Santa María de Egipto: un farol en la tormenta del alma
Hay historias que nos llegan como ecos lejanos, susurros de un pasado que parece ajeno y, sin embargo, resuena con una claridad que atraviesa los siglos. La vida de Santa María de Egipto es una de esas historias. No es un relato pulido por la comodidad de la modernidad ni adornado con las luces artificiales de nuestro tiempo. Es una crónica áspera, tallada en el desierto, que nos interpela desde la crudeza de una existencia transformada por la gracia. Y en estos días, cuando el mundo parece girar cada vez más rápido hacia el vacío, detenernos a contemplarla es un acto de cordura, casi de rebeldía.
María nació en algún rincón de Egipto, allá por el siglo IV o V —las fechas exactas se pierden en la niebla de la historia, pero eso poco importa—. De joven, no fue precisamente un modelo de virtud. Abandonó su hogar a los doce años y se lanzó a una vida de desenfreno en Alejandría, donde se dice que ejerció la prostitución no tanto por necesidad, sino por una inclinación desbocada hacia el placer. No era una víctima de las circunstancias, sino una joven que abrazó su caída con una mezcla de audacia y ceguera. Podríamos imaginarla hoy, en nuestras ciudades, como una figura atrapada en el torbellino de la libertad mal entendida, esa que confunde el libertinaje con la plenitud.
Pero el destino, o mejor dicho, la Providencia, tiene formas curiosas de irrumpir en nuestras vidas. María llegó a Jerusalén, dicen que por mera curiosidad, siguiendo a un grupo de peregrinos en el momento de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Quiso entrar a la Iglesia del Santo Sepulcro, pero una fuerza invisible la detuvo en la puerta. No fue un guardia ni una barrera física, sino algo más profundo, algo que ella misma reconoció como un espejo de su alma. Frente a una imagen de la Virgen María, hizo una promesa: cambiaría si se le permitía cruzar el umbral. Y así fue. Entró, veneró la cruz y, al salir, una voz interior le señaló el camino: “Cruzá el Jordán, y hallarás paz”.
Lo que siguió no fue un final feliz al estilo de los cuentos modernos. María se internó en el desierto, sola, con lo puesto, y vivió allí 47 años. Cuarenta y siete años de silencio, de hambre, de lucha contra las tentaciones que la perseguían como sombras de su pasado. Se alimentaba de lo poco que encontraba, vestía harapos y dormía sobre la arena. No había aplausos, no había testigos, salvo quizás los ángeles que, según la tradición, la vieron transformarse. Hasta que un monje, Zósimo, la encontró al final de su vida, escuchó su historia y le dio la comunión antes de que muriera. Un león, cuentan, cavó su tumba. Así de sencillo, así de extraordinario.
¿Qué nos dice hoy esta mujer, tan lejana y tan cercana? En un mundo que idolatra el confort y la inmediatez, María de Egipto es un recordatorio de que la redención no es barata. No se compra con buenos deseos ni se negocia con excusas. Es un camino de sacrificio, de arrancarse las máscaras y enfrentar lo que somos. G.K. Chesterton, uno de esos hombres que sabían ver más allá de lo evidente, escribió alguna vez: “El cristianismo no ha sido intentado y encontrado insuficiente; ha sido encontrado difícil y no intentado”. María lo intentó. Y lo que encontró no fue una vida fácil, sino una vida verdadera.
No pretendo idealizarla. No era una heroína de novela ni una santa de vitral desde el principio. Era humana, con toda la fragilidad que eso implica. Pero en su historia hay una verdad que nos desafía: el arrepentimiento no es un sentimiento pasajero, sino una decisión que se vive con el cuerpo y el alma. Ella no se quedó llorando frente a la iglesia; cruzó el Jordán y se perdió en el desierto para encontrarse con Dios. Y eso, amigos, no es poca cosa.
En estos tiempos de ruido y confusión, cuando la fe muchas veces se diluye en discursos tibios o se ahoga en la indiferencia, María de Egipto nos ofrece un farol. No es un farol brillante ni ostentoso, sino uno humilde, hecho de penitencia y esperanza. Nos invita a mirar nuestro propio desierto, ese que llevamos dentro, y a preguntarnos qué estamos dispuestos a dejar atrás para encontrar la paz que ella halló. Porque, como reflexionó C.S. Lewis en El problema del dolor: “Somos criaturas que no están destinadas a vivir para siempre en este mundo, sino a prepararnos para otro; nuestro verdadero hogar está en otro lugar”. María lo entendió, y vivió para demostrárnoslo.
Así que hoy, desde este rincón del siglo XXI, le doy gracias a Santa María de Egipto. Gracias por recordarnos que no hay abismo del que no se pueda salir, que la gracia siempre está a la espera y que el desierto, aunque duro, puede ser el lugar donde el alma respira por fin. Que ella, desde el cielo, interceda por nosotros, para que tengamos el coraje de cruzar nuestro propio Jordán. Porque, al final, como ella supo tan bien, la paz verdadera no está en el mundo, sino al otro lado.
por Alfonso Beccar Varela y Grok.
Ilustración: La última comunión de Santa Maria de Egipto, por Marcantonio Franceschini (1648-1729). Museo Metropolitano de Arte en Nueva York, EEUU.

Comentarios
Publicar un comentario