Un debate que no se leyó en los medios

Era una tarde de febrero en Buenos Aires, de esas que te pegan el aire húmedo en la cara como una toalla mojada. Caminaba por Viamonte, entre Callao y Talcahuano, esquivando los charcos que dejó la lluvia de la mañana y el humo de los colectivos que pasan a toda velocidad. El sol ya se estaba poniendo detrás de los edificios, tiñendo todo de un naranja sucio, típico del verano porteño. De pronto, en la vereda de enfrente de la Facultad de Filosofía y Letras, vi el cartel pegado en un poste de luz: un afiche sencillo, impreso en blanco y negro, con letras grandes:
DEBATE ABIERTO “Juan Manuel de Rosas: ¿tirano, salvador o ambos?” Dra. Elena Mitre vs. Dr. Pablo Rosa Hoy, 20 de febrero de 2026 – 19:00 hs Salón de Actos, Facultad de Filosofía y Letras (UBA) Entrada libre y gratuita
Me quedé mirando el cartel un segundo más de lo normal. Algo en el nombre “Rosas” todavía me hace frenar el paso, aunque lleve años viviendo en Ohio. Crucé la calle, subí los escalones gastados de la entrada principal de la Facultad —esa fachada neoclásica con columnas que parecen cansadas de sostener el peso de tantas discusiones—, mostré el DNI en la puerta y entré.
El hall estaba lleno de gente joven con mochilas, algunos con libros bajo el brazo (vi un ejemplar viejo de “Facundo” y otro de “Revolución Nacional” de Jauretche), profesores con cara de haber visto esto mil veces, y un par de tipos con pines punzó discretos en la solapa del saco. Olía a café barato de la máquina del pasillo y a humedad de edificio viejo. Subí al primer piso por la escalera ancha, con baranda de hierro forjado que crujía bajo la mano, y entré al Salón de Actos.
Era el salón clásico de la UBA: techos altos con molduras doradas que se descascaraban en las esquinas, paredes con paneles de madera oscura, butacas fijas de madera y tapizado rojo gastado. Había unas 150 personas sentadas o de pie en los pasillos laterales. Al fondo, cerca de la puerta, un grupo de estudiantes tomaba notas en notebooks; más adelante, señores mayores con anteojos gruesos y carpetas; en el medio, una mezcla de todo: algún militante con remera de la agrupación, una señora con un libro de Sarmiento en la mano como si fuera un escudo, y varios que parecían haber venido solo por curiosidad. El aire estaba pesado, con ese olor a madera vieja y expectativa. Se oían murmullos, algún “shhh” cuando alguien hablaba fuerte, y el ruido lejano de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas.
Me senté en una de las últimas filas, cerca de la salida, porque no quería que me vieran mucho. La luz de los focos del escenario iluminaba el atril y las dos sillas donde ya estaban sentados Elena Mitre y Pablo Rosa, esperando que empezara. Ana Torres, la moderadora, ajustaba el micrófono con calma. El cartel de la calle me había traído hasta acá, y ahora estaba adentro, escuchando cómo dos historiadores serios, con argumentos afilados y respeto mutuo, se enfrentaban por un hombre que murió hace casi 150 años pero que todavía nos hace hervir la sangre.
El debate comenzó con las palabras introductorias de Ana Torres, y desde el primer minuto supe que no iba a ser un intercambio cualquiera. Era uno de esos momentos en que la historia deja de ser un libro viejo y se convierte en algo vivo, que duele y que importa. ¡Gracias a Dios tenía un teléfono con mucha memoria y pude grabar todo! Después de unos días les ofrezco la transcripción. Espero que les guste tanto como me gustó a mi.
“La figura histórica de Juan Manuel de Rosas: ¿tirano, salvador o ambos?”
20 de febrero de 2026
Lugar del evento: El debate se realiza en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en Recoleta.
Moderadora: Dra. Ana Torres Mujer de unos 65 años, profesora emérita de la UBA con una trayectoria impecable en historia del siglo XIX argentino. Apariencia serena y autoritaria: cabello gris corto y elegante, gafas de marco fino, traje sastre azul marino con un pañuelo de seda al cuello. Habla con voz clara y pausada, sin favoritismos, pero con un leve acento porteño que delata su origen en Caballito. Se mueve con calma por el escenario, ajustando el micrófono con gestos precisos.
Dra. Elena Mitre Historiadora liberal de 52 años, descendiente espiritual de la Generación del 37 (su familia reivindica el linaje de exiliados unitarios). Profesora titular en la UBA y autora de libros sobre Sarmiento, el exilio rosista y la construcción del Estado liberal. Apariencia refinada y algo austera: cabello castaño recogido en un moño bajo, traje pantalón negro con blusa blanca impecable, pendientes pequeños de perla. Gafas de lectura que se quita y pone con frecuencia cuando enfatiza un punto. Habla con pasión contenida, a veces con un gesto de incredulidad irónica cuando rebate.
Dr. Pablo Rosa Historiador revisionista de 58 años, investigador principal del Instituto de Estudios Históricos Juan Manuel de Rosas y autor de obras sobre federalismo, soberanía económica y la resistencia criolla al imperialismo del siglo XIX. Apariencia robusta y criolla: cabello canoso corto pero algo desordenado, barba recortada, camisa celeste con saco sport marrón, pantalón de vestir y zapatos bien lustrados. Usa anteojos de aumento gruesos y gesticula mucho con las manos, como si estuviera contando una anécdota en una peña. Habla con tono cálido y combativo, pero siempre cortés, con un leve humor autocrítico.
Palabras introductorias de la Dra. Ana Torres: Buenas noches a todos y gracias por acompañarnos en esta noche calurosa de febrero. Este debate no es un ejercicio académico frío ni una revancha histórica. Juan Manuel de Rosas sigue dividiendo a los argentinos después de casi dos siglos porque toca fibras profundas: soberanía nacional versus instituciones liberales, orden en el caos versus libertad individual, el orgullo criollo contra la mirada europeizante. Para unos es el tirano que atrasó al país; para otros, el defensor que salvó la unidad cuando todo se desarmaba. El objetivo de hoy es simple pero ambicioso: escuchar con respeto las dos visiones más fuertes que persisten en la historiografía contemporánea —la tradición liberal y el revisionismo— y ver si, entre argumentos y pasiones, podemos acercarnos un poco más a entender por qué Rosas todavía nos interpela tanto. No buscamos un ganador; buscamos claridad en medio de la polarización que, lamentablemente, sigue siendo parte de nuestra identidad como nación. Con ese espíritu, damos la palabra a los expositores.
