Ruinas de Hastings. Cómo la corrección política oscurece 1066

En una era donde la verdad histórica a menudo se disuelve en el vapor del espectáculo moderno, King and Conqueror —la miniserie de la BBC estrenada en agosto de 2025— llega como un susurro entre ruinas, prometiendo revivir el año 1066, el momento en que dos hombres y dos destinos se cruzaron en sangre y fuego para forjar el alma de una nación. Es un drama de ocho episodios que, con nobleza visual, nos arrastra por paisajes brumosos de Inglaterra antigua, envueltos en una banda sonora que late como el pulso de la tierra misma. Las actuaciones de James Norton como Harold Godwinson y Nikolaj Coster-Waldau como Guillermo de Normandía arden con intensidad contenida, y las escenas de batalla rugen con una brutalidad que evoca el peso real de la espada y el escudo. Sin embargo, en medio de tanta belleza terrenal, la serie tropieza: su ritmo se arrastra bajo el peso de la exposición, y sus libertades creativas, lejos de iluminar, oscurecen la luz de los hechos.

La trama se abre con la coronación de Eduardo el Confesor en 1043 y avanza, inexorable, hasta la invasión normanda. Eddie Marsan da vida a un Eduardo frágil, casi espectral: un rey que dice escuchar la voz divina en susurros internos, que porta al cuello un relicario grotesco —un dedo huesudo de santo—, que sucumbe a la furia y asesina a su madre Emma de Normandía con golpes de su propia corona, y que, en una escena íntima en la bañera junto a su esposa (rebautizada Gunhild en vez de Edith), intenta engendrar un heredero solo para ser derribado por un ataque epiléptico que lo deja al borde del abismo. En su lecho de muerte, nombra sucesor entre sombras y confusión, sembrando el caos que culminará en Hastings. Estas imágenes, según reseñas en The Telegraph y BBC History Magazine, lo reducen a un “fanático religioso” o un hombre aplastado por conflictos maternos, muy lejos del monarca que la historia venera.

Pero la verdad histórica canta otra melodía. Eduardo el Confesor (c. 1003-1066), último rey anglosajón de la Casa de Wessex, gobernó con estabilidad y astucia durante más de dos décadas en tiempos de tormenta. Educado en Normandía, regresó en 1042 como un rey piadoso que equilibraba la oración con la gobernanza práctica: fundó la Abadía de Westminster, promovió la devoción cristiana, disfrutaba de la caza y castigaba a sus enemigos con exilio o confiscación de bienes, nunca con violencia física —un acto “totalmente fuera de carácter” para él, como recuerda el historiador Dave Musgrove en Radio Times. La Vita Ædwardi Regis (c. 1067) lo pinta como un rey glorioso y fuerte. Canonizado en 1161 por Alejandro III, su santidad brotó de milagros póstumos y una vida de virtud serena, no de alucinaciones ni relicarios macabros. No hay rastro de matricidio: rompió el poder de Emma confiscando sus riquezas y enviándola a un retiro en Winchester, donde murió naturalmente en 1052. Su matrimonio con Edith (no Gunhild) fue sin hijos, tal vez por castidad voluntaria, y su muerte en 1066 fue natural —posiblemente un derrame cerebral—, sin dramas acuáticos ni epilépticos.

Estas distorsiones no son meros adornos narrativos; reflejan un sesgo que tiñe la serie con un velo anti-católico sutil pero persistente. La fe cristiana medieval —aquella cristiandad que sostuvo reinos y almas— se reduce aquí a fanatismo, a patología mental, a un rey débil que oye voces en lugar de un santo que encarnó la virtud en el trono. La Edad Media aparece como un tiempo opresivo y oscuro, ignorando la luz de la Cruz que iluminó naciones enteras. El showrunner James Norton ha confesado en entrevistas (The Times, This Morning) que “se hicieron cosas arriba” y se “inventó” por la escasez de fuentes, priorizando el drama sobre la fidelidad.

A esto se une la agenda de “inclusión” que impone una diversidad étnica ajena a la época: actores de raza negra o mixta en roles de anglosajones y mercianos, como Jason Forbes (thane ficticio Thomas) y Elander Moore (Morcar, conde de Mercia). En la Inglaterra del siglo XI —homogénea en su raíz anglosajona, celta y escandinava— no existía presencia significativa de africanos subsaharianos en la nobleza o el ejército. Esta elección, criticada por Craig Simpson en The Daily Telegraph y por historiadores como Zareer Masani y David Abulafia, responde a cuotas modernas más que a la verdad histórica. No se niega el talento de estos intérpretes, sino que se lamenta cómo la corrección política borra la identidad particular de un pueblo, convirtiendo la serie en un espejo del presente en vez de un ventana al pasado.

Y sin embargo, en medio de tantas sombras, brilla un acierto luminoso: el uso de ponis —caballos pequeños, robustos, probablemente islandeses— como monturas. Aquí la serie honra la realidad: los equinos del siglo XI eran compactos, resistentes, adaptados al terreno áspero, no los grandes corceles de fantasías posteriores. Ese detalle, humilde pero fiel, añade autenticidad a las cargas de caballería, recordándonos que aún queda espacio para el respeto por los hechos.

En el fondo, King and Conqueror es un drama visualmente cautivador, con actuaciones que conmueven, pero su corazón histórico late debilitado por elecciones que responden más a sensibilidades actuales que a la verdad eterna. Como advertía G.K. Chesterton: “No debemos juzgar el pasado con la superioridad de quienes creen que nunca serán juzgados” (Illustrated London News, 1922). Quien anhele la verdadera luz de esa era hará bien en volver a las fuentes primarias —el Tapiz de Bayeux, la Vita Ædwardi— y redescubrir, con fervor renovado, la fe y la grandeza que forjaron naciones. Porque recordar con precisión lo que fuimos es, al cabo, la única esperanza de ser dignos de lo que aún podemos llegar a ser.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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