"Las puertas del infierno no prevalecerán"

En el Evangelio según San Mateo, Nuestro Señor Jesús pronuncia unas palabras que han resonado a lo largo de los siglos como un baluarte de esperanza para los fieles: "Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mateo 16:18). Esta frase, parte del episodio en que Jesús confiere a Pedro el primado apostólico, se ha interpretado comúnmente como una promesa de invencibilidad para la Iglesia: el mal, representado por las "puertas del infierno", no logrará destruirla, por más que la asedie con herejías, persecuciones o escándalos internos. Es una lectura defensiva, que enfatiza la resistencia pasiva de la Iglesia ante las fuerzas del demonio, como si se tratara de una fortaleza sitiada que aguanta el embate eterno.

Sin embargo, creo que esta interpretación, aunque válida en su esencia, no captura la profundidad profética y triunfante del mensaje. Más bien, anuncia una victoria activa: las puertas del infierno no podrán resistir el poder de la Iglesia y de los buenos, que, guiados por la gracia divina, triunfarán sobre el demonio. No es solo que el mal no derrote a la Iglesia, sino que la Iglesia, como instrumento de Dios, derribará las barreras del mal. Esta visión no es una mera especulación personal; se alinea con la tradición exegética católica y con el testimonio de la historia, donde la Iglesia no ha sido mera espectadora, sino protagonista en la lucha contra el pecado y la oscuridad.

Para entender esta perspectiva, volvamos al contexto bíblico. El término "puertas del infierno" (en griego, "pylai hadou") evoca en la mente judía de la época no solo la entrada al reino de los muertos, sino también un símbolo de poder y juicio, como las puertas de una ciudad antigua que representaban su autoridad y defensa. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, el Salmo 107:16 habla de Dios que "rompe las puertas de bronce y destroza los cerrojos de hierro", refiriéndose a la liberación de los cautivos. San Agustín, en su comentario a este pasaje evangélico, enfatiza que "las puertas del infierno son los pecados y vicios que atan a los hombres", y que la Iglesia, armada con la fe, los rompe para liberar almas (Sermón 270). No es el infierno el que ataca sin éxito; es la Iglesia la que asalta y vence.

Esta interpretación ofensiva se confirma en la historia de la Iglesia. Consideremos las Cruzadas medievales, convocadas por el Papa Urbano II en 1095 para liberar Tierra Santa de la opresión musulmana. Según el cronista Fulquerio de Chartres, Urbano proclamó: "Dios lo quiere", inspirando a miles a marchar no solo para defender la fe, sino para reconquistar lo perdido (Historia Hierosolymitana, Libro I). Aunque las Cruzadas han sido distorsionadas por la propaganda moderna, representaron un triunfo temporal sobre las "puertas" de la infidelidad, rescatando peregrinos y preservando reliquias sagradas. Más cerca en el tiempo, la Batalla de Lepanto en 1571 vio a la Liga Santa, bendecida por el Papa Pío V, aplastar la flota otomana, deteniendo la expansión islámica en Europa. El historiador católico Hilaire Belloc lo describe como "el momento en que el Occidente cristiano salvó su civilización" (The Great Heresies, 1938, p. 112). Aquí, la Iglesia no resistió pasivamente; oró, organizó y venció, con el Rosario como arma espiritual.

En épocas más recientes, esta dinámica se repite. Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), la Iglesia fue perseguida con saña por las fuerzas republicanas, que destruyeron miles de templos y asesinaron a clérigos. Sin embargo, el levantamiento nacional, apoyado por fieles católicos, no solo defendió la fe, sino que la restauró, culminando en la victoria de Franco. El historiador Vicente Cárcel Ortí documenta que "la persecución religiosa fue el catalizador de una reacción que salvó a España del comunismo ateo" (La Gran Persecución: España, 1931-1939, 2000, p. 456). Hoy, en un mundo donde el secularismo y el relativismo moral asedian a la familia y la vida, la Iglesia sigue asaltando las "puertas" mediante encíclicas como Humanae Vitae de Pablo VI (1968), que predijo con precisión las consecuencias de la anticoncepción, o la labor de misioneros en África y Asia, donde el catolicismo crece pese a las persecuciones.

Esta victoria no es automática ni exenta de sufrimiento. Nuestro Señor advirtió que "el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan" (Mateo 11:12), invitando a una lucha espiritual activa. San Pablo, en su Carta a los Efesios, nos exhorta a vestir "la armadura de Dios" para "resistir en el día malo y, después de haberlo logrado todo, mantenerse firmes" (Efesios 6:13). Pero el triunfo es seguro, como lo atestigua el Apocalipsis: "El Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes" (Apocalipsis 17:14). En un tiempo como el nuestro, marcado por la apostasía silenciosa y la indiferencia, esta interpretación nos llama a no conformarnos con resistir, sino a avanzar: educando a los jóvenes en la fe, defendiendo la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y confrontando ideologías que niegan a Dios.

Al final, "las puertas del infierno no prevalecerán" no es un consuelo pasivo, sino un mandato de conquista. La Iglesia, fundada sobre Pedro, es la roca que aplasta las barreras del mal, guiada por la gracia de Nuestro Señor. Que esta promesa nos impulse a ser parte de esa victoria, no como espectadores, sino como soldados en la milicia de la fe.

por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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