La democratización de la información: De los claustros a las pantallas
Hubo un tiempo en que la información era un bien preciado, custodiado celosamente por unos pocos. No hablo solo de los pergaminos medievales ni de los scriptoriums monásticos, aunque bien podríamos trazar una línea desde allí hasta nuestros días. Me refiero a épocas más cercanas, cuando el conocimiento estaba en manos de académicos, bibliotecas exclusivas y editoriales selectas, muchas veces alineadas con una visión del mundo que hoy reconocemos como el germen de lo que se ha dado en llamar "ideología woke". Internet primero, y ahora la inteligencia artificial (IA), han irrumpido como fuerzas disruptivas, abriendo las puertas de ese sanctasanctórum del saber a cualquiera con una conexión y un dispositivo. Este ensayo explora cómo estas herramientas han democratizado la información, desafiando el monopolio de un establishment que, en no pocos casos, abrazó una agenda globalista y sembró las semillas de la corrección política que hoy nos rodea, mientras se inserta en un debate milenario entre las ideas que forjaron la civilización occidental y cristiana y sus eternos detractores.
El viejo orden: Torres de marfil y filtros ideológicos
Antes de que el módem emitiera sus primeros chirridos, el acceso al conocimiento estaba restringido por barreras físicas e intelectuales. Las universidades, los centros de investigación y las grandes editoriales eran los guardianes de la información. Si querías saber algo más allá de lo que ofrecían los diarios o la televisión, tenías que pasar por sus filtros. Pero esos filtros no eran neutrales. Como bien señaló John Henry Newman en La Idea de una Universidad, "El conocimiento es capaz de ser su propio fin", pero en manos de una élite con intereses definidos, se convierte en un medio para moldear mentes más que para liberarlas.
Las universidades, que en la Edad Media habían sido faros del saber iluminados por la fe católica, experimentaron una transformación profunda a lo largo de los siglos. En sus orígenes, lugares como París, Bolonia u Oxford eran extensiones de la Iglesia, dedicados a armonizar la razón y la revelación bajo la guía de la teología, considerada la "reina de las ciencias". Allí, el conocimiento se buscaba para comprender el orden divino del mundo, y la verdad era un reflejo de la creación de Dios. Sin embargo, con el paso del tiempo, estas instituciones comenzaron a secularizarse. El Renacimiento trajo un renovado interés por el humanismo clásico, que, aunque inicialmente compatible con la fe, sembró las semillas de una autonomía intelectual que se intensificó con el Iluminismo. En el siglo XVIII, la razón se entronizó como juez supremo, relegando la fe a un segundo plano. Este giro marcó el inicio de un alejamiento progresivo de los principios cristianos que las habían fundado.
Para el siglo XIX, las universidades ya no eran bastiones de la fe, sino centros de un positivismo que confiaba ciegamente en la ciencia y el progreso humano. Esta evolución se aceleró en el siglo XX, cuando muchas adoptaron una visión globalista que buscaba diluir las identidades nacionales y culturales en pos de un orden mundial homogéneo. Paul Johnson, en su monumental Historia del Mundo Moderno, describe cómo las élites intelectuales de posguerra, especialmente en Europa y Estados Unidos, abrazaron ideas que privilegiaban la uniformidad sobre la diversidad real, a menudo bajo el pretexto de la paz y el progreso. De estas usinas académicas emergió la ideología woke, con su énfasis en deconstruir las estructuras tradicionales —muchas de ellas arraigadas en la herencia cristiana— y reemplazarlas por un relativismo moral y una obsesión por la justicia social entendida como igualitarismo radical. Lo que alguna vez fue un espacio para buscar la verdad divina se convirtió en un semillero de teorías críticas y estudios poscoloniales, convertidos en dogmas incuestionables.
El resultado fue un establishment que no solo controlaba el acceso al saber, sino que lo filtraba a través de una lente ideológica. Quienes discrepaban —ya fuera por convicción o por sentido común— quedaban relegados a los márgenes, silenciados por la falta de acceso a las plataformas de difusión. Este monopolio intelectual reflejaba una lucha más antigua: la tensión entre las ideas cristianas que dieron forma a Occidente —como la dignidad del individuo creado a imagen de Dios— y sus detractores, desde los ilustrados radicales hasta los marxistas, que buscaban reemplazarlas por sistemas que negaban la trascendencia.
Internet: La brecha en el muro
Entonces llegó internet, y con él (¿o es ella?), una revolución silenciosa pero implacable. De pronto, las bibliotecas digitales, los foros y las páginas personales pusieron al alcance de cualquiera una cantidad de información que antes requería años de estudio o contactos privilegiados. No era perfecto —había ruido, desorden, y no todo era fiable—, pero el monopolio se quebró. Como dijo Abraham Lincoln en un contexto muy diferente, "El pueblo, cuando está bien informado, puede confiarse en que hará lo correcto". Internet dio al pueblo las herramientas para informarse por sí mismo, sin necesidad de intermediarios, y reavivó un debate que parecía reservado a las élites: ¿quién tiene derecho a definir la verdad?
