Los tres Papas del siglo XXI

 



En el vasto escenario de la historia reciente de la Iglesia Católica, los pontificados de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco emergen como capítulos cruciales, cada uno marcado por un estilo único de liderazgo, fe y compromiso con la misión de guiar a los fieles hacia Nuestro Señor. Karol Wojtyła, Joseph Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio, tres hombres de orígenes y temperamentos distintos, han enfrentado los retos de su tiempo con visiones que reflejan tanto las demandas de la modernidad como la inmutable esencia de la tradición católica. Este ensayo busca explorar en detalle sus actuaciones, adentrándose en sus personalidades, sus políticas eclesiásticas, su influencia en el ámbito internacional, sus enseñanzas doctrinales y su trato con quienes los rodearon. Invito al lector a contemplar sus legados, no para emitir juicios severos, sino para discernir cómo cada uno, desde su singularidad, intentó reflejar la luz divina en un mundo fracturado. 

Karol Wojtyła, al asumir el nombre de Juan Pablo II en 1978, irrumpió en el escenario papal con una energía que parecía capaz de mover montañas. Nacido en Wadowice, Polonia, en 1920, su vida estuvo marcada por la adversidad: la pérdida temprana de su madre y su hermano, la ocupación nazi de su patria y la opresión comunista que siguió. Estas experiencias forjaron un carácter resiliente, un hombre que combinaba un carisma magnético con una devoción profunda. Como joven sacerdote y obispo, participó activamente en el Concilio Vaticano II, abogando por una Iglesia que dialogara con el mundo sin perder su esencia. Su elección como papa, el primer no italiano en 455 años, fue un símbolo de universalidad para la Iglesia. Juan Pablo II era un comunicador nato; sus gestos, como besar el suelo al llegar a cada país, o su capacidad para conectar con los jóvenes en las Jornadas Mundiales de la Juventud, que él mismo instituyó en 1985, lo convirtieron en una figura global. Gobernó la Iglesia con una autoridad que buscaba contrarrestar la secularización creciente en Occidente. Fomentó movimientos laicales como el Opus Dei, Comunión y Liberación y los Focolares, dándoles un papel protagónico en la evangelización, lo que revitalizó la participación de los fieles pero también generó críticas por una centralización excesiva del poder en Roma. Uno de los puntos más oscuros de su pontificado fue su manejo de los escándalos de abusos sexuales por parte del clero. Aunque los casos comenzaron a emerger en los años 80, su respuesta fue lenta, confiando en exceso en las estructuras eclesiásticas locales para resolverlos, lo que permitió que el problema se agravara. No fue hasta finales de su pontificado, en 2001, que emitió normas más estrictas, delegando a la Congregación para la Doctrina de la Fe, entonces liderada por Ratzinger, la gestión de estos casos. En el ámbito internacional, su impacto fue monumental. Sus viajes a Polonia en 1979 y 1983 galvanizaron al movimiento Solidaridad, contribuyendo al colapso del bloque soviético. Líderes como Ronald Reagan y Margaret Thatcher lo consideraron un aliado clave en la lucha contra el comunismo. También medió en conflictos, como la disputa entre Argentina y Chile por el canal de Beagle en 1978, logrando un acuerdo de paz en 1984, y se pronunció enérgicamente contra la guerra de Irak en 2003, enviando emisarios al presidente George W. Bush para abogar por la diplomacia, aunque sus esfuerzos no lograron detener el conflicto. Sus enseñanzas doctrinales fueron un pilar de su legado. Encíclicas como Redemptor Hominis (1979), su primera, establecieron su visión cristocéntrica de la dignidad humana, mientras que Veritatis Splendor (1993) defendió la existencia de verdades morales absolutas frente al relativismo. Su Teología del Cuerpo, una serie de catequesis impartidas entre 1979 y 1984, ofreció una visión revolucionaria de la sexualidad humana como reflejo del amor divino, influyendo profundamente en la pastoral matrimonial. También promulgó el Catecismo de la Iglesia Católica en 1992, un texto que unificó la doctrina tras siglos sin una obra similar. Con sus colaboradores, era un líder cálido pero exigente. Su relación con Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1981, fue de confianza mutua; juntos enfrentaron desafíos como la Teología de la Liberación, que Juan Pablo II veía con recelo por sus tintes marxistas, aunque apoyó su énfasis en la justicia social cuando se alineaba con la fe. Su cercanía con los jóvenes contrastaba con una cierta distancia hacia obispos disidentes, a quienes corregía con firmeza pero sin rencor, buscando siempre la unidad. Su pontificado, que duró 26 años y 5 meses, hasta su muerte en 2005, dejó una Iglesia más visible y universal, pero también enfrentada a retos internos que su sucesor heredaría.

