El eco torcido de la fe
Buenos Aires, finales de 1969. El aire en la ciudad huele a nafta quemada, a café de los bares de esquina y a la humedad que sube del Río de la Plata. Las calles del centro están llenas de ruido: el traqueteo de los colectivos, las bocinas impacientes en la 9 de Julio, los gritos de los canillitas ofreciendo La Nación o Crónica bajo los toldos raídos de las paradas. Es una ciudad que vibra, que late, pero también una ciudad que hierve. En los cafés de Corrientes, los estudiantes discuten a los gritos sobre Vietnam, Perón y la revolución; en las parroquias, los curas jóvenes empiezan a hablar de justicia social con un fervor que incomoda a las viejas de misa diaria; y en los barrios como Recoleta o Caballito, las familias de clase media-alta, como la mía, miran todo eso desde una distancia prudente, aferradas a sus rosarios y sus apellidos con abolengo.
Me llamo Santiago Echeverría. Tengo veintitrés años, pelo castaño despeinado y una cara que, según mi madre, “podría haber sido de galán de cine si no fuera por esa manía de fruncir el ceño todo el tiempo”. Vengo de una familia de esas que tienen retratos al óleo de bisabuelos con uniforme militar colgados en el comedor de la casa de San Isidro. Mi padre, Eduardo, es abogado y tiene un estudio en Retiro; mi madre, Clara, organiza tés de caridad para las Damas del Pilar y nunca sale sin sus perlas. Yo estudié en el Champagnat, jugué al rugby en el SIC y, hasta hace un par de años, mi mayor preocupación era aprobar los parciales de Derecho en la UBA y no llegar tarde a misa los domingos, donde íbamos en familia como buenos católicos de alcurnia.
Pero algo cambió. Fue gradual, como el desgaste de las baldosas del patio de casa bajo la lluvia. Todo empezó con el padre Miguel, un cura flaco y de ojos encendidos que llegó a la parroquia de San Nicolás, en el microcentro, a principios del ’68. No era como los sacerdotes de antes, esos de sotana impecable y sermones sobre el pecado. Miguel llegaba con el alzacuello arrugado, las manos curtidas y un discurso que te golpeaba el pecho. Hablaba de los pobres, de los descamisados, de un Cristo que no estaba en el cielo sino en las villas miseria de Retiro o en los talleres clandestinos de Avellaneda. “La Iglesia no puede seguir siendo un club de señoras ricas”, decía desde el púlpito, mientras las beatas se persignaban nerviosas y mi madre murmuraba que ese hombre “estaba perdiendo el rumbo”.
Yo lo escuchaba. Al principio, por curiosidad. Después, con un nudo en la garganta. Miguel citaba al Che Guevara en sus homilías y nos pasaba mimeografiados con textos de Camilo Torres, el cura guerrillero colombiano. “Cristo fue un revolucionario”, repetía, y yo, que había crecido rezando el padrenuestro con la vista fija en el crucifijo del comedor, empecé a ver esa cruz de otra manera. No como un adorno, sino como un arma. Una llamada.
En casa no entendían nada. Mi padre me miraba por encima de sus anteojos de marco grueso y me decía: “Santiago, vos sos un Echeverría, no un agitador de barricada. Dejá esas ideas raras y concentrate en el estudio”. Pero yo ya no podía. Los domingos, en vez de ir a misa con ellos, me escapaba a reuniones en un sótano de la calle Tucumán, cerca del Obelisco. Ahí conocí a otros como yo: chicos de clase media, algunos de familias conocidas, que también habían oído a los curas del tercer mundo y sentían que el país se desmoronaba mientras nosotros seguíamos tomando mate en el jardín. Entre ellos estaba Laura, una chica de pelo negro y ojos duros, hija de un médico de Belgrano, que hablaba de la lucha armada como si fuera un evangelio nuevo. “No alcanza con rezar, Santiago”, me dijo una noche, mientras fumaba un Particulares apoyada contra una pared llena de afiches del ERP y Montoneros. “Hay que actuar”.
No todos pensaban igual. Una tarde, después de una de esas reuniones, me crucé con el padre Esteban, un sacerdote mayor que ayudaba en San Nicolás pero que rara vez coincidía con Miguel. Era un hombre de voz calma, con el pelo blanco peinado hacia atrás y unas manos nudosas que siempre sostenían un breviario gastado. Me vio salir del sótano y me llamó con un gesto. Nos sentamos en un banco de la Plaza Lavalle, frente al Palacio de Tribunales, mientras los chicos jugaban al fútbol entre los árboles y los jubilados alimentaban a las palomas. “Santiago, te veo cambiado”, empezó, mirándome con ojos que parecían atravesarme. “Sé que Miguel te tiene encendido, pero ojo que lo que él predica no es el Evangelio entero. Cristo no vino a traer la espada, sino la paz. La justicia, sí, pero no a costa de la sangre. Esto que estás escuchando es una mezcla de Marx con un Cristo recortado, un ídolo que Miguel y otros han fabricado. El catolicismo verdadero no bendice la violencia, hijo. Reflexioná”.