Presentación de la Dra. Elena Mitre: ¡Muchas gracias Ana! Sé que algunos me van a decir que soy la típica descendiente espiritual de los exiliados que lee la historia con anteojos porteños... pero intentemos ser honestos. Rosas tomó las riendas en un país que era un caos sangriento desde la independencia: caudillos degollándose, montoneras arrasando todo, familias destruidas. Heredó un desastre, nadie lo niega. Pero lo que hizo fue transformar ese caos en un sistema de poder personal absoluto: la Mazorca operando como policía secreta, ejecuciones sin juicio sumario, exilio o muerte para cualquiera que pensara distinto. Florencio Varela, mi admirado antepasado espiritual, fue asesinado a puñaladas en Montevideo el 20 de marzo de 1848: lo esperaron en la puerta de su casa, le clavaron el puñal en la carótida por la espalda mientras llamaba, y murió desangrado frente a una zapatería. Todo por oponerse con la pluma en “El Comercio del Plata”. Su “federalismo” era una ilusión: Buenos Aires retenía la aduana —la principal fuente de ingresos del país— y nombraba gobernadores títeres en las provincias. Económicamente nos aisló; los bloqueos extranjeros fueron duros, pero su intransigencia los prolongó innecesariamente. Después de Caseros llegó la Constitución de 1853, la inmigración masiva, los ferrocarriles, el boom exportador... Rosas encarna ese caudillo providencial que nos seduce cuando todo se desmorona, pero que al final nos deja dependientes del hombre fuerte en lugar de instituciones sólidas. Y eso nos sigue costando caro en cada crisis.
Presentación del Dr. Pablo Rosa: Elena, con todo el cariño del mundo... si los unitarios hubieran ganado antes, hoy estaríamos tomando el té con leche mientras nos vendían como carne barata a los ingleses. Rosas no inventó el quilombo: lo agarró cuando el país se estaba desarmando en pedazos desde 1810. Pacificó la campaña bonaerense, derrotó a Lavalle en Puente de Márquez, contuvo las montoneras durante diecisiete años largos. Defendió la soberanía contra Francia e Inglaterra —en Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, pusieron cadenas cruzando el Paraná, cañones contra vapores, Mansilla al mando resistiendo a la flota más poderosa del mundo con lo que tenían. El plebiscito de 1835 dio 9.713 votos a favor y solo 7 en contra, en una provincia de unos 60.000 habitantes: eso no es terror, es aclamación popular genuina entre gauchos y criollos que veían en él al que ponía orden. Protegió la ganadería criolla, la fe católica del pueblo contra las reformas secularizantes de Rivadavia. Sí, fue mano dura —la Mazorca existió, no lo niego—, pero en una guerra civil donde ambos bandos jugaron sucio. Caseros abrió la puerta a la entrega económica británica y al unitarismo que concentró toda la riqueza en el puerto. Rosas salvó la unidad nacional y la dignidad; reivindicar su legado no es idolatría, es no olvidar que sin él quizás no tendríamos país como lo conocemos.
Moderadora: Gracias a ambos. Mi pregunta primera pregunta es: En el contexto de las guerras civiles pos-independencia, ¿fue Rosas un producto del caos o su principal causante?
Dra. Elena Mitre: Pablo, vos siempre insistís en que fue “producto y solución”, pero para mí fue el principal causante de que el caos durara tanto tiempo. El despelote venía de 1820: siete gobernadores en Buenos Aires en siete años, batallas interminables como Oncativo o La Tablada, la Liga del Interior amenazando con romper todo en republiquetas miserables. Pero Rosas lo llevó a un nivel superior al declarar una guerra ideológica total: no aceptó ninguna convención constituyente mientras tuvo poder absoluto, y usó el terror sistemático para aplastar cualquier disidencia. El fusilamiento de Camila O’Gorman en 1848 —embarazada de varios meses, por un “delito de amor” con el sacerdote Gutiérrez— no fue mera defensa del orden; fue un escarmiento moral que aterrorizaba a la sociedad entera, desde los intelectuales hasta las familias comunes. Halperín Donghi lo explica muy bien en sus obras: su personalismo bloqueó cualquier salida institucional temprana y prolongó la violencia innecesariamente. ¿Solución temporal? Sí, pero a un precio humano y político que todavía pagamos.
Dr. Pablo Rosa: Elena, entiendo perfectamente el nudo en el estómago que genera el caso de Camila —es trágico y nadie lo niega—, pero contextualicemos sin romantizar el otro lado. Antes de Rosas la anarquía era absoluta: montoneras descontroladas saqueando pueblos, caudillos locales proclamándose reyes de su provincia, traiciones diarias que dejaban viudas y huérfanos por doquier. Él pacificó la campaña bonaerense, derrotó a Lavalle y contuvo el desborde durante casi dos décadas. El caos regresó con toda su fuerza después de Caseros, con guerras que duraron hasta Pavón en 1861 y la federalización de Buenos Aires en 1880. El plebiscito de 1835 no fue un chiste: 9.713 votos a favor en un sufragio restringido pero representativo de la época, en una provincia donde la gente común lo veía como el que ponía orden. No prolongó la violencia; la frenó cuando nadie más podía. Sin él, ¿qué país tendríamos hoy? Probablemente varios pedazos independientes y miserables.
(Réplica – Dra. Mitre): Frenó con miedo, Pablo. Siete votos en contra... ¿casualidad en un régimen donde disentir costaba la vida? El terror hace milagros en las urnas, y no me vengas con que era “aclamación popular” pura y sin presión.
Moderadora: ¿Representó Rosas un federalismo genuino o un centralismo porteño disfrazado?
Dr. Pablo Rosa: El “centralismo disfrazado” es el clásico verso unitario que se repite desde Mitre hasta hoy. El Pacto Federal de 1831 fue la base real de la Confederación: se firmó en Santa Fe entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, y luego las provincias fueron adhiriéndose una por una —Mendoza en agosto de 1831, Corrientes poco después, Córdoba, Santiago del Estero, y así hasta casi todas en 1832. Las Provincias lo eligieron jefe supremo porque defendía sus intereses contra el monopolio aduanero porteño que los unitarios querían eternizar para siempre. Rosas respetó la autonomía provincial mucho más que Rivadavia con su Constitución unitaria de 1826, que imponía un gobierno centralizado desde Buenos Aires sin consenso real de las provincias. No fue perfecto, claro —ningún sistema lo es en tiempos de guerra—, pero fue un federalismo práctico y realista en un país rural, criollo y sin instituciones sólidas que pudieran funcionar de otra manera.
Dra. Elena Mitre: Pablo, el Pacto Federal era papel mojado en la práctica diaria: Buenos Aires retenía toda la aduana —el dinero entraba por el puerto y se quedaba ahí, sin reparto justo—, y nombraba o vetaba gobernadores leales en las provincias. Las Provincias eran satélites, no socios iguales con voz propia. La ironía es cruel: el “Restaurador de las Leyes” evitó cualquier ley nacional durante diecisiete años largos. La Constitución de 1853 trajo un federalismo equilibrado que Rosas rechazó sistemáticamente, porque amenazaba su control absoluto. ¿Genuino? Solo si “federal” significa “Buenos Aires manda y las demás obedecen cuando les conviene”.
(Réplica – Dr. Rosa): Elena, sin Rosas el federalismo habría sido pura disolución en republiquetas débiles. Las Provincias lo respaldaron porque los unitarios querían centralizar todo en el puerto y dejar al interior sin nada. Eso es historia real, no verso liberal de salón.
Moderadora: Pregunta 3. ¿Cómo evalúan la resistencia de Rosas a los bloqueos francés y anglo-francés?
