La mentira del petróleo

Ah, el viejo argumento de que Estados Unidos invadió Irak y estaría operando en Venezuela para apoderarse de su petróleo. Es una de esas frases que se repiten como un mantra en conversaciones superficiales, en las redes o en las tertulias de café, pero que, al escarbar un poco, revela más sobre los prejuicios de quien la dice que sobre la realidad histórica. No es que yo defienda ciegamente las acciones de las grandes potencias —Dios me libre de esa ingenuidad—, pero tampoco me presto a esas simplificaciones que ignoran la complejidad del mundo, esa complejidad que nos obliga a mirar más allá de las consignas fáciles. Si alguien me plantea eso, le respondería con calma, invitándolo a reflexionar sobre los hechos, no sobre las leyendas urbanas que tanto gustan a los que prefieren la indignación barata antes que la verdad incómoda. Porque, al final, ¿qué ganamos con repetir mitos si no estamos dispuestos a confrontarlos con la evidencia?

Primero, hay que contextualizar: la invasión de Irak en 2003 no fue un capricho aislado, sino parte de un panorama geopolítico marcado por el 11 de septiembre de 2001, cuando Al Qaeda atacó las Torres Gemelas y el Pentágono, matando a casi 3.000 personas. Estados Unidos, bajo George W. Bush, invocó la doctrina de la "guerra preventiva" contra el terrorismo, alegando que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva (ADM) y vínculos con terroristas. Las ADM nunca aparecieron, eso es cierto, y ahí radica una de las grandes críticas a la guerra —una crítica justificada, que habla de errores de inteligencia o, peor, de manipulaciones. Pero reducir todo a "el petróleo" es ignorar que, si el objetivo fuera solo el crudo, había formas más baratas y menos sangrientas de conseguirlo. Como señala el historiador Daniel Yergin en su libro "The Prize: The Epic Quest for Oil, Money & Power" (edición actualizada de 2011, p. 748), Estados Unidos ya importaba petróleo de Irak antes de la invasión, bajo el programa de la ONU "Petróleo por Alimentos", y el embargo no impedía del todo el flujo. ¿Para qué invadir un país entero, gastar billones de dólares y perder miles de vidas si el petróleo ya estaba disponible en el mercado?

Mirémoslo con números fríos, porque la verdad no se esconde en emociones calientes. Antes de la invasión, Irak producía alrededor de 2,5 millones de barriles diarios, pero tras la guerra, la producción cayó drásticamente debido al caos, el sabotaje y la inestabilidad. Solo en 2010, siete años después, volvió a niveles prebélicos, y para entonces, las compañías estadounidenses no dominaban el sector: firmas chinas, rusas y europeas se llevaron la mayor parte de los contratos. Según un informe del Congreso de EE.UU. en 2013 ("Iraq's Economy: Past, Present, Future", Congressional Research Service, p. 12), las empresas estadounidenses obtuvieron solo el 10% de los campos petroleros licitados, mientras que China se quedó con el 20% y Rusia con otro tanto. Si el plan era "robar el petróleo", fue un fracaso estrepitoso. De hecho, el precio del crudo se disparó de 30 dólares por barril en 2003 a más de 140 en 2008, beneficiando a productores como Arabia Saudita o Venezuela, no a Washington. Como apunta el economista Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, en sus memorias "The Age of Turbulence" (2007, p. 463), aunque el petróleo jugó un rol en la estabilidad regional, la motivación principal fue la seguridad, no la apropiación directa: "Sadam era una amenaza para el flujo global de energía, pero no invadimos para nacionalizar sus pozos".

Y aquí entra mi indignación, esa que me hierve por dentro cuando veo cómo se distorsiona la historia para alimentar narrativas antiimperialistas que, en el fondo, sirven para justificar otras tiranías. Quienes repiten lo del petróleo suelen olvidar que Sadam Husein era un dictador brutal, responsable de genocidios como el de los kurdos en Halabja en 1988, donde usó gas mostaza para matar a 5.000 civiles (Human Rights Watch, "Genocide in Iraq: The Anfal Campaign Against the Kurds", 1993). O las invasiones a Irán (1980-1988, un millón de muertos) y Kuwait (1990), esta última motivada precisamente por… ¡petróleo! Sadam quería apoderarse de los campos kuwaitíes para pagar deudas. Estados Unidos lo expulsó en la Guerra del Golfo de 1991, pero no se quedó con nada; al contrario, impuso sanciones que limitaron las exportaciones iraquíes. Si el petróleo fuera el único motor, ¿por qué no anexar Kuwait, que tiene reservas mayores? No, la invasión de 2003 fue un error estratégico, impulsado por neoconservadores como Dick Cheney o Paul Wolfowitz, que creían en exportar democracia para estabilizar Oriente Medio. Fracasó, sí, y dejó un vacío que llenó ISIS, pero atribuirlo todo al crudo es como decir que la Cruzada contra los cátaros fue solo por tierras: ignora la dimensión ideológica, la fe en una misión, por equivocada que fuera.

