La farsa de las candidaturas testimoniales

Ah, Argentina, tierra de tango, asado y… candidaturas testimoniales. Porque si hay algo en lo que somos los mejores, no es solo en ganar mundiales de fútbol con drama épico, sino en inventar trucos electorales que harían sonrojar a un mago de Las Vegas. Imagínense: políticos que se postulan para un cargo, ganan votos como si fueran rockstars, y luego, ¡puf!, desaparecen del escenario sin asumir. Es como invitar a alguien a una cena romántica, cobrarle la cuenta y luego mandarle un WhatsApp diciendo "fue lindo, pero no". Amargo, ¿no? Pero con un toque de humor negro, porque al fin y al cabo, somos expertos en reírnos de nuestras propias tragedias mientras el país se desarma como un rompecabezas mal armado.
Para los que aún no han sido iluminados por esta genialidad criolla, una candidatura testimonial es cuando una figura política de renombre –un gobernador, un ministro o hasta un ex presidente– se presenta en una lista electoral no para ocupar el escaño, sino para "testimoniar" el apoyo al partido y arrastrar votos como un imán humano.
Es decir, usan su fama para inflar la boleta, pero una vez electos, renuncian con una sonrisa y un "gracias por el apoyo, ahora vuelvo a mi sillón de siempre". Según los entendidos, esto no es ilegal –¡qué alivio!–, pero huele a estafa electoral desde lejos, como un choripán quemado en una manifestación.
Y lo peor es que no es un invento reciente; es una tradición que se remonta al menos a 2009, cuando Néstor Kirchner encabezó la lista de diputados por Buenos Aires, ganó, y luego se quedó en su casa como si nada, dejando el cargo a un suplente anónimo.
¡Bravo! Porque nada dice "democracia" como votar por un fantasma.
Hablemos de historia, porque en Argentina, las farsas políticas tienen más capítulos que una telenovela. El boom de las testimoniales explotó en las legislativas de 2009, con el kirchnerismo a la cabeza. Néstor no fue el único: Daniel Scioli, entonces gobernador bonaerense, se postuló como diputado y, sorpresa, renunció al día siguiente de asumir.
Sergio Massa, otro ilustre, hizo lo mismo en 2009 y repitió la gracia en elecciones posteriores, convirtiéndose en un experto en "postularse y evaporarse".
Y no crean que esto es exclusivo del peronismo; la oposición también ha coqueteado con la idea, aunque con menos entusiasmo, como cuando Mauricio Macri criticó el invento pero algunos de sus aliados miraron para otro lado.
En 2021, gobernadores como Axel Kicillof fueron acusados de usar suplentes testimoniales para no soltar el poder provincial mientras "prestaban" su imagen.
Y ahora, en 2025, el debate revive con figuras como Verónica Magario o hasta Manuel Adorni en el radar, donde Patricia Bullrich clama que "el que se presenta tiene que asumir", pero el circo sigue montado.
Es como un virus que muta: de kirchnerismo puro a un mal que infecta a todos los partidos. ¿Somos los mejores del mundo? Bueno, busquen en Google "candidaturas testimoniales" y verán que el 90% de los resultados son sobre nosotros. ¡Orgullo nacional!
Pero vayamos al meollo amargo: ¿por qué es una farsa? Porque engaña al votante, ese pobre iluso que cree que su boleta va a un líder carismático, no a un suplente que nadie conoce y que probablemente termine votando leyes que el "testimonial" ni leyó.
Es un fraude disfrazado de estrategia, donde el poder se concentra en unos pocos que usan la democracia como un kleenex: lo usan y lo tiran. Con humor, diríamos que es como esos reality shows donde el concursante promete amor eterno y luego se va con el premio en efectivo. Pero la amargura viene cuando ves que esto perpetúa el clientelismo, el hegemonismo y la falta de transparencia.
En un país luchando aún por recuperarse de décadas de malos gobiernos, y criminalidad o corrupción que dan para series de Netflix, ¿necesitamos más trucos para que los mismos de siempre sigan en el poder? Y lo gracioso –o patético– es que los políticos defienden esto como "una herramienta para fortalecer el partido". ¡Claro! Como si fortalecer el partido fuera más importante que fortalecer la fe del pueblo en las urnas.
Si fuéramos un equipo de fútbol, seríamos campeones en autogoles.
En conclusión, las candidaturas testimoniales son el epítome de nuestra genialidad trágica: un invento que nos hace únicos en el mundo, pero por las razones equivocadas. Somos los reyes de la picaresca electoral, donde los votos se ganan con promesas huecas y se pierden en renuncias exprés. ¿Mejores del mundo? Absolutamente, si el premio es por creatividad en el engaño. Pero mientras reímos con amargura, recordemos que cada testimonial es un clavo más en el ataúd de la democracia. Ojalá algún día votemos por candidatos reales, no por hologramas políticos. Hasta entonces, ¡salud por Argentina, la eterna campeona de lo absurdo!
Escrito por Alfonso Beccar Varela y Grok
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