Joseph Ratzinger, al convertirse en Benedicto XVI en 2005, trajo al papado un temperamento más reservado y una mente teológica de una profundidad rara. Nacido en Baviera, Alemania, en 1927, su vida también estuvo marcada por tiempos oscuros: creció bajo el régimen nazi, fue reclutado forzosamente en las juventudes hitlerianas y luego desertó, un episodio que reflejó su aversión a toda forma de totalitarismo. Como teólogo, brilló en el Concilio Vaticano II, inicialmente como un reformador progresista, pero con los años adoptó una postura más conservadora al percibir los excesos del posconcilio, como la banalización de la liturgia. Su elección como papa, a los 78 años, fue vista como una transición hacia un liderazgo más reflexivo tras el carisma arrollador de Juan Pablo II. Benedicto XVI era un hombre de contemplación, amante de la música clásica —se sabía que tocaba Mozart al piano— y de la liturgia tradicional. Tracey Rowland lo describe con precisión: “Benedicto era un hombre de contemplación, cuya humildad intelectual lo hacía más pastor de lo que muchos creían” (Ratzinger’s Faith, 2008, p. 15). Su gobierno eclesiástico se centró en la purificación interna de la Iglesia. Heredó los escándalos de abusos sexuales en un momento crítico, y aunque su respuesta fue más contundente que la de su predecesor, aún se percibió como insuficiente. En 2006, enfrentó el caso de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, a quien sancionó apartándolo del ministerio público, una decisión que marcó un precedente, pero no evitó críticas por la lentitud en otros casos. Su motu proprio Summorum Pontificum de 2007, que liberalizó el uso de la Misa Tridentina, fue un gesto hacia los tradicionalistas, buscando sanar las heridas con grupos como la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, pero generó tensiones con sectores progresistas que veían en ello un retroceso respecto al espíritu del Vaticano II. Su énfasis en la “hermenéutica de la continuidad” buscaba interpretar el Concilio como una renovación dentro de la tradición, no como una ruptura, un esfuerzo intelectualmente sólido pero que no logró un consenso amplio entre los obispos. En el ámbito internacional, Benedicto XVI tuvo un papel menos prominente que Juan Pablo II. Su discurso en Ratisbona en 2006, donde citó a un emperador bizantino que criticaba la violencia en el islam, desató una tormenta diplomática. Aunque su intención era académica —explorar la relación entre fe y razón—, el incidente reveló su franqueza y una cierta ingenuidad en asuntos geopolíticos. Sin embargo, trabajó incansablemente por el diálogo interreligioso, especialmente con judíos, a quienes visitó en sinagogas en Colonia (2005) y Nueva York (2008), y con los ortodoxos, avanzando hacia una mayor comunión con el Patriarcado de Moscú. También abogó por la libertad religiosa en China, enviando una carta a los católicos chinos en 2007 para alentar su fidelidad a Roma, aunque las tensiones con el gobierno chino persistieron. Sus enseñanzas doctrinales fueron un faro de claridad en un mundo posmoderno. Su primera encíclica, Deus Caritas Est (2005), exploró el amor humano y divino con una sensibilidad que sorprendió a quienes esperaban un papa frío y dogmático. Caritas in Veritate (2009) abordó la justicia social en un mundo globalizado, defendiendo una economía al servicio de la persona. Su trilogía Jesús de Nazaret, publicada entre 2007 y 2012, fue un regalo teológico, invitando a los fieles a un encuentro personal con Nuestro Señor a través de un análisis histórico y espiritual de los Evangelios. Benedicto XVI llamó al relativismo una “dictadura”, advirtiendo contra una cultura que rechaza verdades absolutas. Con sus cercanos, era afectuoso pero distante en lo emocional. Su relación con su secretario, Georg Gänswein, y su hermano Georg, también sacerdote, era de profunda lealtad, pero su reticencia a confrontar directamente a opositores permitió que las tensiones en la Curia crecieran, como se vio en el escándalo Vatileaks de 2012, que expuso filtraciones y luchas de poder. Su renuncia en 2013, anunciada con una humildad que conmovió al mundo, fue un acto sin precedentes en casi 600 años. Alegando falta de fuerzas para continuar, abrió un nuevo capítulo en la historia papal, dejando un legado de profundidad teológica y una Iglesia más consciente de sus heridas internas.

