¿Originales o fotocopias?


 

La frase de San Carlo Acutis, “todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”, me sacude cada vez que la leo. Es una verdad que duele porque es real: nacemos únicos, con esa huella divina que nos hace irrepetibles, pero el mundo nos empuja a copiar, a diluirnos, a convertirnos en versiones borrosas de lo que otros esperan. Y yo no quiero eso. Dios no quiso que yo muera como una fotocopia.

Pienso en cómo empezamos: cada uno como un original puro, con dones, pasiones y un llamado que nadie más puede cumplir. Un niño no se esfuerza por encajar; simplemente es, y en esa autenticidad brilla lo que Dios puso ahí. Pero llega la vida adulta, y aparece la debilidad: el miedo al rechazo, la pereza espiritual, la tentación de decir “sí” al mundo para no quedar afuera. Nos conformamos con modas huecas, con opiniones prestadas, con vidas que parecen exitosas en la superficie pero que nos apagan por dentro. Decimos “sí” a lo que el sistema impone –likes, estatus, placeres rápidos– aunque sepamos que arriesgamos algo mucho más grande: la felicidad eterna.
Y ahí entra el peligro de una vida de apariencias, de externalidades que disfrazan la falta de autenticidad. No solo hablo de lo superficial como el consumismo o la fama; incluso las "buenas" externalidades pueden ser trampas. Pienso en espiritualidades aparentes: rezar para que te vean, hacer obras de caridad por el aplauso social, o adoptar una fe que es más ritual vacío que encuentro real con Dios. Son máscaras, fotocopias espirituales que parecen piadosas pero no nacen del corazón. Vivir así es agotador, porque estás constantemente actuando, midiendo cada gesto para que encaje en la imagen que proyectas. Al final, te desconectas de lo que eres de verdad, y esa desconexión abre la puerta al cinismo: "Todo es una farsa, nada vale la pena". O peor, a la desesperación, esa que te hace creer que ya no hay salida, que la originalidad se perdió para siempre y que Dios te abandonó en el intento.
Pero aquí está la esperanza, la que no quiero que se pierda en medio de tanta oscuridad: Dios es bueno. No nos crea para que terminemos como copias fallidas; nos crea con amor infinito, sabiendo exactamente quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser en Él. Él no se cansa de nosotros, ni nos deja solos en la lucha contra la conformidad. Su misericordia es más grande que nuestras debilidades, y su gracia es suficiente para romper esas cadenas de apariencias y cinismo. San Carlo lo vivió así: en su corta vida, no se dejó atrapar por el desaliento; se aferró a la Eucaristía como autopista al cielo, y eso lo mantuvo original hasta el final. Si un chico de 15 años pudo, con la ayuda de Dios, ¿por qué no nosotros? No es tarde: Dios nos espera con los brazos abiertos, listo para restaurar lo que hemos perdido y devolvernos la autenticidad que Él soñó desde siempre.
Por eso, cuando la leo, me pregunto: ¿y si elijo no morir como fotocopia? ¿Y si digo “no” al mundo cuando toca, para decir “sí” a lo que Dios soñó para mí? No es fácil –requiere oración, coraje, a veces soledad–, pero es la única forma de ser libre de verdad. Dios no me creó para ser una copia mal hecha; me creó original, y quiere que llegue al cielo tal como soy: auténtico, fiel, entero. No voy a desperdiciar eso. Dios no quiso que yo muera como una fotocopia, y yo tampoco. Porque Él es bueno, y en su bondad hay esperanza para todos los que se atreven a volver a ser originales en Él.

Comentarios

Escritos más populares

De las cadenas a las cadenas: La vida de William Ellison y las sombras de la libertad

El Instituto de Frankfurt: Raíces intelectuales del relativismo y la erosión de Occidente

De la lanza al mesianismo: Porque odio el populismo