Defendiendo lo indefendible: Cuando la "libertad" de Milei choca con la cruz

En un mundo que se precipita hacia el abismo de ideologías vacías, donde el individualismo exacerbado pretende erigirse como un dios falso sobre las ruinas de la tradición y la fe, surge la necesidad imperiosa de alzar la voz contra corrientes que, disfrazadas de libertad, socavan el alma de las naciones. Como católico y amante de una Argentina que anhelo grande y honrada, no puedo permanecer en silencio ante obras como "Defendiendo lo Indefendible" de Walter Block, un texto que, con su racionalismo frío y libertario extremo, justifica lo que la doctrina de la Iglesia condena como atentados contra la dignidad humana y el bien común. Este libro, publicado en 1976, no es mera teoría abstracta; sus ideas reverberan hoy en figuras políticas que, en nombre de una "libertad" sin frenos, perpetúan la decadencia moral que nos ahoga. En mi patria, donde el peronismo ha sembrado clientelismo y corrupción, ahora emerge un nuevo peligro: un anarcocapitalismo que, al defender vicios como si fueran virtudes económicas, ignora el mandato divino de proteger al débil y ordenar la sociedad hacia Dios. Esta crítica, nacida de mi indignación y mi esperanza en la resurrección de los valores eternos, busca desmontar tales falacias desde la luz de la doctrina católica, recordándonos que la verdadera libertad no es caos, sino servicio al prójimo, a la familia y a la nación bajo la mirada de Cristo.

En el contexto argentino, donde el peronismo ha corrompido la libertad con populismos clientelistas que han llevado al país a la ruina económica y moral, veo ecos alarmantes en figuras contemporáneas como el presidente Javier Milei, quien, en su fervor libertario, ha promovido activamente el libro de Block. Milei, un economista anarcocapitalista que asumió la presidencia en 2023 prometiendo desmantelar el Estado interventor, ha elogiado públicamente "Defendiendo lo Indefendible" en entrevistas, recomendándolo como una obra esencial para entender la libertad individual, e incluso lo ha regalado en eventos oficiales, como se reportó en diciembre de 2024. En octubre de 2025, Milei expresó su alegría al recibir copias firmadas y dedicadas por Block, llamándolo "uno de los ANCAPs más importantes del mundo" en su cuenta de X. Y apenas en diciembre de 2025, en vísperas de Navidad, obsequió copias de este libro a sus principales funcionarios y miembros del gabinete, un gesto que subraya su compromiso con estas ideas extremas. Esta relación no es casual: Milei se inspira en Block para justificar reformas que priorizan el mercado sobre el bien común, como recortes drásticos en subsidios sociales que afectan a los más vulnerables, todo en nombre de una "libertad" que, sin anclaje en la moral católica, arriesga devenir en caos. Aunque Milei se opone al peronismo —un punto que comparto en mi rechazo a esa ideología corrupta—, su extremismo libertario puede representar una nueva amenaza: una falsa liberación que, al defender lo indefendible, ignora las enseñanzas de la Iglesia sobre la solidaridad y la protección del débil, perpetuando la decadencia en una Argentina que anhela volver a sus raíces cristianas y tradicionales. Rechazar el estatismo y el clientelismo peronista es justo y necesario, pero no debe impulsarnos al otro extremo: un anarcocapitalismo que disuelve toda autoridad colectiva en favor de un individualismo absoluto, dejando a la sociedad sin defensas contra el abuso de los poderosos.

En este mundo que se desmorona bajo el peso de ideologías que pretenden elevar al individuo por encima de todo, incluso de Dios y del bien común, surge un libro como "Defendiendo lo Indefendible" de Walter Block, un economista estadounidense que, con una frialdad racionalista propia del libertarianismo extremo, se atreve a justificar actos y figuras que la sociedad —y con mayor razón la fe católica— ha condenado no por capricho, sino por su atentado contra la dignidad humana y el orden natural. Publicado en 1976, este texto defiende a personajes y prácticas que, según Block, no violan el principio de no agresión ni los derechos de propiedad, y por ende, deberían ser tolerados o incluso celebrados en una sociedad libre. Habla de prostitutas, proxenetas, traficantes de drogas, avaros, calumniadores, chantajistas, usureros, especuladores, estafadores, falsificadores, vendedores de pornografía, drogadictos, mendigos agresivos, entre otros —una lista que parece sacada de los pecados capitales disfrazados de virtud económica. Block argumenta que estos roles, al no involucrar violencia directa o robo, contribuyen al funcionamiento del mercado libre y, por extensión, a la libertad individual. Pero aquí radica el error profundo: reduce la moral a una mera transacción contractual, ignorando que la libertad verdadera no es licencia para el caos, sino un don ordenado al servicio de Dios, la familia y la patria. Desde la doctrina católica, esta visión no solo es miope, sino herética en su esencia, pues niega la ley natural inscrita en el corazón del hombre y el mandato divino de buscar el bien común por encima del egoísmo desenfrenado.