Lo peor es que estos mismos imbéciles —sí, imbéciles, porque no aprenden de la lección— repiten ahora el mismo argumento con Venezuela, como si la historia no les hubiera enseñado nada. En estos días de enero de 2026, con las recientes acciones militares de Estados Unidos contra el régimen de Maduro —ataques selectivos que culminaron en su captura y traslado fuera del país—, los de siempre gritan que todo es por el petróleo, que Washington solo busca apoderarse de las vastas reservas venezolanas, las mayores del mundo. Trump ha sido explícito: dice que Estados Unidos "dirigirá" Venezuela temporalmente, involucrando a compañías estadounidenses para reconstruir la industria petrolera arruinada por años de corrupción chavista, y menciona que tardó dos décadas revitalizar la de Irak tras la invasión de 2003. Pero los críticos, desde la izquierda progresista hasta los apologistas de dictaduras, insisten en la misma cantinela: es una "invasión por el crudo", ignorando que las tensiones con Venezuela datan de décadas, impulsadas por el narcotráfico, el apoyo a guerrillas como las FARC, la crisis humanitaria que ha expulsado a millones de refugiados y las amenazas directas como el Tren de Aragua invadiendo barrios en EE.UU. Si fuera solo por el petróleo, ¿por qué no lo hicieron antes, cuando Chávez y Maduro ya habían destruido PDVSA con su socialismo del siglo XXI? No, es la misma simplificación perezosa: reducir complejidades geopolíticas a codicia yanqui, mientras se olvida que Maduro era un tirano que robaba elecciones y masacraba disidentes. Como en Irak, el petróleo es un factor secundario; la intervención busca estabilidad regional, no saqueo. Pero estos imbéciles no escarmientan: repiten el mito iraquí en Caracas, sirviendo a narrativas que protegen a déspotas en nombre del antiimperialismo hipócrita.

A los que insisten en esa teoría, les diría: miren más allá de las consignas. Lean a expertos como Michael O'Hanlon del Brookings Institution, quien en "The Future of Land Warfare" (2015, p. 89) argumenta que el petróleo fue un factor secundario, eclipsado por el miedo post-11S a un "eje del mal" que incluía a Irak, Irán y Corea del Norte. O consideren que, si EE.UU. quisiera petróleo barato, podría haber levantado sanciones a Venezuela o Irán sin disparar un tiro. Pero no, prefieren la versión simplista porque encaja en un relato de "yanquis malvados", ese que tanto complace a ciertos progresistas que detestan el libre mercado pero ignoran las masacres de regímenes como el de Sadam o Maduro. Yo no defiendo la guerra —fue un desastre que costó 4.500 vidas estadounidenses y cientos de miles de iraquíes (Iraq Body Count, datos actualizados a 2023)—, pero reducirla a codicia petrolera es deshonesto. Es como olvidar que las grandes potencias actúan por una mezcla de intereses: seguridad, ideología, errores humanos. Y en ese sentido, invita a la reflexión: ¿no estamos nosotros, en nuestras propias naciones, cayendo en simplificaciones similares cuando juzgamos nuestra historia?

Al final, respondería con esperanza, no con rabia. Porque si algo me enseña la fe —esa fe católica que no se doblega ante relativismos—, es que la verdad, aunque duela, nos libera. Invitaría a ese interlocutor a leer fuentes verificables, a cuestionar sus prejuicios, y a recordar que el mundo no es un cuento de villanos unidimensionales. Quizás así, entre las ruinas de tantos mitos, podamos reconstruir un entendimiento más justo. No para justificar invasiones, sino para no repetir errores nacidos de la ignorancia.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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