Dra. Elena Mitre: Pablo, te concedo sin problema lo heroico del gesto en términos de soberanía nacional —eso no se discute. La Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, fue un símbolo poderoso: cadenas cruzando el Paraná, cañones apuntando a vapores de guerra, Pedro de Ángelis y Mansilla resistiendo con lo poco que tenían contra la flota más moderna del mundo. Es una página de dignidad criolla que emociona. Pero cuando miramos el costo económico y humano, la cosa cambia. Los bloqueos (el francés de 1838-1840 y el anglo-francés de 1845-1850) no surgieron de la nada: fueron respuestas al sitio prolongado de Montevideo y al control rosista de los ríos interiores que impedía el comercio libre. Rosas rechazó varias negociaciones razonables que podrían haber evitado años de aislamiento. El sufrimiento fue real: exportaciones de cueros y tasajo cayeron en picada, hambruna en sectores populares de Buenos Aires y el interior, escasez de bienes importados básicos. Al final la flota aliada pasó igual y los tratados llegaron en 1849-1850 sin grandes concesiones territoriales, pero después de un desgaste brutal. ¿Valió la pena el precio del estancamiento prolongado y el dolor de la gente común?
Dr. Pablo Rosa: Elena, cuando decís “suicida” me suena a eco de la historiografía liberal que siempre prioriza el balance comercial sobre la dignidad. San Martín, al final de su vida, le legó su sable a Rosas precisamente por esa resistencia —no por capricho, sino porque entendió que era la defensa más firme de la soberanía argentina en todo el siglo XIX. En Vuelta de Obligado pusieron literalmente el cuerpo: baterías bajo mando directo del Restaurador, el viejo Brown al frente, resistiendo cañones Paixhans con artillería anticuada y fusiles de chispa. Impidieron que Francia e Inglaterra nos impusieran el libre comercio unilateral que nos hubiera convertido en proveedores eternos de materias primas baratas, sin industria ni desarrollo propio. Los tratados de paz de 1849 con Francia y 1850 con Inglaterra fueron dignos: reconocieron la soberanía sobre los ríos interiores y no hubo cesiones territoriales. Sin esa defensa, el “granero del mundo” post-Caseros habría sido solo un granero para los británicos, y nosotros seguiríamos siendo factoría. El aislamiento dolió, sí, pero preservó el futuro.
(Réplica – Dra. Mitre): Dignos en papel, Pablo, pero a costa de décadas perdidas en estancamiento económico y sufrimiento popular. El heroísmo moral es admirable, pero no llena la olla ni construye ferrocarriles. El precio fue altísimo.
Moderadora: Cuarta pregunta. ¿La Mazorca y las prácticas represivas fueron necesarias para el orden o actos de tiranía?
Dr. Pablo Rosa: Nadie en su sano juicio niega que la Mazorca y las ejecuciones sumarias fueron prácticas duras, a veces brutales, y que dejaron una marca oscura en la historia. Pero hay que ponerlas en el contexto exacto de lo que era la realidad del Río de la Plata entre 1830 y 1850: una guerra civil sin cuartel, donde el bando unitario desde Montevideo organizaba complots constantes, atentados, alianzas con potencias extranjeras y hasta financiamiento directo de Francia y Brasil para derrocar al gobierno de Buenos Aires. Lavalle fusiló a Dorrego en 1828 sin formación de causa ni juicio; los degolladores de Facundo Quiroga dejaron un reguero de sangre en el interior que aún se recuerda en las provincias; montoneras unitarias y federales se mataban entre sí sin piedad. En ese infierno, la Mazorca —la Sociedad Popular Restauradora— funcionaba como una policía política y de inteligencia para detectar y neutralizar conspiraciones internas antes de que explotaran. No era un grupo de matones a sueldo por capricho; era una herramienta de control en un régimen que se veía a sí mismo en estado de guerra existencial. Rosas no inventó el terror: lo heredó y lo institucionalizó porque creía —y muchos de sus seguidores lo creían— que la alternativa era la disolución total de la Confederación. Trágico, sí; excesivo en casos puntuales, también. Pero necesario para que el proyecto federal no se desarmara desde adentro mientras resistía bloqueos externos. Sin esa mano dura, el rosismo no habría durado diecisiete años.
Dra. Elena Mitre: Pablo, el contexto de guerra explica la violencia, pero no la convierte en legítima ni en aceptable. La Mazorca no era solo “inteligencia”; era una red de delatores y ejecutores que operaba fuera de cualquier marco legal, con ejecuciones sin juicio, secuestros nocturnos y un clima de terror que se extendía a familias enteras. El episodio del “octubre rojo” de 1840 en Buenos Aires —donde cientos de opositores unitarios fueron masacrados en pocos días— no fue una respuesta puntual a un complot; fue una purga sistemática para eliminar cualquier vestigio de disidencia. Y quiero volver al caso más estremecedor: el fusilamiento de Camila O’Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez el 18 de agosto de 1848. Ella tenía 20 años, estaba embarazada de varios meses; él era un cura que había abandonado los hábitos por amor. Los fusilaron en Santos Lugares con agua bendita para “salvar” el alma del feto, por orden directa de Rosas. Eso no es “proporcionalidad en guerra”; es un crimen de lesa humanidad disfrazado de escarmiento moral. Rosas aplicaba la ley sin excepciones, decís, pero también sin misericordia ni debido proceso. El terror no era solo un medio; se convirtió en el fin mismo del régimen: disciplinar a la sociedad mediante el miedo, obligar a usar la divisa punzó, colgar retratos en las casas, silenciar la prensa. Eso no restaura leyes; instaura un despotismo que, aunque efectivo para mantener el poder, deja una herencia de trauma que tardamos generaciones en superar.
(Réplica – Dr. Rosa): El caso de Camila es indefendible en términos humanos y genera repudio incluso entre muchos rosistas hoy. Nadie lo glorifica. Pero en el contexto de 1848 —con conspiraciones unitarias activas, bloqueo anglo-francés en curso y Montevideo como base de operaciones enemiga, Rosas vio cualquier transgresión moral como una grieta que los opositores podían explotar para deslegitimarlo. No lo excusa, pero explica por qué un régimen asediado recurrió a medidas tan extremas. El terror fue bidireccional; la diferencia es que Rosas ganó y pudo escribir —o permitir que se escribiera— parte de la historia.
Moderadora: ¿Cuál fue el impacto económico de su gobierno comparado con el período posterior a Caseros?
Dra. Elena Mitre: El contraste económico entre el rosismo y lo que vino después es uno de los puntos más claros donde la historiografía liberal encuentra argumentos sólidos. Durante los años de Rosas —especialmente desde 1835 hasta 1852—, la economía se mantuvo anclada en la ganadería extensiva y un proteccionismo muy estricto. La Ley de Aduanas de 1835 subió aranceles altos para proteger la producción local (curtiembres, textiles rudimentarios del interior, saladeros), pero al mismo tiempo cerró casi por completo el comercio exterior en momentos de bloqueos o por decisión propia. Las exportaciones de cueros, tasajo y sebo se estancaron o cayeron durante los bloqueos francés y anglo-francés; no hubo inversión significativa en infraestructura —casi ningún kilómetro de ferrocarril, puertos modernos o inmigración organizada—. El país vivía de lo que producía el campo bonaerense, pero sin diversificación ni acumulación de capital externo. El resultado fue un crecimiento lento, muy concentrado en Buenos Aires y en manos de estancieros leales, con sectores del interior sufriendo aislamiento y pobreza relativa.
