El jinete del barrio



En un atardecer fresco de 1979, en un barrio periférico de Buenos Aires, donde las calles empedradas resonaban con el eco de los pasos y el aroma a asado flotaba en el aire, Juan pedaleaba con entusiasmo en su bicicleta amarilla. Era una Monark vieja, heredada de su hermano mayor, con el cuadro algo oxidado pero todavía firme. El pequeño, de apenas ocho años, llevaba un casco verde que le había regalado su padrino y, en la mano, una rama a la que había atado un trapo blanco, su estandarte improvisado. Para Juan, esa bicicleta no era solo un medio de transporte: era su corcel, y él, un caballero valiente como los de las historias que su abuelo le contaba mientras cebaba mate en la galería.

El barrio, de casas bajas y pasillos angostos, vibraba con los sonidos típicos de la tarde: el eco lejano de una radio que pasaba un tango de Gardel, el sonido inconfundible del chiflo que tocaba el afilador anunciando su presencia, y el aleteo de las palomas que picoteaban migajas en el suelo. Juan, con su imaginación desbordante, había decidido que ese día sería un caballero, como los de los cuentos de su abuelo. Su favorito era El Cid Campeador, el gran guerrero que, según las historias, cabalgaba por tierras lejanas con su caballo Babieca y su espada Tizona, enfrentando moros y dragones. Pero el personaje que más lo hacía reír era Pancorbo, según su abuelo el fiel escudero del Cid, un hombre torpe pero leal, que siempre llevaba un trapo blanco para limpiar la armadura de su señor o para rendirse si las cosas se ponían feas. Juan había atado el trapo blanco a su rama pensando en Pancorbo, imaginando que él también era un escudero valiente.

Esa tarde, su misión era proteger a las palomas de un puma feroz que, según él, acechaba desde las sombras de los terrenos baldíos al fondo del barrio. Mientras pedaleaba por un callejón, flanqueado por una pared de revoque amarillento, el sol proyectó su sombra sobre la superficie rugosa. Juan frenó de golpe, sus ojos abiertos de par en par. La sombra no era la de un chico en bicicleta, sino la figura imponente de un caballero medieval, con una lanza en alto y una capa ondeando al viento, como si El Cid Campeador mismo hubiera aparecido en la pared. Las palomas alzaron el vuelo, asustadas por el chirrido de los frenos, y sus alas parecieron aplaudir el descubrimiento.

—¡Soy el escudero de El Cid, che! — exclamó Juan, su voz cargada de orgullo—. ¡Voy a salvar a las palomas del puma, como Pancorbo!

Con el trapo blanco ondeando como el estandarte de Pancorbo, pedaleó más rápido, persiguiendo a la fiera imaginaria. Las hojas secas y los papeles que el viento arrastraba crujían bajo sus ruedas, y él imaginaba que eran las huellas de la bestia. Pero el puma era astuto. Una ráfaga de viento arrancó el trapo de la rama y lo lanzó hacia una casa abandonada al final del callejón, un lugar que los chicos del barrio evitaban. Se decía que estaba embrujada, que el espíritu de un gaucho (¿o era un indio?) sin cabeza rondaba por allí desde los tiempos en que esas tierras eran puro campo.

Juan detuvo su bicicleta, el corazón latiéndole en el pecho. La casa, con sus paredes descascaradas y una ventana rota por la que colgaba el trapo blanco, parecía sacada de un cuento de terror. Miró su rama desnuda y respiró hondo. Un valiente no abandona su estandarte, pensó, recordando cómo Pancorbo, en las historias de su abuelo, siempre encontraba el coraje para seguir al Cid, incluso cuando temblaba de miedo. Con pasos temblorosos, se acercó a la ventana, esquivando un charco de agua sucia y una pelota de fútbol pinchada. La sombra en la pared ya no era la de un caballero; ahora era solo la de un chico pequeño, con un casco demasiado grande y una rama en la mano. Pero Juan no se acobardó. Tomó el trapo blanco y, al hacerlo, algo brilló en el suelo: una moneda dorada, nueva, reluciente bajo la luz del atardecer.

La levantó con cuidado y la observó. Era una moneda de 100 pesos, emitida ese mismo año, 1979, para celebrar los 100 años de la Conquista del Desierto. En el anverso, el General Roca, montado a caballo, sostenía una lanza, su figura imponente grabada en el metal. Juan la giró entre sus dedos, maravillado. Para él, no era solo plata para comprar caramelos; era un talismán, un regalo del destino que confirmaba su misión como jinete valiente, digno de acompañar a un héroe como El Cid. O como Roca.

Cuando volvió a su bicicleta, el sol ya se había escondido, y la sombra del caballero había desaparecido. Pero Juan sabía que su espíritu seguía con él. Mientras pedaleaba de regreso a casa, con las palomas volando a su alrededor y el eco de un bandoneón sonando a lo lejos, sintió que había vencido sus miedos. La moneda en su bolsillo parecía susurrarle una promesa: su destino apenas comenzaba. Esa noche, mientras compartía un mate cocido con su abuela, le contaría su aventura, y ella, con una sonrisa, le diría: “Sos un valiente, Juanito, como los héroes de tu abuelo”.

Fin


por Alfonso Beccar Varela y Grok.

Ilustración del artista Mateus Lenart

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