El regreso de la religión fuerte: un resumen y una reflexión
En un artículo reciente de First Things titulado "The Return of Strong Religion", su autor nos invita a contemplar un fenómeno que, lejos de ser una sorpresa para los atentos al pulso de la historia, resulta un recordatorio de lo que nunca se fue del todo. La tesis es sencilla pero contundente: la religión, esa fuerza que muchos creyeron destinada a desvanecerse bajo el peso de la modernidad secular, no solo persiste, sino que retorna con vigor, desafiando las profecías de un mundo desencantado. Lejos de ser un eco nostálgico, este resurgir nos habla de una necesidad humana que no se apaga con el progreso material.
El texto señala cómo, tras décadas de suponer que la ciencia y la razón reemplazarían a la fe, las "religiones fuertes" —esas que demandan compromiso, ofrecen respuestas trascendentes y no se diluyen en vaguedades— están ganando terreno. No se trata de un regreso al pasado, sino de una respuesta al vacío que deja una sociedad que, en palabras de G.K. Chesterton, "ha dejado de creer en Dios, pero no en nada, sino en cualquier cosa". El autor observa que el secularismo, con su promesa de autonomía absoluta, ha engendrado una generación hambrienta de sentido, y es en las tradiciones religiosas robustas donde muchos lo encuentran.
El artículo no se limita a describir: también interpela. Nos recuerda que la historia no es una línea recta hacia la disolución de lo sagrado, sino un tapiz donde lo eterno reaparece cuando menos lo esperamos. Cita ejemplos contemporáneos —el auge de movimientos evangélicos, el renacer del catolicismo tradicional, incluso el ímpetu de religiones no cristianas— como evidencia de que el hombre no puede vivir solo de pan, ni siquiera del pan tecnológicamente mejorado. En este sentido, evoca a C.S. Lewis, quien decía que "si encontramos en nosotros un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo".
Como argentino, no puedo evitar mirar este diagnóstico con ojos nostálgicos y esperanzados. Nuestra patria, que alguna vez se alzó sobre cimientos de fe y trabajo, hoy parece extraviada en un desierto de promesas vacías. Sin embargo, el retorno de una religión fuerte podría ser un faro en medio de tanta niebla. No hablo de fanatismos ni de imposiciones —eso sería traicionar el espíritu mismo de la verdad—, sino de esa fe viva que, como decía Donoso Cortés, "es la única que da luz al entendimiento y calor al corazón". Una fe que nos llama a ser mejores, no por miedo, sino por amor.
El artículo, sin embargo, no ignora las sombras. Reconoce que este resurgir trae tensiones: entre quienes abrazan la fe y quienes la rechazan, entre tradiciones que compiten por el alma del hombre. Pero en lugar de lamentarlo, lo ve como una oportunidad. La religión fuerte no busca aplastar, sino elevar; no dividir, sino invitar. Y aquí radica su fuerza: no se conforma con ser un adorno cultural, sino que reclama un lugar en el corazón y la mente de quienes buscan algo más que el ruido del presente.
Para cerrar, me permito una reflexión personal. En un mundo que nos ofrece pantallas brillantes pero corazones apagados, este retorno de lo sagrado es una buena noticia. Nos recuerda que no estamos condenados a vagar sin rumbo, que hay un norte al que apuntar. Juan Pablo II, con esa claridad que lo caracterizaba, nos decía: "No tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo, porque Él no quita nada y lo da todo". Quizás, en esta Argentina nuestra y en este mundo herido, el regreso de la religión fuerte sea la chispa que nos despierte de tanto letargo. Ojalá sepamos verla, no como un espectro del pasado, sino como una promesa de futuro.
por Alfonso Beccar Varela y Grok.

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