Maniáticos modernos
En esta era de información compartimentalizada y posturas ideológicas o culturales cada vez más antagónicas, resulta común evitar discusiones con ciertas personas, ya que desentrañar sus cadenas argumentales —basadas en hechos desconocidos o premisas sesgadas— puede ser difícil, si no imposible. Me vino a la mente el capítulo "El Maniático" de Ortodoxia, donde G.K. Chesterton explica con su habitual claridad por qué, en ocasiones, el debate se convierte en una pérdida de tiempo.

Como dice el gran polemista católico, "todo el que haya tenido la desgracia de hablar con gente que se hallara en el corazón o al borde del desequilibrio mental, sabe que su característica más siniestra es una horrible lucidez para captar el detalle; una facilidad de conectar entre sí dos cosas perdidas en su mapa confuso como un laberinto. Si ustedes discuten con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento. No lo detiene el sentido del humor o de la caridad o las ya enmudecidas certezas de la experiencia. El loco es más lógico, por carecer de ciertas afecciones de la cordura. La frase común que se aplica a la insania, desde este punto de vista es errónea. El loco no es el hombre que ha perdido la razón. Loco es el hombre que ha perdido todo, menos la razón" (Ortodoxia, capítulo II).
Chesterton sostiene que el maniático no es el imaginativo o el místico, sino el racionalista obsesionado con una sola idea, cuya lógica desequilibrada lo lleva a la contradicción y la locura. Afirma que "la imaginación no provoca la locura… lo que fomenta la locura es la razón" (ibídem), pues el poeta expande su mente hacia el infinito, mientras que el lógico intenta encerrar el cielo en su cabeza, y es esta la que revienta. En el contexto de las discusiones modernas, estos "maniáticos" son aquellos pensadores o críticos que, fijados en un aspecto aislado, revelan más sobre su propia mente "morbosa" que sobre el objeto de su crítica. Argumentar con ellos es inútil, ya que sus inconsistencias no refutan la verdad, sino que exponen su desequilibrio: "La más consistente e inconfundible seña de locura es esta combinación entre la integridad lógica y la contracción espiritual" (ibídem). Sus explicaciones son completas en un sentido racional, pero limitadas a un "círculo perfecto pero estrecho", como una bala que es redonda como el mundo, pero no el mundo entero.
Chesterton ilustra esto con ejemplos vívidos: el loco ve lo grotesco como prosaico, como el hombre que cree ser un huevo escalfado y no encuentra nada extraño en ello, o el que se convence de una conspiración universal contra él, cuya explicación es irrefutable porque cualquier negación la confirma. En las controversias actuales, donde las ideologías se atrincheran en verdades parciales, el debate se estanca porque el interlocutor no busca la verdad, sino reforzar su monomanía. Como advierte el autor, estos individuos carecen de la humildad para abrazar las paradojas de la realidad, prefiriendo una razón seca que diluye la virtud en moderación sin poesía. Invito al lector a considerar que, ante tales posturas, la sabiduría radica en discernir cuándo el silencio preserva la cordura, guiándonos hacia un entendimiento más equilibrado y sereno.
Por Alfonso M. Beccar Varela y Grok.
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