y limitante que afecta gravemente la comunicación, la autonomía, la seguridad y la calidad de vida de quien la padece, y también la de toda su familia.
Amo a mi hijo con fuerza. Pero odio con igual fuerza esta condición que le arrebata oportunidades reales de independencia, relaciones sencillas con el mundo, tranquilidad cotidiana, y a veces hasta la paz de la casa entera. No pido compasión ni victimismo; pido que se reconozca la verdad sin edulcorarla, sin romantizar ni minimizar el peso que llevan quienes enfrentan las formas más severas de esta discapacidad.
El amor auténtico no ciega ante la realidad, ni la realidad disminuye el amor. Al contrario, ambos se sostienen mutuamente. En el caso del autismo severo, reconocer la verdad nos impulsa a actuar: a buscar terapias intensivas, intervenciones tempranas, apoyos concretos que, aunque no eliminen la condición, sí puedan aliviar su carga. Ignorar esto bajo el lema de la "aceptación" no es progreso; es abandono disfrazado de sensibilidad.
Esta moda moderna de la aceptación incondicional nace de un relativismo que ha penetrado profundamente nuestra cultura, negando verdades objetivas en nombre de un individualismo cómodo. En el ámbito de las discapacidades, se traduce en campañas que celebran la "neurodiversidad" como un valor absoluto, sin distinguir entre las formas leves —donde puede haber talentos excepcionales— y las formas severas, donde el sufrimiento es innegable y la necesidad de ayuda, urgente.
En un mundo que a menudo prefiere la ilusión a la verdad, defender la dignidad de quien sufre exige no conformarse con aceptar el mal como inevitable. Significa amar sin límites, pero actuar sin descanso. Que esta reflexión sirva para despertar conciencias: reconocer el dolor real sin negarlo, y abrir caminos de alivio y esperanza para quienes lo viven día a día.

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