Sobre el aburrimiento

Hay algo en el aburrimiento que me revuelve el estómago, no porque sea un mal menor en un mundo lleno de horrores mayores, sino porque es una traición sutil a lo que nos hace humanos. No hablo del aburrimiento pasajero, ese que nos asalta en una tarde gris o en una conversación que se estira como un chicle viejo. No, me refiero al aburrimiento profundo, al que se instala en el alma como una niebla espesa y nos convierte en sombras de nosotros mismos. Es ese estado donde la vida se reduce a una sucesión de distracciones vacías, donde uno corre de un entretenimiento a otro sin jamás detenerse a mirar adentro. Y peor aún, es contagioso: una persona aburrida no solo se condena a sí misma, sino que arrastra a los demás a un pozo de tedio, donde las charlas se vuelven previsibles y el espíritu se apaga.

Pienso en lo que dicen esos filósofos amigos de mi mujer, gente con la que comparto más de una idea sobre el alma y la fe. Uno de ellos lo pone claro: una persona aburrida es alguien que no ha hecho las paces con los rincones más oscuros de su interioridad. Siente vergüenza de sí mismo, cierra las puertas a sus propios misterios y complejidades, y así se vuelve opaco, como un vidrio empañado que no deja pasar la luz. No se trata de hacer cosas "interesantes" —viajar a tierras lejanas, escalar montañas o coleccionar anécdotas exóticas—, sino de la relación que uno tiene consigo mismo. Si exploramos ese mundo interior, si nos atrevemos a enfrentar los demonios y las maravillas que hay ahí, entonces no importa si hemos pasado el día entero solos en una habitación: seremos compañía grata para los demás. La gente se sentirá a gusto a nuestro lado, porque emanamos vida verdadera, no esa cáscara hueca que tanto abunda hoy.

Pero hay un aburrimiento aún más grave, el que llamaría "vital", ese que nos obliga a buscar novedades constantes para no enfrentarnos al vacío. Desde hace años, rumio la idea de que este es un pecado contra el Espíritu Santo del que hablaba Jesús en el Evangelio, ese que no puede perdonarse porque es una rechazo radical a la gracia (Mateo 12:31-32). No es solo una flojera pasajera; es una cerrazón ante la vida, un hábito de cerrarse a los dones que Dios nos ha dado. Empezando por la vida misma, ese milagro que nos pone aquí para descubrir y disfrutar todo lo creado: el sol que calienta la tierra, el viento que mueve las hojas, las relaciones que nos tejen con los otros. Renunciar a vivir desde adentro es como decirle a Dios: "Gracias, pero no gracias". Es una ingratitud que nos empobrece, nos deja como cascarones vacíos, incapaces de apreciar la belleza que nos rodea.

Me resuena lo que menciona otro de ellos, citando a Alain de Botton, que ese pensador que en sus reflexiones para "La escuela de la vida", lo expresa con precisión meridiana: no existe una persona inherentemente aburrida o aburrida por naturaleza. Las personas solo corren el riesgo de parecerlo cuando no comprenden su yo más profundo o no se atreven —o no saben— a comunicarlo a los demás.

Cuando conozco a alguien así, me pregunto qué pasa por dentro: ¿por qué me dan ganas de huir después de cinco minutos? Y la respuesta es simple: han reprimido su vida interior. No hablan desde su intimidad, desde esa experiencia personal que hace única a cada alma. Pienso en ciertos grupos religiosos, como los numerarios del Opus Dei o similares, que a veces me parecen aburridos porque sus palabras suenan a manuales recitados, no a vivencias propias. Hablan de temas "importantes" —fe, moral, historia—, pero sin el fuego de lo personal, sin esa chispa que nace de haber luchado con las dudas y las alegrías propias. Es como si hubieran cedido su voz a una doctrina externa, olvidando que Dios nos habla a cada uno en su lenguaje único.

Y ojo, que el opuesto también es un peligro: la persona que solo habla de sí misma termina siendo igual de aburrida. Es gracioso, porque detecto a leguas a quien ha hecho terapia por años; se les nota en el modo en que se miran el ombligo, convirtiendo toda charla en un monólogo sobre sus traumas y epifanías. La terapia, si se estira demasiado, puede destruir esa interioridad genuina, creando un hábito de cerrarse sobre uno mismo y perder la capacidad de relacionarse con los demás. Como dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco —y no lo cito por pedantería, sino porque es una verdad eterna—, "todo se dice de muchas maneras". Hablar de sí mismo no es lo mismo que hablar "desde" sí mismo. La clave está en esa preposición: "desde". Cuando uno habla desde su interior, comparte sin imponer, invita al otro a entrar en un diálogo vivo, no en un espectáculo narcisista.

En el fondo, el aburrimiento es una forma de muerte en vida, una traición a la Cruz que nos llama a resucitar cada día. Siempre ponemos la salvación eterna en términos de normas morales: no matar, no robar, no mentir. Pero pocas veces pensamos que salvarse significa vivir eternamente junto a Dios. Imagínense: Él nos va a tener que aguantar por toda la eternidad. ¿Querrá Dios pasar el tiempo infinito con alguien aburrido, con alguien que no ha descubierto la alegría de sus dones? No lo creo. La fe católica, esa que me ancla en medio de la tormenta, nos invita a abrirnos, a explorar esa interioridad con coraje. Es ahí donde encontramos la esperanza, esa certeza de que, a pesar de las ruinas del mundo —la corrupción, la mediocridad, la indiferencia—, aún podemos levantarnos y redescubrir la grandeza que Dios puso en nosotros.

No digo que sea fácil. Yo mismo lucho con eso: hay días en que el tedio acecha, especialmente cuando veo cómo la modernidad nos empuja a distracciones superficiales, a redes que prometen conexión pero nos dejan más solos. Pero hay esperanza, siempre la hay. Si nos atrevemos a mirar adentro, a hacer las paces con nuestras sombras y a compartir desde ahí, nos convertimos en faros para los demás. No seremos perfectos, pero seremos vivos, interesantes, capaces de despertar en otros esa chispa divina. Al final, el aburrimiento no es inevitable; es una elección. Y elegir la vida, con todo su misterio y su dolor, es el primer paso hacia una eternidad que valga la pena.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

Comentarios

Escritos más populares

De la lanza al mesianismo: Porque odio el populismo

Fe, Ciencia y Familia

Sobre el posible cisma de los lefevristas