Para entender el peligro, es clave distinguir entre políticas económicas de libre mercado y el anarcocapitalismo que promueve Block. Las políticas de libre mercado, en su forma moderada, abogan por una economía con mínima intervención estatal, pero reconociendo el rol del Estado en proteger los derechos básicos, como la propiedad, los contratos y la justicia social. Esto implica un gobierno que actúa como árbitro neutral, evitando monopolios abusivos y garantizando que la competencia beneficie a todos, no solo a los fuertes. En contraste, el anarcocapitalismo —influido por pensadores como Murray Rothbard, quien prologó el libro de Block— va mucho más allá: propone eliminar por completo el Estado, reemplazándolo con mercados privados para todo, incluyendo policía, tribunales y defensa nacional. En este sistema, todo se basa en contratos voluntarios y el principio de no agresión, pero sin una autoridad central, el riesgo es que los poderosos impongan su voluntad a través de agencias privadas, creando jerarquías económicas que oprimen a los débiles, algo que choca con la Doctrina Social de la Iglesia, que ve al Estado como un instrumento necesario para el bien común. Block, al defender roles como el proxeneta o el traficante de drogas como "empresarios" legítimos en un mercado sin regulaciones morales, encarna este extremo: un mundo donde la "libertad" permite la explotación sin frenos, ignorando que, como enseña la Iglesia, la economía debe servir al hombre, no esclavizarlo. Esta distinción es crucial en Argentina: un libre mercado equilibrado podría curar las heridas del peronismo sin caer en el vacío anárquico que Block idealiza.

Mi indignación no surge de una mera antipatía personal, sino de la convicción de que obras como esta aceleran la decadencia de un Occidente que ya ha olvidado sus raíces cristianas. Block, influido por el anarcocapitalismo de Rothbard, propone un mundo donde el mercado es el árbitro supremo, sin intervención estatal ni moral colectiva. Defiende al proxeneta no como un explotador de la miseria humana, sino como un "empresario" que facilita transacciones voluntarias; al traficante de drogas como un proveedor de bienes demandados; al avaro como un ahorrador eficiente que beneficia la economía. Según él, estos actos, al ser "voluntarios", no merecen condena legal ni social. Pero ¿qué voluntariedad hay en la prostitución, cuando esta degrada el cuerpo templo del Espíritu Santo, como enseña San Pablo en 1 Corintios 6:19-20? La doctrina católica, en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2355), condena la prostitución por atentar contra la dignidad de la persona, reduciéndola a un objeto de placer lucrativo. No es un contrato inocuo, sino una forma de esclavitud moderna que explota la vulnerabilidad, especialmente de mujeres y niños, y fomenta la lujuria, uno de los pecados que corrompen el alma y la sociedad. Block ignora esto, cegado por su ideología individualista, que ve en toda regulación moral una tiranía.

Esta defensa del "indefendible" choca frontalmente con la Doctrina Social de la Iglesia, que desde la encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta Centesimus Annus de Juan Pablo II (1991) enfatiza el principio de subsidiaridad, solidaridad y bien común. León XIII advertía contra el liberalismo económico desbocado que deja al trabajador —o en este caso, al vulnerable— a merced de fuerzas impersonales del mercado, afirmando que "la justicia exige que se proteja al débil" (Rerum Novarum, n. 36). Block, al justificar al usurero o al especulador que aprovecha crisis para enriquecerse, promueve una libertad que es mera ilusión, pues en un mundo sin frenos morales, los fuertes devoran a los débiles. Juan Pablo II, en Centesimus Annus (n. 34), critica el capitalismo salvaje que ignora la dimensión ética, recordando que la economía debe servir al hombre, no al revés. El libertarianismo extremo de Block, que defiende incluso la "esclavitud voluntaria" en otros escritos suyos —como en su debate con filósofos libertarios—, niega esta verdad, reduciendo la persona a un commodity negociable. ¿Cómo conciliar esto con la enseñanza católica de que todo hombre es imagen de Dios (Génesis 1:27), y que explotarlo es un pecado que clama al cielo?

No se trata solo de pecados individuales, sino de cómo estas prácticas socavan el tejido social. Block defiende al traficante de drogas argumentando que el consumo es una elección personal, pero ignora los estragos en familias y comunidades. El Catecismo (n. 2291) condena el uso de drogas por infligir graves daños a la salud y la vida humana, salvo por estrictas indicaciones terapéuticas. En una sociedad católica, el Estado —como custodio del bien común— tiene el deber de prohibir tales males, no por autoritarismo, sino por caridad. Pío XI, en Quadragesimo Anno (1931, n. 79), recordaba que la autoridad pública debe intervenir cuando el mercado falla en promover la justicia social. Block, en su afán por un "mercado puro", desmantela esta visión, promoviendo un relativismo moral donde todo vale si hay consentimiento. Esto es el colmo del progresismo disfrazado de libertad: el mismo que ataca la familia al defender la pornografía o la prostitución, ignorando que, como dice San Juan Pablo II en Familiaris Consortio (1981, n. 6), la familia es la célula básica de la sociedad, y corromperla es destruir la nación.

Críticos libertarios como Sharon Presley han señalado que el estilo sensacionalista de Block desacredita incluso sus propias ideas, con una lógica defectuosa y una visión mecanicista del hombre (reseña en Reason Magazine, 1977). Desde la fe, Tibor Machan, filósofo con inclinaciones libertarias, admitió que defiende "ideas tontas" aunque por una buena causa (reseña en The Journal of Libertarian Studies, 1978). Pero para un católico, no hay "buena causa" en justificar el mal. Block representa esa modernidad que desprecia la tradición, anclada en la Cruz y la historia, para erigir un ídolo al individuo atomizado. No escribo para condenar a Block personalmente —Dios juzgará—, sino para recordar que la verdadera libertad es la que nos lleva a Cristo, no al abismo del egoísmo.

Invito al lector a rechazar esta defensa del indefendible, con la esperanza de que, reconociendo la doctrina católica, recuperemos un orden donde la economía sirva al hombre y no lo esclavice. Porque, al final, en las ruinas de estas ideologías, aún queda espacio para la resurrección de las almas y las naciones.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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