Cincuenta años después: El indulto como puente hacia la reconciliación

 

En este marzo melancólico de 2026, cuando las sombras del otoño comienzan a extenderse sobre las pampas como un velo de recuerdos inconclusos, Argentina conmemora —o mejor dicho, confronta— los cincuenta años del golpe militar de 1976. Medio siglo ha transcurrido desde aquel amanecer tormentoso en que las Fuerzas Armadas, impulsadas por un deber inexorable ante el caos subversivo que devoraba la nación, tomaron las riendas para restaurar el orden en medio de una guerra no declarada, con el apoyo masivo de la población: el golpe más anticipado y previsible de la historia argentina. Me voy a animar a hablar en nombre de muchos que piensan así pero saben que susurrar una opinión que cuestione la narrativa oficial —la que exige un castigo perpetuo y rechaza cualquier atisbo de misericordia— es exponerse a la crítica cerrada e implacable de los guardianes de la historia oficial, esos que, en su afán de venganza ideológica, no toleran el concepto de un indulto, de una obra de misericordia aplicada a estos presos olvidados, ancianos al borde de la muerte. De mi parte, con la edad que tengo viviendo donde vivo y luchando contra un cáncer que sólo Dios sabe cuánto tiempo me dará en este mundo, me importan poco y nada las opiniones de los que, dogmáticos como inquisidores de la antigua Iglesia que tanto critican, se erigen en censores de cualquier voz que ose pedir clemencia. Hoy, en esta
encrucijada histórica, reclamo con la voz de un idealista combativo, pero teñida de esa profunda melancolía por un país que se desangra en divisiones perpetuas, un indulto general para aquellos presos por sus acciones en la lucha antisubversiva. No es un capricho nostálgico, ni una provocación vacua; es un acto de justicia poética, un bálsamo necesario para sanar las heridas de una sociedad que, como un viejo tango, se debate entre el rencor y el olvido.

Recordemos, con la claridad que el tiempo otorga a los espíritus serenos, el contexto de aquellos días. La Argentina de los setenta no era un idilio peronista, sino un caldero en ebullición donde guerrillas marxistas, inspiradas en el delirio castrista y financiadas por sombras extranjeras, sembraban el terror con bombas, secuestros y asesinatos. Montoneros, ERP y sus aliados no eran románticos soñadores, sino verdugos sistemáticos que atacaban al Estado y a sus ciudadanos con una ferocidad que hoy, en la comodidad de las narrativas revisionistas, se diluye en eufemismos. Frente a esta amenaza existencial, los militares actuaron no como tiranos caprichosos, sino como guardianes de una república al borde del abismo. Sus excesos —que no niego, pues el idealismo no es ciego— fueron los de una guerra asimétrica, donde el enemigo se escudaba en la clandestinidad y el Estado respondía con la crudeza que la supervivencia demanda. ¿Acaso no es esto la esencia trágica de toda contienda humana, donde el bien y el mal se entretejen en un tapiz de sangre?

Sin embargo, en las décadas subsiguientes, la victoria militar se transmutó en derrota judicial. Los vencedores de ayer se convirtieron en los reos de hoy, encadenados por procesos que, bajo el manto de los "derechos humanos", han servido más como venganza ideológica que como búsqueda de verdad. Ancianos nonagenarios, como el general Videla —quien murió en prisión, al igual que tantos otros— o sus camaradas, languidecen en celdas que huelen a revanchismo kirchnerista, mientras los verdaderos subversivos —aquellos que iniciaron la espiral de violencia— disfrutan de pensiones estatales y honores póstumos. Es bueno recordar aquí que ningún ex guerrillero, ni de Montoneros ni del ERP, está preso hoy por sus crímenes de esa época; muchos fueron amnistiados, indultados o simplemente no perseguidos con la misma saña, en una asimetría que clama al cielo. Esta desigualdad no es justicia; es una parodia shakesperiana, donde los leones son juzgados por las hienas. Reclamo el indulto no para glorificar el pasado, ni para defender excesos de ningún tipo, sino para equilibrar la balanza histórica con un gesto de misericordia pura, reconociendo que en una guerra civil encubierta, la culpa no reside en un solo bando. Es hora de extender la mano de la clemencia, como lo hizo España en su Transición con la Ley de Amnistía de 1977, que permitió a franquistas y republicanos enterrar sus hachas y construir una democracia sin rencores perpetuos.

