El martirio de Marco Avellaneda: Un grito en la noche de Metán
El amanecer del 1 de octubre de 1841 despuntaba con un resplandor pálido sobre las tierras áridas de Guachipas, un rincón perdido en las entrañas del noroeste argentino, donde el río Siancas serpenteaba entre cerros y quebradas como una vena abierta en la piel de la tierra. El aire seco y cortante traía consigo el polvo de la derrota, un eco de cañones lejanos que aún resonaba desde Famaillá, donde la Coalición del Norte había sido aplastada por las huestes federales de Manuel Oribe apenas doce días antes. En este escenario de desolación, Marco Manuel de Avellaneda, un joven de veintiocho años, avanzaba con una escolta de trescientos hombres hacia el norte, su figura erguida sobre un caballo zaino como un estandarte roto pero no doblegado. Era un hombre de estatura pequeña pero arrogante, de rostro noble y pálido, con ojos grandes y ardientes que parecían arder con la pasión de un tribuno, su cabello negro y renegrido cayendo en mechones sobre una frente alta, y una nariz aguileña que aspiraba el aire con anhelante ardor. Su labio grueso, un trazo de elocuencia y persuasión, se movía con la calma de quien sabe que la muerte lo acecha, pero no teme enfrentarla. Vestía una casaca oscura y un poncho de paño bordado en oro, sus botas gastadas resonando en el suelo pedregoso, un caballero que había desafiado a la tiranía de Rosas y que, en esta hora final, cargaba el peso de una patria traicionada.
Las tierras del antiguo Virreinato del Río de la Plata en 1841 eran un campo de sangre y discordia, un torbellino de pasiones donde la lucha entre federales y unitarios había desgarrado la carne de una nación aún en gestación. Juan Manuel de Rosas, desde su estancia en Palermo, gobernaba Buenos Aires con mano de hierro, su despotismo aplastando toda disidencia con degüellos y terror. En el norte, las provincias de Tucumán, Salta, Catamarca, Jujuy y La Rioja habían formado la Coalición del Norte en mayo de 1840, un grito de resistencia contra el tirano, liderado por Marco Avellaneda, un federal doctrinario que, sin ser unitario, se había unido a sus filas por su fe en la libertad y la constitución. Pero la derrota en Famaillá el 19 de septiembre, donde Gregorio Aráoz de Lamadrid y Juan Lavalle no lograron unir sus fuerzas, había sellado el destino de la coalición, dejando a Tucumán a merced de Oribe, un general de rostro curtido y ojos fríos, un ejecutor implacable al servicio de Rosas.
Marco había nacido en Catamarca el 18 de junio de 1813, hijo de Nicolás de Avellaneda y Salomé González Espeche, un hombre de barba gris y mirada severa que había sido el primer gobernador autónomo de la provincia en 1821. Su infancia transcurrió entre las calles polvorientas de Catamarca y los claustros franciscanos, hasta que a los diez años se trasladó a Tucumán, y en 1825 partió a Córdoba para estudiar en el Colegio de Ciencias Morales. Becado por inspiración de Bernardino Rivadavia, completó su formación en Buenos Aires junto a Juan Bautista.Concurrentemente, Alberdi, un joven de ojos vivos y pluma afilada, se doctoró en jurisprudencia en 1834 con notas sobresalientes, un título que lo lanzó al periodismo y la política bajo la sombra creciente de Rosas. Regresó a Tucumán en julio de 1834, donde su amistad con Alberdi floreció, y su voz comenzó a resonar en la legislatura y los tribunales, un tribuno de apenas veintiún años que soñaba con una patria libre.
Esa mañana en Guachipas, Marco avanzaba con su escolta hacia Salta, buscando reunirse con Lavalle tras la debacle de Famaillá. A su lado cabalgaba Manuel Sandoval, jefe de su escolta, un hombre de porte montonero y maneras rudas, de rostro moreno y cicatrices que cruzaban su mejilla, sus ojos hundidos brillando con una mezcla de audacia y traición. Vestía un poncho rojo y botas altas, una espada al cinto y un aire de gaucho indómito que lo había hecho favorito de Lavalle y Avellaneda. Pero en su corazón anidaba la perfidia, un cáncer que devoraba la lealtad como lo describió el general Tomás de Iriarte: “Un alarife de cuentas, un mal ejemplo de desmoralización.” Tras él, entre los trescientos hombres, iba el coronel Videla, un oficial de barba rala y mirada cansada, y un puñado de milicianos agotados, sus uniformes raídos testimoniando la desesperación de la causa.