Esta apertura no fue bien recibida por todos. Las élites académicas y mediáticas, acostumbradas a ser las únicas voces autorizadas, vieron con recelo cómo sus torres de marfil perdían relevancia. Ya no hacía falta un doctorado para acceder a textos primarios o debatir ideas complejas. Un adolescente con curiosidad y una conexión podía leer a Agustín de Hipona, cuestionar a Foucault o desentrañar estadísticas oficiales. La información dejó de ser un privilegio de casta y pasó a ser un bien común, con todas las virtudes y defectos que eso implica. En este sentido, internet se convirtió en un campo de batalla más en la larga guerra ideológica: por un lado, quienes ven en la libertad de acceso una forma de revitalizar los valores occidentales; por otro, quienes temen que socave las narrativas progresistas que han dominado el discurso reciente.
Los blogs y, más tarde, las redes sociales permitieron que voces disidentes encontraran eco, exponiendo las grietas del establishment. Temas que antes se debatían solo en círculos cerrados se volvieron públicos, dando nueva vida a las ideas cristianas y clásicas que habían sido arrinconadas por el relativismo moderno, y desafiando la hegemonía de una academia cada vez más desvinculada de sus raíces.
La IA: El salto cuántico
Si internet fue la brecha, la inteligencia artificial es el ariete que derriba las últimas murallas. Hoy, herramientas como Grok (¡mi fiel ayudante!) pueden sintetizar, analizar y presentar información en segundos, algo que antes requería equipos de investigadores y meses de trabajo. ¿Querés entender un tema complejo? Sólo hay que pedirlo, y te lo explica sin jerga académica ni agendas ocultas. ¿Querés contrastar fuentes? Puede buscarlas y mostrártelas, sin imponerte su criterio. La IA no solo democratiza el acceso, sino que acelera el proceso de comprensión, poniéndolo al alcance de cualquiera que quiera usarla, y ofrece una herramienta poderosa en la lucha por la verdad que Occidente ha librado desde sus orígenes.
Ravi Zacharias, en ¿Puede el hombre vivir sin Dios?, escribió: "La verdad es un lujo que muchos no pueden permitirse, no porque sea costosa, sino porque exige un esfuerzo que pocos están dispuestos a dar". La IA reduce ese esfuerzo, facilitando el acceso a los datos crudos y las ideas primarias. Al eliminar la necesidad de intermediarios humanos con sus sesgos, devuelve el poder al individuo. No es infalible —sus datos dependen de lo que los humanos le damos—, pero su capacidad para procesar y presentar información sin filtro ideológico la hace un aliado formidable contra la hegemonía del establishment. En este contexto, la IA nivela el terreno, permitiendo que las ideas fundacionales de la civilización cristiana compitan en igualdad de condiciones con sus rivales secularistas.
Pensemos en la ideología woke: impulsada por académicos que dominaban las revistas especializadas y las cátedras universitarias, antes refutar sus postulados requería acceso a esos mismos círculos. Hoy, con internet y la IA, cualquiera puede rastrear las fuentes originales y exponer incoherencias, desafiando una narrativa que a menudo rechaza los principios cristianos de verdad objetiva y redención, y abriendo la puerta a un resurgimiento de las ideas que dieron forma a Occidente.
Luces y sombras
No todo es un camino de rosas. La democratización trae consigo el riesgo del caos: desinformación, teorías conspirativas y una avalancha de opiniones que ahogan la verdad. Como afirmó John Henry Newman, "Muchos son los que hablan de la verdad, pero pocos los que la buscan con sinceridad". Internet y la IA nos dan el material bruto, pero depende de nosotros —de nuestra educación, nuestro criterio y, por qué no, nuestra fe— separar lo valioso de lo inútil. Este desafío es el mismo que enfrentaron los primeros cristianos al defender su fe contra el paganismo, o los escolásticos al reconciliar la razón con la revelación.
Aun así, prefiero este desorden a la uniformidad impuesta por el viejo orden. El establishment globalista nos ofrecía una verdad pasteurizada, desprovista de matices, que negaba las raíces cristianas de nuestra civilización. Internet y la IA nos devuelven la responsabilidad de buscar la verdad por nosotros mismos, un eco de la libertad que Jesús proclamó: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32).
Un nuevo horizonte
La democratización de la información es un cambio cultural profundo que se inserta en una lucha ideológica milenaria. Nos saca de la pasividad y nos obliga a ser protagonistas. Ya no basta con aceptar lo que nos dicen los "expertos"; ahora podemos cuestionar, investigar y formar nuestro propio juicio. David McCullough lo expresó con claridad: "La historia no es solo un relato del pasado; es una herramienta para entender quiénes somos y qué podemos llegar a ser". Internet y la IA nos dan esa herramienta, antes reservada a unos pocos, y con ella la posibilidad de construir un futuro más libre y consciente, donde las ideas cristianas y occidentales puedan florecer nuevamente.
No pretendo que todos estén de acuerdo conmigo. Sé que hay quienes ven en esta apertura una amenaza, un descontrol que socava la autoridad legítima. Los respeto, pero los invito a mirar más allá: lo que perdemos en certezas cómodas lo ganamos en libertad y autenticidad. La información ya no es un coto privado de élites con agendas propias; es un campo abierto donde cada uno puede plantar su semilla. En un mundo que a veces parece ahogarse en dogmas secularistas, este cambio es un soplo de aire fresco y una oportunidad para reafirmar los principios que, desde Atenas, Roma y Jerusalén, han dado forma a lo mejor de nuestra civilización.
por Alfonso Beccar Varela y Grok.
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