Después de Caseros, con la Constitución de 1853 y la gradual apertura, todo cambió de ritmo. Entre 1857 y 1930 llegaron más de 6 millones de inmigrantes europeos —principalmente italianos y españoles— que trajeron mano de obra, conocimientos y consumo. Los ferrocarriles se expandieron de 39 km en 1860 a más de 40.000 km en 1914, conectando el interior con los puertos y permitiendo la exportación masiva de cereales (trigo, maíz) y lana. La carne enfriada con el sistema frigorífico revolucionó el mercado mundial. El PBI per cápita creció a tasas anuales del 4-5% en las décadas de 1880-1910; la Argentina se convirtió en una de las economías más ricas del mundo, el “granero del mundo”. Claro, ese modelo tuvo su lado oscuro —dependencia británica, concentración oligárquica—, pero el salto cuantitativo y cualitativo es innegable: de un país rural aislado a una potencia agroexportadora moderna. El proteccionismo rosista salvó algunos sectores locales, pero frenó la modernización que vino con la apertura liberal.
Dr. Pablo Rosa: Elena, ese relato del “granero del mundo” suena muy bonito en los libros de texto, pero hay que mirarlo con ojos críticos. Durante Rosas, la Ley de Aduanas no fue solo cierre caprichoso: protegió deliberadamente la industria incipiente del interior (hilanderías en Córdoba, curtiembres en el Litoral, saladeros bonaerenses) y permitió una acumulación interna de capital en ganadería que sostuvo al país sin endeudamiento externo masivo ni concesiones coloniales. Las exportaciones no se estancaron del todo —salieron cueros y tasajo incluso durante el bloqueo—, y el control de la aduana por Buenos Aires financió la resistencia militar sin pedir préstamos a Londres o París. El aislamiento dolió, sí, pero evitó que el capital extranjero entrara a saquear recursos como pasó después.
Post-Caseros, el boom exportador fue real, pero benefició principalmente a la oligarquía terrateniente porteña y al capital británico que controlaba los ferrocarriles (más del 60% eran ingleses), los frigoríficos y los bancos. La inmigración trajo mano de obra barata, pero también miseria urbana y explotación. La concentración de riqueza fue extrema: en 1914, el 1% más rico tenía el 50% de la tierra. El interior quedó subordinado al puerto, con desindustrialización progresiva y dependencia del mercado inglés —cuando cayó el precio de los cereales en la crisis del 30, la Argentina se derrumbó. Rosas sentó bases para un desarrollo más autónomo y equilibrado entre puerto e interior; lo que vino después fue un modelo extractivo que enriqueció a pocos y nos dejó vulnerables a los ciclos mundiales. El “granero” fue para los ingleses y la oligarquía, no para la nación entera.
(Réplica – Dra. Mitre): Pablo, el modelo post-Caseros tuvo desigualdades brutales, nadie lo niega, pero multiplicó la riqueza total del país y sacó a millones de la pobreza rural europea al incorporarlos aquí. El rosismo protegió, sí, pero estancó. Sin ese salto de 1853-1914, seguiríamos siendo un país de estancias y nada más.
Moderadora: Pregunta 6. ¿Cómo utilizó Rosas la religión católica en su régimen?
Dr. Pablo Rosa: Aquí hay un tema que los liberales suelen caricaturizar como “manipulación cínica”, pero para entenderlo hay que volver al contexto previo. Cuando Rosas llega al poder en 1829-1835, la Iglesia católica había sido duramente golpeada por las reformas rivadavianas de los años 20: expropiación de bienes eclesiásticos, supresión de órdenes religiosas, secularización de cementerios, matrimonio civil, educación laica obligatoria y hasta la expulsión de jesuitas y otras congregaciones. El pueblo criollo —gauchos, peones, estancieros del interior— seguía profundamente católico, y esa secularización forzada generó rechazo masivo en el interior y en sectores populares de Buenos Aires. Rosas, astuto como pocos, vio en la fe un pilar de cohesión social y legitimidad política. Se presentó explícitamente como el “defensor de la religión del pueblo” contra los “impíos”, “masones” y “extranjeros” unitarios que querían afrancesar el país. Mandó celebrar misas de acción de gracias por cada victoria importante (como después de la victoria sobre Lavalle o en el rechazo a los bloqueos), hizo que el clero bendijera sus campañas y colocara su retrato en algunos altares junto a imágenes sagradas —no en todos los templos, pero sí en muchos de Buenos Aires y la campaña. La divisa punzó se convirtió en símbolo casi sagrado, y los sermones a menudo alababan al Restaurador como protector de la fe verdadera. El clero lo respaldó masivamente: obispos, párrocos y frailes fueron rosistas convencidos, porque veían en él la restauración de la tradición católica hispano-criolla frente a la secularización liberal. No era oportunismo puro; era coherencia con un pueblo que identificaba la identidad nacional con la religión. Sin ese apoyo eclesiástico, el rosismo no habría tenido la adhesión popular que tuvo en el campo y entre los sectores humildes.
Dra. Elena Mitre: Pablo, restauró el rol de la Iglesia en la sociedad, sí, y eso le ganó lealtad en el interior, pero lo hizo de forma cesaropapista y altamente instrumental. Obligaba a los sacerdotes a celebrar misas por sus triunfos militares —incluso cuando eran batallas internas contra otros federales o unitarios—, colocaba su retrato oficial en altares junto a santos y vírgenes (en la Catedral de Buenos Aires y en parroquias de la campaña), e imponía la divisa punzó en los púlpitos y en las procesiones. Eso no es devoción espontánea; es usar la religión como herramienta de propaganda y control ideológico. El clero no era libre: los que no se alineaban perdían beneficios, cargos o eran vigilados. Rosas subordinó la Iglesia al poder estatal para que bendijera su régimen autoritario y su culto a la personalidad. El retrato del Restaurador en los templos no era una “tradición criolla”; era una forma de sacralizar al líder, casi como un rey católico absoluto. Y el caso de Camila O’Gorman en 1848 —fusilada embarazada con agua bendita para “salvar” el feto— muestra hasta dónde llegaba esa mezcla de moral católica y represión política: un escarmiento que usaba el lenguaje religioso para justificar la violencia. La religión no fue restaurada por convicción pura; fue puesta al servicio del poder personal, y eso la degradó como institución espiritual.
(Réplica – Dr. Pablo Rosa): Elena, veo que te gusta volver al caso de Camila, que es doloroso y genera rechazo incluso hoy entre rosistas, pero no define el conjunto. La mayoría de los obispos y párrocos lo apoyaron porque veían en él al defensor genuino de la fe popular contra la secularización rivadaviana que había dejado iglesias vacías y conventos cerrados. El retrato en altares era excepcional, no norma general; lo importante es que Rosas devolvió a la Iglesia su lugar en la vida cotidiana del pueblo criollo, algo que los unitarios habían intentado borrar. No era cesaropapismo frío; era alianza estratégica y cultural con una sociedad que no concebía nación sin religión.
Moderadora: ¿Contó Rosas con un apoyo popular genuino?