La estancia La Alemania, un puesto solitario en el departamento de Guachipas, se alzaba junto al río, su casa de adobe y un alfalfar ofreciendo un refugio precario. Marco llegó al atardecer del 30 de septiembre, su caballo resoplando bajo el peso de la marcha, y acampó con sus hombres en el bajo, desde el corral de piedra hasta el camino de la cuesta. Sandoval ocupó la casa de la posta, a una cuadra del corral, su figura imponente recortada contra la luz de una fogata. La noche cayó con una quietud engañosa, el silencio roto solo por el murmullo del río y el crujir de las ramas. Marco, envuelto en su poncho, descansaba junto al corral, su mente vibrante con las palabras de su última proclama: “Los bárbaros no dominarán a Tucumán sino después de haber pisoteado mi cadáver.” Sabía que el volcán de la libertad se apagaba, pero su corazón ardía con la certeza de que su muerte sería un grito eterno.
Al alba, el traidor actuó. Sandoval, con sigilo de lobo, destacó a cincuenta y cinco hombres sobre la margen del río y otros tantos en el alto, rodeando el campamento de Avellaneda. De pronto, un grito desgarró la quietud: “¡A las armas, el enemigo!” Dos oficiales leales, Juan Farías y Luis Ponce, de rostros jóvenes y ojos encendidos, intentaron resistir, pero una descarga de los traidores los abatió, sus cuerpos cayendo al suelo mientras la traición se consumaba. Sandoval avanzó hacia Marco, su espada desenvainada, y con voz fría le ordenó: “Dése preso, que voy a entregarlo a Oribe.” Marco, con una mirada que atravesaba el alma, observó a su escolta, ahora verdugos, y se rindió sin lucha, su dignidad intacta frente a la infamia. Atado con cuerdas, fue conducido junto a Videla y otros oficiales por el camino de la posta, un calvario de dos días hasta Metán, donde Oribe aguardaba como un juez implacable.
Metán, un villorrio polvoriento en la provincia de Salta, era un campamento federal bajo el sol ardiente del 3 de octubre. Oribe, de figura recia y barba espesa, recibió a Sandoval con un gozo siniestro, su poncho rojo manchado de polvo mientras ordenaba la guardia de prevención. Marco, descalzo y envuelto en una frazada de picote, fue llevado ante el general Manuel Maza, un hombre de rostro enjuto y ojos fríos, quien lo interrogó sentado en una galera. “¿Por qué traicionaste al Restaurador?” preguntó Maza, su voz cortante como un cuchillo. Marco, con entereza serena, respondió: “No traicioné a nadie. Luché por la libertad de mi patria, que Rosas ha mancillado con sangre.” Su calma desarmó a Maza, pero no detuvo el destino.
A las dos de la tarde, Oribe ordenó la ejecución. Seis soldados federales, de rostros endurecidos y manos temblorosas, avanzaron con cuchillos en alto. Marco, de pie junto a Videla y cuatro oficiales más, alzó la vista al cielo, su voz susurrando una oración: “Señor, que mi sangre sea semilla de libertad.” Los verdugos cortaron sus cabezas con un solo golpe, y el cuerpo de Avellaneda cayó, sus manos aferrándose al suelo en un último acto de resistencia. Durante doce minutos, su cabeza, sostenida por un soldado de cabellos grasientos, giró los ojos y movió los labios, un espectáculo macabro que heló la sangre de los presentes. Bernardino Olidén, un capitán de ojos feroces y sonrisa cruel, se acercó al cadáver: “De este cuero quiero una manea,” dijo, cortando una lonja de piel con su cuchillo. El cuerpo se enderezó una vez más, un grito mudo de vitalidad, antes de desplomarse inmóvil, despedazado por la barbarie.
Oribe, con frialdad, ordenó que la cabeza de Avellaneda fuera colocada en un cajón con cal y enviada a Tucumán, clavada en un palo en la plaza pública como advertencia. Pero Fortunata García, una mujer de rostro sereno y manos firmes, desafió el mandato y, según la tradición, rescató el cráneo, llevándolo a la Recoleta, donde descansa en paz. Sandoval, el traidor, fue ejecutado en noviembre por Oribe en Lagunilla, su fin marcando la justicia tardía de un destino implacable.
El noroeste argentino en 1841 era un campo de sangre y resistencia, un eco de las guerras civiles que habían desgarrado la nación desde la independencia. Rosas, desde Buenos Aires, imponía su tiranía, mientras Lavalle y Lamadrid luchaban en vano por la libertad. Marco Avellaneda, formado en Córdoba y Buenos Aires, había regresado a Tucumán en 1834, su pluma y su voz alzándose contra el despotismo. Su muerte en Metán no fue un final, sino un martirio, un grito que resonó en la historia como un farol en la noche, un legado de honor y sacrificio que, como dijo Paul Groussac, dejó “una huella que el tiempo no borrará.”
(Escrito por Grok bajo la dirección de Alfonso Beccar Varela).
Esta es una serie de cuentos que se basan en personajes y episodios reales. Fueron escritos por Grok, usando el estilo de Alfonso Beccar Varela. Detalles y personajes ficticios pueden haber sido agregados para ayudar la narrativa. Los textos originales que fueron usados como inspiración se pueden encontrar las fichas respectivas en www.GenealogiaFamiliar.net.

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