Sus palabras me quedaron dando vueltas, pero las aparté. Quería acción, no reflexión. Me uní a Montoneros en el verano del ’69. Al principio, eran tareas chicas: repartir volantes en la Plaza Once, pintar consignas en las paredes de Constitución al amparo de la noche. “Perón o muerte”, escribíamos con aerosol, mientras el olor a pintura se mezclaba con el de los choripanes que vendían en los puestos de la estación. Pero las cosas se fueron poniendo serias. Laura me presentó a Roberto, un tipo grandote y callado que siempre llevaba una boina ladeada y una pistola en la cintura. Él nos entrenó en un galpón perdido en Mataderos: cómo cargar un revólver, cómo tirar una molotov, cómo escapar rápido por los callejones. “Esto no es un juego, pibe”, me dijo una vez, mirándome fijo. “Si entrás, no salís”.
El 15 de noviembre de 1969, me dieron mi primera misión importante. El objetivo era un comisario de la Federal, un tal González, que había mandado reprimir una marcha en la Facultad de Ciencias Exactas y, según Roberto, “tenía las manos manchadas con sangre de compañeros”. El plan era simple: emboscarlo cuando saliera de su casa en Villa Urquiza, un barrio de casas bajas y árboles frondosos. Éramos cuatro: Roberto, Laura, un pibe que le decían el Flaco y yo. Nos subimos a un Falcon gris robado y estacionamos a dos cuadras, en Triunvirato y Cullen, bajo la sombra de un jacarandá que empezaba a florecer. Yo tenía el corazón en la boca, las manos sudadas apretando un 38 que me habían dado esa misma mañana.
A las siete en punto, González salió. Era un hombre corpulento, de bigote tupido y paso firme, con el uniforme impecable. Pero no estaba solo. Una chica caminaba a su lado, de unos quince años, con el pelo recogido en una trenza y un guardapolvo blanco del secundario. Su hija, supuse. Roberto levantó la mano para dar la orden, pero algo salió mal. El Flaco, nervioso, disparó antes de tiempo. El tiro rebotó en el paredón de la casa y González se tiró al suelo, cubriendo a la chica con su cuerpo. Laura gritó algo, Roberto arrancó el auto y yo, sin pensarlo, disparé también. No sé si fue el pánico o la adrenalina, pero mi bala no dio en el comisario. Dio en ella. La chica cayó con un grito corto, un charco rojo creciendo bajo su guardapolvo. González soltó un alarido que todavía me retumba en los oídos.
Escapamos. El Falcon volaba por las calles de Villa Urquiza, zigzagueando entre los Fiat 600 y los carros de los verduleros. Nadie dijo una palabra. Cuando llegamos al escondite, una casita destartalada en La Paternal, me temblaban las piernas. Me senté en un colchón viejo, mirando la pared descascarada, y la imagen de esa chica no se me iba de la cabeza. Quince años. Podría haber sido mi prima Sofía, que todavía juega con muñecas en el fondo de casa. ¿Qué había hecho? ¿En qué me había convertido? Las palabras del padre Esteban volvieron como un eco: “El catolicismo verdadero no bendice la violencia”. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Miguel me había llevado por un camino torcido?
Esa noche no dormí. Me quedé en la penumbra, oyendo el ruido de los trenes que pasaban cerca y el zumbido de un ventilador roto. Laura intentó consolarme: “Es la guerra, Santiago. Hay bajas. No podemos parar ahora”. Pero sus palabras sonaban huecas. Yo había querido justicia, no esto. Pensé en el padre Miguel, en sus sermones sobre los pobres, y me pregunté si él aprobaría lo que hice. Pensé en Cristo, el revolucionario, y en esa cruz que ahora pesaba como una losa sobre mi espalda.
No tuve tiempo de responder esas preguntas. Dos días después, el 17 de noviembre, la policía dio con el escondite. Alguien nos delató, o quizás dejamos un rastro de sangre que no vimos. Eran las cinco de la mañana cuando las sirenas rompieron el silencio de La Paternal. Roberto gritó que corriéramos, pero no había adónde. Las balas entraron por las ventanas como avispas furiosas. Vi al Flaco caer primero, con un tiro en el pecho. Laura intentó sacar su pistola, pero no llegó a disparar. Yo me quedé paralizado, con el 38 todavía en la mano, mirando la puerta que se abría a patadas.
El primer tiro me dio en el hombro. El segundo, en el estómago. Caí de rodillas, la vista nublada, el olor a pólvora y sangre llenándome la nariz. Mientras todo se oscurecía, pensé en esa chica de guardapolvo blanco, en su padre gritando, en mi madre poniéndose las perlas para ir a misa. Pensé en el padre Esteban, en su voz serena advirtiéndome, y en la cruz, esa cruz que creí sostener y que ahora me aplastaba. Y supe, demasiado tarde, que me había equivocado de camino.
(Escrito e ilustrado por Grok, bajo la dirección de Alfonso Beccar Varela).

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