Dra. Elena Mitre: El apoyo popular a Rosas es uno de los temas más debatidos y complejos, porque no se puede medir con encuestas modernas ni con libertad de expresión plena. Sí, hubo respaldo real y visible en sectores específicos: gauchos de la campaña bonaerense, peones de estancia, afroporteños de los barrios populares de Buenos Aires, muchos estancieros medianos y pequeños que veían en él al protector contra los unitarios porteños “afrancesados” que querían imponer impuestos altos o abrir el comercio sin protección. Esas capas sociales, que eran la mayoría numérica en una sociedad rural y poco alfabetizada, lo sentían como “uno de los suyos” —un estanciero criollo que hablaba su idioma, montaba como ellos, y ponía orden donde antes había caos. El plebiscito de 1835 al que ya nos referimos, refleja esa adhesión en el momento de su regreso al poder con “facultades extraordinarias”. Pero hay que ser honestos: ese respaldo se dio en un clima de control absoluto. Disentir públicamente podía significar la cárcel, el exilio, la muerte o la ruina económica. La Mazorca vigilaba conversaciones, la prensa opositora estaba clausurada o exiliada, la divisa punzó era obligatoria bajo pena de muerte o destierro. En las ciudades, entre intelectuales, comerciantes urbanos y clase media emergente, la oposición era fuerte pero silenciada o forzada al exilio (Montevideo era el refugio principal). El apoyo “popular” existió, sí, pero ¿cuánto fue genuino y espontáneo, y cuánto forzado por el miedo o por la ausencia de alternativas? En regímenes autoritarios, la unanimidad en las urnas o en las plazas suele ser más síntoma de control que de consenso libre. El rosismo tuvo base social real en el pueblo criollo rural, pero no fue un apoyo universal ni democrático en el sentido moderno.
Dr. Pablo Rosa: Elena, entiendo tu recelo —y es válido cuestionar el grado de coacción—, pero subestimás la profundidad y la duración de ese apoyo popular. No fue solo en 1835 ni solo por miedo. Rosas duró diecisiete años en el poder (1829-1832 y 1835-1852) porque millares de gauchos, peones, afroporteños, indios amigos y estancieros del interior lo veían como el líder que les devolvía dignidad y orden después del despelote posindependentista. El plebiscito de 1835 no fue una farsa: en una época donde el voto era público y restringido, 9.713 a favor contra 7 en contra refleja una aclamación masiva entre quienes podían votar —hombres con propiedad o oficio estable, que eran la base social del rosismo. Pero más allá de las urnas, la prueba está en la memoria viva: después de Caseros, cuando Rosas estaba exiliado en Inglaterra, su figura siguió viva en payadas, candombes, canciones populares y tradición oral del pueblo. Los gauchos cantaban coplas a favor del Restaurador décadas después; los afroporteños de Buenos Aires lo recordaban como protector; en el interior, muchos lo veían como el que había defendido la Confederación contra los porteños centralistas. Si el apoyo hubiera sido solo terror, se habría evaporado inmediatamente después de su derrota. En cambio, perduró. El rosismo no fue un régimen impuesto desde arriba; tuvo raíces profundas en el pueblo criollo que se sentía representado por un líder de su misma cepa, que montaba a caballo, hablaba sin latinismos y ponía mano dura contra el caos. Sí, hubo miedo y control —nadie lo niega—, pero también hubo adhesión voluntaria y emocional que explica por qué, incluso hoy, su nombre despierta pasión en sectores populares.
(Réplica – Dra. Mitre): Pablo, la memoria oral post-Caseros es real y conmovedora, pero también selectiva: los vencedores escribieron la historia oficial, y los vencidos guardaron la oral. El terror no necesita ser total para ser efectivo; basta con que alcance a los que podrían liderar oposición. Siete votos en contra en 1835 no son casualidad en un sistema donde la disidencia se pagaba caro. Apoyo hubo, pero no tan libre como lo pintás.
Moderadora: ¿Qué rol jugaron los intelectuales opositores como Florencio Varela?
Dr. Pablo Rosa: Los intelectuales opositores como Florencio Varela no fueron simples “mártires de la libertad de prensa” en un sentido romántico; fueron actores activos en una guerra civil total, con pluma y alianzas políticas que buscaban derrocar al gobierno de facto de la Confederación. Varela, exiliado en Montevideo desde 1829, usó periódicos como “El Comercio del Plata” (que fundó en 1845) para atacar sin descanso a Rosas: lo llamó tirano, sanguinario, restaurador de la barbarie, y coordinó con otros unitarios (Alberdi, Sarmiento, Echeverría) campañas de propaganda que llegaban a Buenos Aires y al interior a través de contrabando de panfletos. No era un intelectual neutral escribiendo desde un escritorio; era vocero de la facción unitaria que, desde Montevideo —base financiada en parte por Francia y Brasil—, conspiraba para una invasión o un golpe interno. Su pluma era un arma: incitaba a la rebelión, justificaba alianzas con potencias extranjeras y deslegitimaba al gobierno rosista ante la opinión pública europea y americana. En ese contexto, su asesinato el 20 de marzo de 1848 —sicarios rosistas lo esperaron en la puerta de su casa en Montevideo, le clavaron un puñal en la carótida por la espalda mientras llamaba, y murió desangrado en la vereda frente a una zapatería— fue un episodio trágico de la guerra sucia que ambos bandos practicaban. No lo justifico como “justicia”; fue un crimen político. Pero no fue persecución gratuita a un “pensador inocente”; fue eliminación de un enemigo declarado que formaba parte de una red opositora armada y financiada desde afuera. Los unitarios también mataron intelectuales y periodistas federales cuando pudieron (fusilamientos, degüellos). Varela pagó con la vida su compromiso, pero su rol fue de combatiente ideológico en una contienda sin reglas.
Dra. Elena Mitre: Pablo, reducir a Varela a “agitador conspirador” es repetir la propaganda rosista de la época y minimizar el valor de su lucha. Florencio Varela era un periodista y poeta de 42 años cuando lo mataron, un hombre culto que había sido diputado en Buenos Aires antes del rosismo, y que en el exilio usó la palabra como única arma contra un régimen que había clausurado toda prensa libre en la Confederación. En “El Comercio del Plata” denunciaba ejecuciones sumarias, la Mazorca, la obligatoriedad de la divisa punzó, el culto a la personalidad del Restaurador. No incitaba a la violencia armada directa; denunciaba la tiranía para despertar conciencia. Su asesinato no fue un “episodio de guerra sucia bidireccional”; fue un atentado selectivo ordenado desde Buenos Aires para silenciar una voz que llegaba al interior y a Europa, donde Rosas ya tenía mala prensa. Lo esperaron en su propia puerta —un crimen cobarde, por la espalda, sin confrontación. Varela representa lo mejor de la Generación del 37: la defensa de las ideas liberales, la libertad de expresión y la resistencia moral contra el autoritarismo. Sí, estaba exiliado y aliado con unitarios que buscaban derrocar a Rosas, pero eso no convierte su muerte en “legítima eliminación de enemigo”. Fue el precio que pagaron muchos por pensar distinto: exilio, cárcel o puñal. Su legado no es conspiración; es el coraje de escribir cuando escribir costaba la vida.
