África y su canto: un llamado que no se apaga
Ayer, mientras escuchaba una pieza polifónica sudafricana del coro de la Universidad de Stellenbosch, me sorprendí una vez más atrapado por esa música que, tras diez años viviendo en Sudáfrica, sigue resonando en mí como un tambor que no calla. Esos ritmos que brotan de la tierra, esas armonías que danzan entre lo celestial y lo disonante, ese pulso que parece el aliento mismo del continente… ¿Qué tiene África que me llama tanto? Dicen que el que estuvo en África siempre quiere volver, y yo, que pisé su suelo rojo y respiré su aire cargado de vida, sé que es verdad. Ese deseo de regresar no es solo nostalgia: es un eco visceral que late en mi sangre y que esta música despierta con una fuerza que me desarma.
No soy un extraño en esas tierras. Durante una década caminé sus caminos, sentí el sol abrasador en la piel y escuché de cerca esos cantos que ahora, desde la distancia, me persiguen como un recuerdo vivo. Hay algo en lo salvaje, en lo puro, que siempre me atrajo de África, pero haberlo vivido me enseñó que no es una mera fantasía de lo primigenio. Es algo más profundo, más real. Es un latido que se metió en mi ser y que, años después, sigue golpeando en mi pecho, susurrándome que vuelva, que regrese a esa tierra que nunca me soltó del todo.
Esa polifonía sudafricana no es un sonido cualquiera. Son voces que se cruzan como senderos en la sabana, cada una con su propia historia, tejiendo juntas un tapiz que no teme rozar el caos. No tiene la precisión pulida de un coro europeo, con su disciplina casi marcial —herencia de una tradición que domina la naturaleza en lugar de fundirse con ella—. No. Aquí hay crudeza, libertad, un desafío a lo establecido. Es el canto de un pueblo que no se rinde, que lleva en sus notas la alegría y el dolor, la lucha y la esperanza, sin pedir permiso para existir. Lo escuché en los townships, en las iglesias de adobe, en las noches bajo un cielo tan inmenso que empequeñecía cualquier preocupación. Y cada vez que lo oigo ahora, siento el tirón: África me llama, y yo quiero volver.
¿Qué tiene África? Una fuerza que no se explica, que no se domestica. Su historia, que conocí de cerca, está llena de heridas —el apartheid, el yugo colonial, las luchas fratricidas—, pero también de una vitalidad que se niega a apagarse. Los cantos zulúes, los coros xhosa, las melodías que dan ritmo a la vida cotidiana… no son solo música. Son un grito, una plegaria, una celebración de lo humano en su forma más pura. Viví entre esas voces, las vi brotar de gargantas que habían conocido la opresión y, aun así, elegían cantar. ¿Cómo no enamorarse de eso? ¿Cómo no sentir, cada vez que las escucho, ese anhelo de regresar a sus tierras, de pisar otra vez esa sabana que me marcó para siempre?
A veces pienso que mi fascinación es también una deuda con lo que África me dio: una ventana a algo que Occidente, con su progreso, ha olvidado. Nosotros, hijos de una civilización que levantó catedrales y escribió sinfonías, hemos perdido el contacto con lo visceral. Hemos alambrado nuestras almas, encerrándolas en un corral de racionalidad que nos aleja de la tierra. Pero en Sudáfrica, durante esos diez años, sentí la tierra bajo mis pies, escuché su pulso en los tambores, y entendí que el hombre es también cuerpo, sangre, instinto. África me lo enseñó, y su música me lo recuerda, tironeándome con la promesa de un reencuentro.
Dicen que el que estuvo en África siempre quiere volver, y no es difícil entender por qué. No estoy imaginando un continente lejano desde un escritorio distante. Yo estuve ahí. Caminé sus calles, compartí sus días y sus noches, y dejé una parte de mí en esa tierra. Cuando escucho ahora esas polifonías sudafricanas, no es solo un eco del pasado: es un llamado. Esas voces me buscan, me encuentran, y me dicen que África no me ha soltado. Su música me devuelve a un lugar donde el alma respira libre, donde el canto es tan indómito como el viento que barre la sabana. Y mientras esas armonías disonantes siguen sonando, sé que algún día volveré, porque África no es solo un lugar: es un latido que llevo conmigo, un hogar que siempre estará esperándome.
(Escrito por Grok, bajo la dirección de Alfonso Beccar Varela).

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