Jorge Mario Bergoglio, al tomar el nombre de Francisco en 2013, trajo al papado un aire de sencillez y cercanía que resonó con un mundo cansado de formalismos. Nacido en Buenos Aires en 1936, hijo de inmigrantes italianos, su vida como jesuita en Argentina lo marcó profundamente. Durante los años de la dictadura militar (1976-1983), enfrentó dilemas éticos complejos, protegiendo a personas perseguidas mientras evitaba enfrentamientos directos con el régimen, una postura que años después generó controversias sobre su actuación. Como arzobispo de Buenos Aires, era conocido por su austeridad —viajaba en transporte público— y su cercanía con los pobres, visitando con frecuencia las villas miseria. Su elección como papa, el primero de América Latina y el primer jesuita, fue un hito. Francisco rompió con las tradiciones desde el inicio: rechazó vivir en el palacio apostólico, optando por la Casa Santa Marta, una residencia más modesta, y eligió un nombre inspirado en San Francisco de Asís, señalando su compromiso con la humildad y la creación. Austen Ivereigh lo describe con precisión: “Francisco es un pastor que prefiere el encuentro al protocolo, pero su espontaneidad puede ser un arma de doble filo” (The Great Reformer, 2014, p. 23). Su gobierno eclesiástico se centró en reformar la Iglesia para hacerla más cercana a los marginados. Impulsó la sinodalidad, un modelo de toma de decisiones más colegiado, convocando sínodos como el de la Familia (2014-2015) y el de la Amazonía (2019), que buscaron dar voz a las periferias. Sin embargo, este enfoque generó tensiones con obispos tradicionales, que temían una dilución de la autoridad romana. Su manejo de los escándalos de abusos sexuales fue un punto álgido. Aunque creó la Comisión para la Protección de Menores en 2014 y promulgó leyes más estrictas en 2019 con Vos Estis Lux Mundi, su gestión tuvo errores notables. En 2018, durante una visita a Chile, defendió inicialmente al obispo Juan Barros, acusado de encubrir abusos, lo que desató protestas; tras una investigación, Francisco reconoció su error y aceptó la renuncia de Barros, pero el episodio dañó su credibilidad en este tema. En el ámbito internacional, Francisco fue un actor dinámico. Facilitó el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos en 2014, un logro diplomático que marcó el inicio de su pontificado, y visitó Irak en 2021, un viaje histórico donde se reunió con el ayatolá Al-Sistani, promoviendo el diálogo interreligioso en una región marcada por la guerra. Su encíclica Laudato Si’ (2015) fue un llamado urgente a cuidar el medio ambiente, resonando en el Sur Global y más allá, aunque su crítica al capitalismo desenfrenado irritó a sectores conservadores. Sin embargo, su neutralidad en conflictos como la guerra entre Ucrania y Rusia, que estalló en 2022, frustró a muchos; su negativa a condenar explícitamente a Rusia, buscando mantener abierta la vía del diálogo, fue vista como una postura débil por algunos líderes europeos. Doctrinalmente, Francisco priorizó la misericordia sobre la rigidez. Su exhortación Amoris Laetitia (2016), resultado del Sínodo sobre la Familia, abrió la posibilidad de que los divorciados vueltos a casar accedieran a los sacramentos en ciertos casos, una decisión que provocó debates intensos. Algunos obispos la acogieron como un acto de compasión; otros, como el cardenal Raymond Burke, la criticaron por su ambigüedad. Frases como “¿Quién soy yo para juzgar?”, dichas en 2013 sobre las personas homosexuales, sugirieron apertura, pero sin alterar la doctrina tradicional. Fratelli Tutti (2020) promovió la fraternidad universal, abordando temas como la migración y la desigualdad, aunque su lenguaje pastoral a veces carecía de la precisión teológica de sus predecesores, dejando espacio para interpretaciones diversas. Con sus cercanos, Francisco era cálido pero podía ser autoritario. Marginó a opositores como Burke, reasignándolo a roles menores, y favoreció a aliados progresistas como el cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga. Su relación con Benedicto XVI, aún vivo durante su pontificado, fue respetuosa pero tensa; las críticas de sectores tradicionales, que veían en Francisco un riesgo para la ortodoxia, crearon un ambiente de polarización. Su franqueza, como cuando llamó “hipócritas” a algunos clérigos en 2014, hirió sensibilidades dentro de la Curia. Su pontificado, que terminó con su muerte el 21 de abril de 2025, dejó una Iglesia más abierta al mundo, pero también más dividida internamente.

Cada pontífice, desde su contexto y carisma, buscó conducir a la Iglesia hacia Nuestro Señor en medio de tormentas de duda y división. Juan Pablo II transformó el rostro de la Iglesia con su fe radiante y su valentía geopolítica, enfrentando al comunismo y llevando el Evangelio a los confines del mundo, aunque su lentitud en los escándalos de abusos dejó heridas abiertas. Benedicto XVI ofreció una profundidad teológica que iluminó la fe, intentando sanar las divisiones posconciliares y enfrentando con mayor decisión los abusos, pero su reserva y los conflictos internos limitaron su alcance. Francisco llevó el Evangelio a los olvidados, abogando por los pobres y el medio ambiente, pero su ambigüedad doctrinal y errores en crisis internas sembraron confusión. Sus legados, como la Iglesia misma, no son historias de triunfo o fracaso, sino de hombres que, en su fragilidad, intentaron reflejar la luz divina. 

De los tres, mi preferencia recae en Juan Pablo II. Su capacidad para inspirar, su valentía ante los totalitarismos y su firmeza doctrinal, aun con errores, lo convierten en un faro singular. En un mundo que se tambaleaba, él no solo sostuvo la barca de Pedro, sino que la impulsó con una esperanza que aún resuena. Invito al lector a meditar sobre sus caminos con caridad, pues, así como ellos navegaron un mundo fracturado, nosotros debemos buscar la verdad con corazones humildes.


por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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