(Réplica – Dr. Pablo Rosa): Elena, Varela era valiente, sí, y su muerte es trágica. Pero en Montevideo no solo escribía: coordinaba con Lavalle en vida, con Rivera y luego con Oribe en el exilio, y su periódico era financiado por intereses extranjeros que querían abrir el mercado argentino a la fuerza. No era un poeta puro; era un propagandista político en guerra. Eso no excusa el asesinato, pero explica por qué un régimen asediado lo vio como amenaza mortal, no como mero disidente inofensivo.
Moderadora: Pregunta 9. ¿Rosas retrasó o facilitó la organización nacional?
Dra. Elena Mitre: Pablo, en este punto la respuesta me parece clara y dolorosa para quien defienda el rosismo sin matices: Rosas retrasó dramáticamente la organización nacional del país. Desde que asumió con facultades extraordinarias en 1835 —y renovadas indefinidamente—, rechazó sistemáticamente cualquier intento serio de convocar una convención constituyente o avanzar hacia una estructura federal equilibrada. El Pacto Federal de 1831 era un acuerdo de no agresión entre provincias, pero nunca evolucionó hacia una constitución nacional bajo su gobierno. Prefirió mantener el statu quo: suma del poder público en Buenos Aires, control absoluto de la aduana (sin reparto federal real de rentas), nombramiento o veto de gobernadores provinciales leales, y una Confederación que funcionaba como una liga de aliados subordinados más que como nación organizada. Diecisiete años sin Congreso, sin Constitución, sin separación de poderes efectiva, sin corte suprema ni marco legal unificado. El argumento de “el caos no permitía” es comprensible en los primeros años, pero después de 1840 —cuando ya había pacificado la campaña y derrotado amenazas internas—, la negativa persistente a organizar el país fue una decisión política: mantener el poder personal absoluto. Su caída en Caseros, el 3 de febrero de 1852, abrió finalmente el camino: Urquiza convocó el Congreso Constituyente de Santa Fe en 1853, que sancionó la Constitución federal con división de poderes, autonomía provincial razonable y bases para la organización real. Sin la derrota de Rosas, probablemente seguiríamos sin marco institucional nacional hasta mucho después. Diecisiete años perdidos en institucionalización que podrían haber evitado décadas de guerras posteriores (Pavón 1861, rebeliones del interior). Rosas contuvo la unidad territorial, sí, pero a costa de congelar el desarrollo político del país.
Dr. Pablo Rosa: Elena, tu visión es la clásica de la historiografía liberal que ve en la Constitución del 53 la panacea y en Rosas el obstáculo, pero hay que mirar el cuadro completo. Rosas facilitó la organización nacional al hacer lo único posible en ese momento: mantener la unidad territorial durante casi dos décadas de caos absoluto. Después de la independencia, el país se estaba desintegrando: provincias que se declaraban independientes de facto, caudillos que negociaban con extranjeros, amenazas de secesión como la Liga del Interior o las republiquetas del norte. Sin Rosas, entre 1830 y 1850 hubiéramos tenido fragmentación en republiquitas miserables, cada una a merced de potencias europeas o brasileñas. Él impuso un orden federal práctico: el Pacto Federal de 1831 como base, reconocimiento mutuo de autonomías provinciales, y un jefe supremo que coordinaba defensa externa y política general sin disolver la Confederación. No convocó constitución porque sabía que en ese contexto —con unitarios conspirando desde Montevideo, bloqueos extranjeros y montoneras internas— una asamblea nacional habría sido tomada por porteños centralistas o extranjeros, llevando a la disolución o a un unitarismo impuesto. La Constitución de 1853 incorporó muchos principios que él defendió en la práctica: rechazo al unitarismo porteño puro, autonomía provincial (art. 5 y 121), federalismo real (no el centralismo disfrazado de Rivadavia). Rosas fue el dique que evitó la ruptura total; después de él se pudo construir sobre bases que ya estaban contenidas. Sin su contención, no habría habido país para constituir en 1853.
(Rebuttal – Dra. Mitre): Pablo, “contención” es una palabra amable para diecisiete años de poder personal sin instituciones. Si Rosas hubiera convocado una convención en 1840 o 1845 —cuando ya tenía el control—, el país habría avanzado antes. La Constitución del 53 no fue “gracias” a él; fue posible pese a él, cuando su derrota liberó el espacio político para el debate y el consenso.
Moderadora: Pregunta 10. ¿El modelo del caudillo providencial de Rosas ha sido beneficioso o perjudicial para Argentina a largo plazo?
Dr. Pablo Rosa: Elena, el modelo del caudillo providencial que encarnó Rosas no fue una elección caprichosa ni un defecto moral; fue una respuesta orgánica y necesaria en un contexto donde las instituciones liberales importadas de Europa habían fracasado estrepitosamente. Después de la independencia, el país era un rompecabezas de caudillos locales, montoneras descontroladas, provincias que se declaraban independientes de facto y amenazas constantes de disolución o intervención extranjera. Las constituciones unitarias de 1826 o los intentos centralistas de Rivadavia no funcionaron porque no respondían a la realidad rural, criolla y federal del Río de la Plata: un pueblo que necesitaba orden tangible, liderazgo personal carismático y defensa inmediata contra el caos, no papeles y debates eternos en Buenos Aires. Rosas llenó ese vacío: impuso unidad territorial, contuvo anarquía interna, rechazó bloqueos imperiales y mantuvo la soberanía durante diecisiete años. El “caudillo providencial” —el hombre fuerte que llega cuando hace falta y pone el cuerpo por la nación— salvó al país de fragmentarse en republiquitas miserables. A largo plazo, el modelo no es inherentemente perjudicial; lo perjudicial es que nunca logramos construir instituciones lo suficientemente fuertes, inclusivas y legítimas como para hacer innecesarios a los caudillos. Rosas no creó el providencialismo argentino; lo heredó de la crisis posindependentista y lo perfeccionó. La lección verdadera es doble: en momentos de disolución extrema, a veces hace falta un líder con mano de hierro; pero el objetivo debe ser edificar marcos institucionales sólidos, transparentes y con apoyo popular real que eviten que la historia se repita con “nuevos Rosas” cada vez que el sistema falla. Su figura no es un mal ejemplo a borrar; es un recordatorio de que la debilidad institucional genera la necesidad del providencialismo, y que ignorar esa raíz solo perpetúa el ciclo.
Dra. Elena Mitre: Pablo, entiendo el argumento contextual —y en los primeros años posindependentistas, con el país desangrándose, el liderazgo fuerte era casi inevitable—. Pero el modelo del caudillo providencial que Rosas llevó a su máxima expresión ha sido profundamente perjudicial para Argentina a largo plazo, y seguimos pagando las consecuencias. Rosas no fue solo un líder necesario en crisis; fue el arquetipo que institucionalizó la idea de que, cuando las cosas se ponen feas, basta con un hombre fuerte que se ponga por encima de las instituciones, las leyes y la disidencia para “arreglarlo todo”. Esa tentación mesianica —el salvador que llega con voluntad absoluta— se repite en nuestra historia: en caudillos posteriores, en populismos del siglo XX, en liderazgos carismáticos que prometen orden rápido a cambio de libertad y pluralismo. Cada vez que hay crisis económica, corrupción o inestabilidad, aparece la nostalgia por “un Rosas” que ponga mano dura, que concentre poder, que silencie opositores. Y el resultado siempre es el mismo: concentración temporal de poder, pero erosión de instituciones, dependencia del líder de turno, y cuando cae (o muere), vacío, revanchismo y más caos. Rosas retrasó la maduración institucional; su régimen sustituyó el debate y el consenso por la voluntad personal, y eso dejó una herencia cultural: desconfianza en las leyes, búsqueda del “hombre providencial” en lugar de fortalecer reglas de juego compartidas. A largo plazo, el modelo es perjudicial porque nos condena a ciclos viciosos: crisis → caudillo → autoritarismo → caída → crisis. Preferimos instituciones sólidas, pluralismo democrático, separación de poderes y debate lento pero sostenible. El providencialismo seduce en el corto plazo; en el largo, nos atrasa como nación.
