La IA no sabe lo que está haciendo

 


Vivimos en una era fascinada por las máquinas. La inteligencia artificial (IA) se ha colado en nuestras vidas con promesas que suenan a ciencia ficción: sistemas que diagnostican enfermedades, escriben textos, manejan autos y hasta parecen razonar. Es fácil dejarse llevar por el asombro y pensar que hemos creado algo que trasciende lo humano. Pero en su artículo "AI Doesn’t Know What It’s Doing", Thomas Fowler nos pide que frenemos un momento, que miremos con calma y claridad lo que tenemos delante. Con una prosa sencilla y una lógica afilada, nos advierte que la IA no es el oráculo infalible que muchos imaginan. No busca pelear ni denostar, sino invitarnos a entender sus límites y a asumir nuestra responsabilidad frente a ellos. Y en un mundo que a veces prefiere el deslumbramiento a la reflexión, ese llamado suena como un soplo de aire fresco.

Fowler arranca con una verdad elemental pero contundente: la IA no tiene conciencia. "No sabe lo que hace", escribe, "porque carece de comprensión genuina". No es un detalle menor, sino el corazón de su argumento. Nos explica que estas máquinas, por más avanzadas que sean, funcionan con algoritmos, cálculos matemáticos y patrones extraídos de montañas de datos. Cuando una IA compone un poema o responde una pregunta, no lo hace porque entienda el arte o la lógica, sino porque ha sido entrenada para replicar lo que nosotros hemos hecho antes. Es un eco sofisticado de nuestra propia voz, no una mente que piensa por sí misma. Aquí uno podría recordar a G.K. Chesterton, que alguna vez dijo: "Una máquina es una máquina porque no puede pensar". Fowler no lo cita, pero su razonamiento camina por esa misma senda: la IA imita, pero no comprende; calcula, pero no siente.

El artículo se detiene en ejemplos que ilustran esta idea. Fowler menciona casos donde la IA ha tropezado de forma estrepitosa: sistemas que confunden imágenes, que generan textos incoherentes o que ofrecen respuestas absurdas ante situaciones nuevas. ¿Por qué? Porque no tienen ese sentido común que nosotros damos por sentado. "La IA no duda de sí misma", señala Fowler, "y esa es su mayor debilidad". Un hombre, al equivocarse, puede parar, mirar atrás y corregir el rumbo; la IA, en cambio, avanza como un tren sin frenos, ciega a sus propios errores. No es que sea inútil —sus logros son innegables—, pero depende enteramente de lo que le demos de comer. Si los datos son malos o incompletos, el resultado será un reflejo de esas fallas. Como diría C.S. Lewis en otro contexto, el peligro no está en la herramienta, sino en los hombres que la usan sin mirar lo que tienen en las manos.

Fowler va más allá y nos lleva a pensar en las implicancias. Si la IA no entiende, ¿qué pasa cuando le confiamos decisiones importantes? Nos pone frente a un caso hipotético pero inquietante: imagines un sistema que, por un error de diseño, toma una decisión de vida o muerte sin captar las consecuencias. "No podemos esperar que una herramienta sin alma tome decisiones morales", escribe con claridad. No es un grito alarmista, sino una advertencia sensata. La IA puede procesar datos a una velocidad que nos deja boquiabiertos, puede encontrar patrones que se nos escaparían, pero no tiene un corazón ni una conciencia para pesar el bien y el mal. Esa tarea nos toca a nosotros, y delegarla sin más es renunciar a lo que nos hace humanos. Aquí no hay lugar para la improvisación: Fowler nos pide que seamos los dueños de nuestras elecciones, no espectadores de una máquina que no sabe lo que está haciendo.

Pero no todo es crítica. Fowler reconoce el valor de la IA como aliada. Nos recuerda que puede ser una extensión de nuestra inteligencia, una ayuda para tareas que requieren rapidez o precisión sobrehumanas. Desde analizar imágenes médicas hasta predecir el clima, su potencial es inmenso. Sin embargo, insiste en que su lugar es el de una herramienta, no el de un guía. "Debemos usarla con discernimiento", argumenta, y ese discernimiento exige que entendamos sus límites. No se trata de rechazarla con desprecio ni de abrazarla con fe ciega, sino de ponerla en su justo lugar. En un mundo que a veces corre detrás de soluciones mágicas, esta postura tiene algo de contracultural, casi de desafío a la comodidad.

Al final, Fowler apela a nuestra razón y a nuestra humildad. No hay en sus palabras ni rastro de agresividad, solo una invitación a mirar con ojos claros. La IA no es un dios ni un demonio; es una creación nuestra, con toda la grandeza y las limitaciones que eso implica. "No sabe lo que hace", repite, y nos deja con una pregunta tácita: ¿sabemos nosotros lo que hacemos con ella? En tiempos donde la tecnología promete salvarnos de todo, desde el aburrimiento hasta la muerte, su mensaje es un recordatorio necesario. No se necesitan grandes teorías para verlo: basta con un poco de sentido común y la voluntad de no dejarse llevar por el ruido. Y así, con la misma calma con la que Alfonso podría escribir sobre una patria que olvidó sus raíces, Fowler nos dice que la IA es tan solo un reflejo de lo que somos, y que depende de nosotros decidir si ese reflejo nos eleva o nos hunde.


por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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