De la lanza al mesianismo: Porque odio el populismo



Odio el populismo porque encarna la degradación de la política en algo bajo, manipulador y, al final, destructivo para la patria que finge redimir. En Argentina, donde nuestra fascinación histórica con los caudillos del siglo XIX —Facundo Quiroga, Rosas, los federales del interior— sigue latiendo en el imaginario colectivo, los populistas modernos se cubren con sus atributos externos: el carisma paternal, el discurso fogoso, la promesa de justicia inmediata, la identidad visceral contra “los de arriba”. Pero no son lo mismo. Mezclarlos es confundir el síntoma con la enfermedad.

Los caudillos del XIX eran producto de un vacío brutal: anarquía post-independencia, guerras civiles, fragmentación territorial, ausencia de Estado consolidado. Su poder nacía de la lanza, el caballo, la lealtad personal y el control directo de mesnadas provinciales. Gobernaban por fuerza y clientelismo rural, sin elecciones masivas ni ideología que fabricara una “voluntad popular” homogénea. Eran señores de la guerra en un país sin instituciones sólidas; llenaban un hueco con autoridad casi feudal.
Los populistas modernos —desde Perón y sus epígonos hasta los de hoy— se visten con ese manto romántico criollo (la vincha simbólica, el “pueblo” mítico, el líder providencial), pero su poder destructor es mucho más hondo y penetrante. ¿Por qué?
Primero, operan en un Estado moderno y una sociedad de masas. Acceden por vías democráticas —urnas, elecciones competitivas—, lo que les da una legitimidad inicial que el caudillo del XIX a menudo no necesitaba. Una vez en el poder, colonizan el aparato estatal: clientelismo masivo con presupuestos públicos, control de medios, sindicatos cooptados, justicia manipulada. El caudillo clásico podía caer por espada o coalición provincial; el populista moderno erosiona las instituciones desde adentro, las convierte en extensión de su persona y las deja huecas al partir.
Segundo, su promesa es más ambiciosa y falaz. El caudillo del XIX ofrecía orden y protección en el caos inmediato; el populista vende redención total: fin de la pobreza, igualdad instantánea, soberanía recuperada, todo con pura voluntad y un héroe. Ignora las verdades trágicas de la economía, la historia y la naturaleza humana. Cuando fracasa —porque siempre fracasa—, no se retira: redobla la polarización, la conspiranoia, el “nosotros contra ellos” eterno. Crea un ciclo de escalada que el caudillo del XIX no sostenía indefinidamente.
Tercero, infantiliza a escala nacional de forma irreversible. El caudillo clásico comandaba lealtades locales y tribales; el populista fabrica una “hinchada” masiva, dependiente emocional y materialmente del líder. Desplaza la responsabilidad individual y colectiva por el mesianismo: todo mal es culpa de la “casta”, el “imperio” o el traidor; la solución, esperar el próximo gesto del salvador. Esto destruye la ciudadanía activa, la deliberación y el debate civilizado que, aunque precario en el XIX, no estaba sistemáticamente sabotado por un discurso que convierte la política en espectáculo de resentimiento.
El populismo prospera en la simplificación grosera y el fuego emocional en vez del argumento serio. Convierte males reales —pobreza crónica, decadencia moral, saqueo institucional— en duelo maniqueo entre “pueblo bueno” y la "oligarquía" o la “casta maligna”. Esa división embriaga, pero envenena: sutileza es elitismo, prueba conspiración, discrepancia traición. Lo que arranca como denuncia legítima deriva en teatro demagógico: líderes que fingen furia para aplausos, no para soluciones de verdad.
Prefiere el desahogo catártico a la grandeza trágica, el rencor a la responsabilidad, el espectáculo barato al cuidado generacional. En lugar de un estadismo que invoque lo mejor del alma argentina —tenacidad, coraje, sacrificio—, halaga lo peor: envidia, tribalismo, paranoia.
Acelera nuestro ocaso al revivir esa adoración por el caudillo, pero en versión posmoderna y corrosiva. Vende la ilusión de que décadas de corrupción, estatismo asfixiante y decadencia cultural se revierten con un héroe providencial, ignorando las verdades trágicas de nuestra historia. Cuando fracasa, redobla la culpa y el radicalismo. Ese espiral sin redención es combustible sobre el incendio que ya nos consume.
Rechazo el populismo no porque ignore agravios reales —que duelen en el alma argentina—, sino porque sus métodos y su espíritu traicionan los principios de honor, claridad y combate civilizado que podrían, acaso, salvar lo poco que queda en pie de nuestra patria. No es remedio; es el agravante eterno de nuestro mal.
¿Dónde encaja en este panorama nuestro presidente Javier Milei? Surge la duda inevitable: ¿será que no es un populista en el sentido corrosivo que denuncio, sino el antídoto doloroso que tanto hemos necesitado? Muchos esperamos que su guerra contra la “casta” no sea demagogia hueca, sino un ariete necesario contra el estatismo peronista que nos ha hundido. Sí, su estilo es áspero, su retórica incendiaria y su figura evoca al caudillo moderno con toques mesiánicos, pero su agenda —desregulación, ajuste fiscal, defensa de la libertad individual— apunta a desmontar el cáncer populista, no a perpetuarlo. ¿Un mal necesario? Más bien un remedio amargo en una patria al borde del abismo: sus errores tácticos duelen, pero su dirección general hace más bien que mal, rompiendo el ciclo de decadencia con una audacia que, aunque imperfecta, ofrece una chance de redención verdadera. En un país asfixiado por décadas de populismo, Milei no es el veneno; es el antídoto, por doloroso que sea. Ojalá lo sea de verdad. Si no lo fuese, habremos caído otro escalón mayúsculo en nuestra decadencia.

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