(Rebuttal – Dr. Pablo Rosa): Elena, el ciclo que describís existe, pero no porque el providencialismo sea intrínsecamente malo; porque nuestras élites liberales nunca quisieron instituciones verdaderamente federales e inclusivas que incorporaran al pueblo criollo y al interior. Rosas no creó el ciclo; lo heredó y lo contuvo. Culparlo por los caudillos posteriores es como culpar al médico por la enfermedad que trató. La solución no es demonizar el liderazgo fuerte; es construir instituciones que lo hagan innecesario, sin negar que, cuando todo se desarma, alguien tiene que poner orden.
Moderadora: Pregunta 11. ¿Qué dice la historiografía contemporánea sobre su legado?
Dra. Elena Mitre: Pablo, la historiografía más seria de las últimas tres o cuatro décadas ha hecho un esfuerzo enorme por superar la polarización extrema que dominó durante más de un siglo: la “leyenda negra” mitrista de Sarmiento y Mitre (Rosas como tirano sanguinario, bárbaro que atrasó al país) versus el revisionismo clásico de Jauretche, Ramos o Rosa (Rosas como héroe popular, defensor de la soberanía y víctima de la oligarquía liberal). Hoy, autores como Tulio Halperín Donghi (en obras como “Reforma y disolución del Imperio español”), Jorge Gelman, Juan Carlos Garavaglia, Gabriel Di Meglio o Pilar González Bernaldo de Quirós ofrecen una visión mucho más matizada y compleja. Rosas no es ni demonio absoluto ni santo infalible: fue un caudillo extraordinariamente hábil y carismático que construyó un régimen autoritario y personalista con bases sociales reales —apoyo genuino en sectores rurales, gauchos, afroporteños y estancieros medianos que lo veían como protector del orden y de lo criollo contra los unitarios europeizantes—. Su gobierno mantuvo la unidad territorial en un contexto de guerra civil prolongada y agresiones externas, pero a costa de bloquear el desarrollo institucional temprano: no hubo constitución nacional, separación de poderes ni mecanismos de representación plural. El revisionismo contemporáneo reconoce sus logros en soberanía económica y resistencia imperial, pero también destaca el costo: terror sistemático (Mazorca, ejecuciones sumarias), control ideológico absoluto y estancamiento relativo en modernización. No es blanco o negro; es gris, con luces (defensa de la independencia, apoyo popular en sectores subalternos) y sombras muy marcadas (represión, personalismo, retraso institucional). La historiografía actual tiende a contextualizarlo en su época —guerra civil total, ausencia de estado nacional sólido— y a evitar juicios morales absolutos, enfocándose en cómo su legado moldeó (y sigue moldeando) la tensión entre orden y libertad en nuestra identidad nacional.
Dr. Pablo Rosa: Elena, coincido en que hemos superado las caricaturas extremas, y eso es un avance enorme. La historiografía social y económica más reciente —trabajos de Gelman y Garavaglia sobre la estructura agraria, de Fradkin sobre el rosismo popular, de Di Meglio sobre las bases sociales del federalismo, o incluso revisiones de Halperín Donghi en sus últimos años— ha rehabilitado muchos aspectos que la historia oficial mitrista enterró durante décadas. Rosas ya no es solo “el tirano” de los libros escolares; se reconoce que tuvo bases populares genuinas y profundas: gauchos, peones, afroporteños, mujeres de sectores humildes y estancieros del interior que lo apoyaron porque representaba resistencia al centralismo porteño, protección de la producción local y defensa de la soberanía contra el imperialismo anglo-francés. Vuelta de Obligado, el rechazo a los bloqueos, la Ley de Aduanas y el mantenimiento de la Confederación se ven hoy como actos de soberanía económica que evitaron la entrega total al capital extranjero. La “leyenda negra” —Rosas como monstruo sanguinario— fue en buena medida propaganda de los vencedores de Caseros (Mitre, Sarmiento) para justificar su propia entrega económica y el unitarismo porteño. El revisionismo actual no lo convierte en santo, pero corrige el sesgo: reconoce el terror (Mazorca, ejecuciones), pero lo contextualiza en una guerra civil bidireccional donde ambos bandos usaron violencia extrema. Su legado es resistencia criolla y popular contra élites europeizantes que querían convertirnos en colonia económica. Hoy se estudia como un capítulo clave de nuestra identidad: el conflicto entre soberanía y modernización liberal, entre lo propio y lo importado. No es rehabilitación ciega; es recuperación de una verdad histórica que fue ocultada por los que escribieron desde el poder post-1852.
(Rebuttal – Dra. Mitre): Pablo, la “recuperación” revisionista es valiosa cuando corrige exageraciones, pero a veces cae en idealización opuesta. Gelman y Garavaglia muestran bases sociales reales, sí, pero también el costo autoritario y el bloqueo institucional. No es “leyenda negra” versus “héroe”; es complejidad: Rosas defendió soberanía, pero su personalismo impidió que esa defensa se institucionalizara. Eso es lo que dice la historiografía equilibrada hoy.
Moderadora: Pregunta 12. En la Argentina de hoy, ¿qué lecciones podemos extraer de su figura?
Dr. Pablo Rosa: Elena, si hay algo que Rosas nos deja como lección viva en esta Argentina de 2026 —con su decadencia crónica, presiones externas constantes y búsqueda eterna de “salvadores”—, es que la soberanía nacional y la defensa de lo propio siguen siendo valores irrenunciables, sobre todo cuando el mundo nos mira como proveedor de materias primas baratas. Rosas plantó cara a las dos potencias más grandes del planeta en su época, rechazó el libre comercio impuesto que nos hubiera convertido en colonia económica, y mantuvo unida una Confederación que se desarmaba en pedazos. Esa resistencia criolla, ese orgullo de no arrodillarse ante el poderoso, es algo que perdimos en parte y que necesitamos recuperar sin complejos. El desprecio por lo popular, por lo federal, por lo nuestro —el gaucho, el interior, la tradición católica criolla— siempre ha sido el error histórico de nuestras élites europeizantes, desde los unitarios hasta hoy. Pero la lección más dura no es romantizarlo; es entender que el providencialismo surge cuando las instituciones fallan por completo: corrupción, centralismo asfixiante, dependencia externa. Honrar a Rosas sin idolatrarlo significa construir instituciones sólidas, transparentes y verdaderamente federales que incorporen al pueblo real, no solo a las élites porteñas. Instituciones que eviten la necesidad de caudillos cada vez que hay crisis, pero que no olviden que, cuando el sistema se desmorona, alguien tiene que poner el cuerpo para no entregarse. En esta Argentina de hoy —con FMI, deuda impagable, fuga de cerebros y pérdida de soberanía económica—, su figura nos recuerda que lo nuestro vale la pena defenderlo, que el orgullo criollo no es nostalgia sino necesidad. No busquemos un “nuevo Rosas”; construyamos un país donde no haga falta uno.
