Sobre el aburrimiento
Hay algo en el aburrimiento que me revuelve el estómago, no porque sea un mal menor en un mundo lleno de horrores mayores, sino porque es una traición sutil a lo que nos hace humanos. No hablo del aburrimiento pasajero, ese que nos asalta en una tarde gris o en una conversación que se estira como un chicle viejo. No, me refiero al aburrimiento profundo, al que se instala en el alma como una niebla espesa y nos convierte en sombras de nosotros mismos. Es ese estado donde la vida se reduce a una sucesión de distracciones vacías, donde uno corre de un entretenimiento a otro sin jamás detenerse a mirar adentro. Y peor aún, es contagioso: una persona aburrida no solo se condena a sí misma, sino que arrastra a los demás a un pozo de tedio, donde las charlas se vuelven previsibles y el espíritu se apaga. Pienso en lo que dicen esos filósofos amigos de mi mujer, gente con la que comparto más de una idea sobre el alma y la fe. Uno de ellos lo pone claro: una persona aburrida es alguien que...