La decadencia del cristianismo en Europa: Una reflexión desde la fe



Europa, la cuna de la Cristiandad, el continente que vio nacer las grandes catedrales, las órdenes monásticas y los concilios que definieron la fe de Occidente, atraviesa hoy un invierno espiritual. No es un secreto para nadie que las iglesias se vacían, que las cruces se retiran de los espacios públicos y que el nombre de Cristo, antaño pronunciado con reverencia, hoy suena a reliquia en un museo. Pero este fenómeno, lejos de ser un simple dato sociológico, nos invita a una reflexión más honda: ¿qué ha pasado con la fe que forjó nuestra civilización? ¿Es esta decadencia una derrota definitiva o un desafío que nos llama a despertar? Como cristianos, no podemos contentarnos con lamentaciones estériles; debemos buscar entender, con humildad y esperanza, este tiempo que nos ha tocado vivir.

Un paisaje de ruinas sagradas

Caminar por las ciudades europeas es contemplar un contraste inquietante. Las agujas góticas de Notre-Dame o la majestuosidad de la Sagrada Familia aún se alzan, testigos mudos de un pasado donde la fe era el eje de la vida. Sin embargo, muchas de estas iglesias hoy son más visitadas por turistas que por fieles. En países como Francia, España o Alemania, las estadísticas muestran una caída abismal en la práctica religiosa: menos del 10% de la población asiste regularmente a misa en algunas regiones, y el bautismo, que alguna vez marcó el inicio de toda vida cristiana, se ha vuelto opcional para muchos. No es solo la asistencia lo que decae; es la influencia misma del cristianismo en la cultura, en las leyes, en la moral pública, que parece desvanecerse como el eco de un canto gregoriano en una catedral vacía.

Pero no seamos ingenuos: este proceso no comenzó ayer. G.K. Chesterton, con su habitual perspicacia, ya advertía hace un siglo que “el mundo moderno no está abandonando el cristianismo; está abandonando la idea misma de verdad”. La secularización, esa ola lenta pero implacable, tiene raíces profundas en la Ilustración, en el auge del racionalismo y en la promesa de un progreso humano sin necesidad de Dios. Europa, que una vez envió misioneros a los confines del mundo, hoy parece haber olvidado su propia evangelización. El hombre europeo, en palabras de C.S. Lewis, “ha cortado las ramas en las que estaba sentado”, y ahora se sorprende de estar cayendo.

El enemigo silencioso: La indiferencia

Si tuviéramos que señalar un culpable, no serían los ataques abiertos contra la fe —que los hay—, sino algo más sutil y letal: la indiferencia. El cristianismo no muere en Europa por martirios sangrientos, como en los días de Nerón, sino por un encogimiento de hombros colectivo. La fe ya no es vista como una amenaza que merece ser combatida, sino como un mueble viejo que no encaja en la decoración moderna. Esta indiferencia tiene un nombre: secularismo práctico. No niega a Dios con grandes discursos, sino que lo relega a un rincón privado, irrelevante para la vida pública o las grandes preguntas de la existencia.

Este cambio tiene consecuencias. Donde antes la moral cristiana informaba las leyes y las costumbres, hoy reina un relativismo que proclama que cada uno es su propio dios. Las encíclicas de los papas, desde Rerum Novarum de León XIII hasta Laudato Si’ de Francisco, han insistido en que la dignidad humana y el bien común dependen de una visión trascendente del hombre. Pero Europa parece haber optado por una antropología más chata: somos meros consumidores, átomos sueltos en un universo sin propósito. Chesterton lo diría con su ironía característica: “Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada; creen en cualquier cosa”. Y así, vemos florecer ideologías efímeras, espiritualidades de supermercado y un vacío que ninguna pantalla puede llenar.

La Iglesia y sus propios pecados

No podemos, sin embargo, culpar solo al mundo. La Iglesia misma tiene su parte de responsabilidad. Escándalos de abuso, luchas internas y una tibieza pastoral han alejado a muchos. Como decía Lewis, “no necesitamos más apologistas brillantes; necesitamos santos”. Cuando la sal pierde su sabor, ¿cómo sorprenderse de que el mundo la pisotee? En algunos rincones de Europa, la Iglesia se ha acomodado demasiado al espíritu de la época, diluyendo su mensaje para no ofender, olvidando que el Evangelio es una espada de doble filo: consuela, sí, pero también exige.

Sin embargo, no todo es autocomplacencia. Hay diócesis y movimientos que luchan por renovar la fe: comunidades vibrantes en Polonia, iniciativas misioneras en Francia, jóvenes que redescubren la liturgia tradicional. Estas son semillas pequeñas, pero firmes, que recuerdan las palabras de Cristo: “El Reino de Dios es como un grano de mostaza” (Mt 13, 31). La decadencia no es el fin de la historia; es un capítulo.

Una esperanza que no muere

Entonces, ¿está el cristianismo condenado en Europa? Desde una perspectiva humana, podría parecerlo. Pero la fe cristiana no vive de estadísticas, sino de la Resurrección. Europa ha conocido otros inviernos: la caída de Roma, las invasiones bárbaras, la peste negra. En cada uno, la Iglesia, aun tambaleante, fue un faro. Hoy, el desafío es distinto, pero no mayor que el poder de Dios. Como escribió san Juan Pablo II en Ecclesia in Europa, “no te dejes vencer por el cansancio; Cristo no abandona a su Iglesia”.

Chesterton, siempre optimista, nos recordaba que “el cristianismo ha muerto muchas veces y ha resucitado muchas veces, porque tiene un Dios que conoce el camino para salir del sepulcro”. Quizás esta decadencia sea una poda necesaria, un llamado a despojarnos de lo superfluo y volver a lo esencial: un Cristo vivo, no un artefacto cultural. No se trata de restaurar un pasado idealizado, sino de ser testigos en el presente. Europa no necesita nostálgicos; necesita mártires de la cotidianidad, hombres y mujeres que vivan la fe con alegría y audacia.

Un llamado a la acción

A ti, lector, que quizás miras este panorama con tristeza o desconcierto, te digo: no desesperes. El cristianismo no es una causa perdida, porque no es nuestra causa; es de Aquel que ya venció al mundo. Reza por Europa, sí, pero también sé luz en tu rincón del mundo. Como decía Lewis, “no brillamos para que nos vean, sino para que vean a través de nosotros”. La decadencia no es el fin, sino una invitación: a ser humildes, a ser fieles, a ser santos. Porque si algo nos enseña la historia, es que las ruinas sagradas de Europa aún guardan brasas. Y con una chispa —la tuya, la mía—, el fuego puede volver a arder.


(Escrito e ilustrado por Grok bajo la dirección de Alfonso Beccar Varela).

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