Dra. Elena Mitre: Pablo, coincidimos en lo esencial: Rosas fue un gigante de su tiempo, y su resistencia a los imperios es un capítulo que merece respeto. Pero la lección más clara y urgente para la Argentina de hoy es que el orden sin libertad, sin instituciones sólidas y sin respeto por la disidencia termina devorando la nación que pretende salvar. El modelo del caudillo providencial —el líder que concentra todo el poder porque “hace falta”, que silencia oposición porque “es necesario”, que pone su voluntad por encima de las leyes— genera ciclos viciosos que conocemos demasiado bien: crisis → búsqueda del salvador → autoritarismo temporal → caída → más crisis. Lo vimos en el siglo XIX, lo vimos en el XX, y lo vemos hoy cuando, ante cada debacle económica o institucional, aparece la tentación de “alguien que ponga orden de una vez”. Rosas nos enseña que los salvadores suelen dejar más ruinas que gloria duradera: su régimen mantuvo la unidad, sí, pero congeló el desarrollo institucional y dejó una herencia de desconfianza en las leyes y en el pluralismo. En 2026, con polarización extrema, instituciones débiles y tentaciones populistas de ambos lados, rechacemos esa tentación mesianica. Prioricemos el debate abierto, la ley aplicada a todos por igual, la separación de poderes real, el federalismo equilibrado y el pluralismo democrático. El progreso verdadero viene del consenso lento, imperfecto pero sostenible; no del puño de hierro que promete soluciones rápidas. Rosas fue necesario en su caos; pero para no repetir su época, construyamos un país donde el orden nazca de instituciones fuertes, no de hombres fuertes. Esa es la lección que más necesitamos: instituciones sobre providencialismo, libertad sobre orden impuesto, consenso sobre terror.
(Rebuttal – Dr. Pablo Rosa): Elena, el consenso y las instituciones son ideales hermosos, pero en la práctica, cuando las instituciones son débiles o capturadas por élites, el pueblo busca al caudillo porque siente que nadie más lo defiende. Rosas no creó esa dinámica; la heredó. La verdadera lección es hacer instituciones que representen al pueblo real, no solo a los que miran desde Buenos Aires o desde afuera. Si no, seguiremos oscilando entre caos y mesianismo.
Moderadora (cierre del debate): Muchas gracias a ambos por este debate largo, profundo y respetuoso. Antes de despedirnos, les doy a cada uno la palabra final para un cierre personal: un resumen de sus ideas principales sobre la figura de Juan Manuel de Rosas y lo que representa para nosotros hoy. Dra. Mitre, usted primero.
Cierre – Dra. Elena Mitre: Gracias, Ana, y gracias a Pablo por este intercambio tan honesto y sin concesiones fáciles. Juan Manuel de Rosas fue un gigante de su época, un caudillo formidable que heredó un país desangrado y logró imponer orden donde reinaba la anarquía. Nadie puede negar su habilidad política, su carisma criollo ni su resistencia a las potencias europeas en un momento en que casi nadie más podía hacerlo. Pero su legado no puede leerse solo en términos de soberanía o unidad territorial; hay que mirarlo también en términos de costo humano y político. Su régimen fue personalista y autoritario: la Mazorca, las ejecuciones sin juicio, la obligatoriedad de la divisa punzó, el exilio o muerte de opositores como Florencio Varela, el control absoluto de la prensa y la negativa a cualquier organización institucional durante diecisiete años. Eso no fue solo “mano dura necesaria”; fue un sistema que sustituyó las leyes y el pluralismo por la voluntad de un solo hombre, y que congeló el desarrollo de instituciones nacionales sólidas. A largo plazo, el modelo del caudillo providencial que él encarnó ha sido profundamente perjudicial: nos ha condenado a ciclos repetidos de mesianismo, desconfianza en las instituciones y búsqueda del “salvador” cada vez que hay crisis. Hoy, en una Argentina polarizada y con instituciones débiles, la lección más urgente es rechazar esa tentación. Prefiero una nación de debate imperfecto, leyes lentas pero aplicadas a todos, separación de poderes real y progreso inclusivo, antes que la glorificación del poder absoluto. Rosas nos enseña que el orden sin libertad termina devorándose a sí mismo. Construyamos instituciones que hagan innecesarios a los futuros Rosas, y que el consenso, no el terror, sea el fundamento del país.
Cierre – Dr. Pablo Rosa: Gracias, Ana, y gracias a Elena por debatir con argumentos, pasión y respeto genuino —no es fácil en un tema que todavía nos divide tanto. Rosas fue el último gran muro que le puso a la disolución total de la Argentina en el siglo XIX. Heredó un caos de guerras civiles, caudillos locales, montoneras y amenazas de fragmentación, y durante diecisiete años mantuvo unida una Confederación que sin él se habría roto en republiquitas miserables sometidas al imperialismo. Defendió la soberanía económica contra Francia e Inglaterra cuando nadie más podía, rechazó el libre comercio impuesto que nos hubiera dejado como factoría barata, protegió la ganadería criolla y la fe del pueblo contra la secularización rivadaviana. Tuvo apoyo popular masivo en sectores rurales, gauchos, afroporteños y estancieros que lo veían como uno de los suyos, no como un tirano lejano. Sí, fue duro —la Mazorca existió, las ejecuciones también—, pero en una guerra civil donde ambos bandos jugaron sucio y la alternativa era la anarquía o la entrega. Su legado no es perfecto, pero es esencial: nos recuerda que la soberanía y el orgullo de lo propio no son negociables, que el desprecio por lo criollo y lo popular siempre ha sido el pecado de nuestras élites. Hoy, en esta decadencia que nos come vivo —dependencia externa, instituciones capturadas, pérdida de identidad—, necesitamos recuperar ese espíritu sin caer en idolatría. Honrar a Rosas con mirada crítica significa construir instituciones sólidas, federales y transparentes que representen al pueblo real, no solo al puerto o a las élites. Instituciones que eviten la necesidad de caudillos providenciales, pero que no olviden que, cuando todo se desarma, alguien tiene que defender lo nuestro. Sin él, probablemente ni existiríamos como nación soberana. Su figura nos interpela: defendamos lo propio, construyamos lo que falta, y no dejemos que nos conviertan en colonia otra vez.
Moderadora: Muchas gracias a la Dra. Elena Mitre y al Dr. Pablo Rosa por este debate que, estoy segura, nos deja a todos pensando. Rosas sigue vivo en nuestras discusiones porque sigue reflejando las tensiones que nos definen como argentinos: soberanía versus instituciones, orden versus libertad, lo nuestro versus lo importado. Gracias por ayudarnos a mirarlas con más claridad y respeto. Buenas noches a todos, y gracias por acompañarnos.
(Fin del debate)
Comentarios
Publicar un comentario