Un cuadro y más que un cuadro

Ah, este cuadro de mi bisabuela María Eugenia Aguirre Lynch, una reliquia que guarda en sus trazos el eco de una Argentina que ya no existe, esa de familias arraigadas en la tierra y en la fe, donde la dignidad no era un adorno sino el eje mismo de la existencia. La veo allí, sentada con esa pose que destila una elegancia innata, no la de los salones frívolos de hoy, sino la de aquellas mujeres que cargaban sobre sus hombros el peso de una estirpe forjada en las Guerras de la Independencia y en las pampas indómitas. Nació en 1882, en Buenos Aires, hija de Manuel Juan José Aguirre Anchorena y de Enriqueta Lynch Lawson, y se casó en 1904 con Carlos Perfecto Ibarguren, un hombre de linaje y sangre de conquistadores que entendía el valor de la tradición. Murió en 1962, dejando atrás un mundo que empezaba a desmoronarse bajo el yugo de ideologías que desprecian lo eterno. Como escribió su hijo Carlos: "Mi madre fue profundamente religiosa, y a través de su fe católica esencial, emprendió —intransigente consigo misma— la dura tarea de corregir las que estimó sus imperfecciones. Supo ella, desde luego, asumir las responsabilidades del mundo y atarearse —como Marta— en quehaceres profanos; pero en la intimidad, su espíritu había escogido la mejor parte —como María—, procurando armonizar su medio ambiente con los preceptos evangélicos de Jesús."

El retrato la captura alrededor de los treinta años, con esa mirada seria, casi desafiante, que no pide permiso para existir. Sus ojos oscuros, profundos como los ríos de nuestra patria, fijan la vista en el observador con una intensidad que no es arrogancia, sino la conciencia de quien sabe que pertenece a algo mayor: la familia, la nación, Dios. Hay en su expresión un atisbo de melancolía, como si presintiera las tormentas que vendrían, las decadencias que nos han robado la grandeza. Su cabello negro, recogido en un rodete sencillo pero impecable, enmarca un rostro pálido, de piel fina y aristocrática, que evoca las damas de antaño, aquellas que no se doblegaban ante la vulgaridad del progreso sin alma.

Viste un vestido negro de terciopelo o seda, ajustado al cuerpo con gracia, con mangas transparentes de gasa que dejan entrever la delicadeza de sus brazos, cubiertos en una estola de visón suave y abundante, como un recordatorio de la opulencia discreta de las estancias bonaerenses. Un collar de perlas adorna su cuello, símbolo de pureza y herencia, y en su mano izquierda, apoyada con naturalidad sobre el regazo, brilla un anillo con una piedra verde —quizás una esmeralda— que habla de compromisos eternos y de una fe que no se negocia. Está sentada en una silla de madera dorada, apenas visible, contra un fondo ocre y terroso que evoca las tierras fértiles de nuestra Argentina, sin distracciones innecesarias, porque la verdadera nobleza no necesita ornamentos para brillar.

Visitando a mi abuelo con mi mujer Dolores el día de nuestro casamiento, bajo la mirada de la bisabuela.

Este cuadro, probablemente obra de un pintor de la época que capturaba la esencia de la alta sociedad porteña —quizás influido por maestros europeos como Sargent o Boldini, pero anclado en nuestra realidad americana—, estuvo en el comedor de mi abuelo Ibarguren, en su departamento de la calle Vicente López. Allí nos sacamos una foto cuando lo fuimos a visitar el día de nuestro casamiento, en 1997. Hoy es propiedad de una querida tía, a quien visité en mi último viaje a Buenos Aires, y no pude dejar de admirarlo una vez más. Para tenerla cerca, mandé hacer una reproducción que me llegó para esta Navidad y ahora me acompaña mientras trabajo en la oficina de mi casa en Cleveland.

Con una copia en mi biblioteca.

Pero este no es solo un lienzo de enorme valor sentimental para nuestra familia; es un testimonio de lo que hemos perdido. En tiempos donde la mediocridad se impone y la tradición se pisotea, mirarla me enciende el alma, me recuerda que en nuestra sangre corre la fuerza de los que fundaron ciudades y forjaron la patria. No es una imagen para admirar con frialdad; es un llamado a despertar, a no conformarnos con las ruinas de un país que podría resurgir si recuperamos esa dignidad que ella encarna. Porque, al final, en sus ojos veo no solo a mi bisabuela, sino a toda una nación que clama por resurrección.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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