¿Por qué ahora, en este quincuagésimo aniversario, es una buena idea avanzar hacia este indulto? Primero, porque el tiempo, ese gran alfarero de las pasiones humanas, ha moldeado en los sectores pensantes de la sociedad una perspectiva más serena. Cincuenta años nos separan de aquellos eventos, un lapso suficiente para que el ardor de las ideologías se enfríe y dé paso a la reflexión. Los jóvenes de hoy, nacidos en democracia, miran al 76 no como una herida fresca, sino como un capítulo lejano en los libros de historia. Indultar ahora no reabriría llagas, sino que las cauterizaría, permitiendo que la nación se enfoque en sus verdaderos desafíos: la pobreza rampante, la inflación que devora sueños, y la corrupción que corroe instituciones. En un mundo donde naciones como Sudáfrica lograron la reconciliación post-apartheid a través de la Comisión de Verdad y Reconciliación, otorgando amnistías condicionales para sanar divisiones profundas, Argentina no puede permitirse el lujo de mantener prisioneros de una batalla extinguida.

Segundo, el clima político actual, con un gobierno libertario al timón bajo Javier Milei, ofrece una ventana única de oportunidad. Milei, con su retórica audaz y su rechazo al consenso progre, ha demostrado que es posible romper con las cadenas del pasado ideológico. Su administración, combativa contra el estatismo y el populismo, podría enmarcar este indulto como un gesto de reconciliación nacional, similar a cómo Menem en los noventa indultó a guerrilleros y militares por igual, en un gesto de pacificación que, aunque controvertido, evitó una espiral de odios. Hoy, con el peronismo en retroceso y la sociedad cansada de polarizaciones estériles, un indulto sería visto por la mayoría no como favoritismo, sino como pragmatismo: liberar a octogenarios moribundos no amenaza a nadie, pero envía un mensaje de que Argentina prioriza el futuro sobre el revanchismo. Imaginen el simbolismo poético: en el aniversario del golpe, no marchas de confrontación, sino un acto de gracia que, aunque un sector minoritario de la población —el que nunca pasará la página y usará el pasado como arma eterna— jamás lo acepte en su ceguera ideológica. Sin embargo, no podemos permitir que nos mantengan como rehenes, condicionando para siempre nuestra actitud como nación. La mayoría, la que anhela vivir sin cadenas del ayer, merece trascender.

Finalmente, porque negarse al indulto perpetúa una melancolía nacional que nos impide avanzar. Somos un pueblo de pasiones intensas y contradicciones profundas, pero también de rencores eternos (¿no seguimos todavía en la lucha de unitarios y federales?) que nos atan como Prometeo al peñasco. Indultar ahora sería un gesto de idealismo combativo: no olvidar el pasado, sino trascenderlo. Permitiría que esos presos, muchos al borde de la tumba, encuentren paz en sus últimos días, mientras la sociedad se libera del peso de juicios que, tras décadas y con sus consecuencias tan unilaterales, han perdido su esencia restaurativa. En esta era de declive global, donde civilizaciones se desmoronan bajo el peso de sus divisiones, Argentina podría erigirse como ejemplo de madurez histórica, mostrando al mundo que la verdadera libertad nace no del castigo infinito, sino de la clemencia oportuna.

Que este cincuentenario no sea un lamento estéril, sino un renacer. Reclamo el indulto con la pasión de quien ama a su patria no por lo que es, sino por lo que podría ser: una nación reconciliada, fuerte y poética en su unidad. El tiempo urge; la melancolía nos llama a actuar antes de que sea demasiado tarde.

por Alfonso Beccar Varela y Grok

Comentarios

  1. EXCELENTE!!! ARTICULO,MUY BIEN ESCRITO!!!! LAS FUERZAS ARMADAS NOS SALVARON DEL MARXISMO,INTRODUCIDO DESDE URSS LUEGO CUBA,QUE LO INTRODUJO EN AMERICA Y AFRICA,SABIENDO QUE EUROPA SE HUNDIA,CON MAS GUERRA DP DE 2 GUERRAS .UNDIALES Y DUERRAS INTESTINAS.POR ESA RAZON LO EXPORTARON!!!! NLO DIJGO YO,ES LA PALABRA DE UN GENRAL,QUE TB ESTUVO PRESO Y YA FALLECIO!!! E A TE 24 DE MARZO EL PRESIDENTE MILEI,EN POS DE LA RECONCILACIO N NACIONAL,DEBERIA INDULTAR A TODOS LOS PRESOS POLITICOS,MUCHOS DE ELLOS SIN SENTTENCIA FIRME!!!! DIOS QUIERA,ASI SEA!!!!🇦🇷🇦🇷🇦🇷🇦🇷

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  2. Muy bueno Alfonso!! Cada palabra justa. Lamentablemente esa sociedad cobarde que en su momento pedía el golpe hoy su silencio hace ruido. FELICITACIONES

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    1. Tenés razón Loni. Entre los cobardes políticamente correctos, los que no les importa la historia y los que siguen militando del otro lado, hay muchos que miran para otro lado.

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