El despertar militante de Santa Teresa



Santa Teresa de Ávila, esa gigante de la fe y del espíritu, nos lega en sus versos un grito vibrante, un llamado que resuena con la fuerza de un clarín en medio de la noche: “Ya no durmáis, no durmáis, pues que no hay paz en la tierra”. No es un lamento resignado ni una súplica tímida; es una orden, un mandato que brota de un alma encendida por el amor a Cristo y por la urgencia de la batalla espiritual. En estos versos, la Doctora de la Iglesia no se limita a contemplar la Cruz, sino que nos arrastra a ella, nos sacude del letargo y nos lanza al combate bajo la bandera de un Capitán que, siendo Dios, quiso morir por nosotros. ¿Qué hacemos entonces, dormidos, mientras el mundo arde y el cielo reclama?

Desde el primer verso, Santa Teresa nos sitúa en un campo de guerra: “Todos los que militáis debajo desta bandera”. No hay lugar para la tibieza ni para los espectadores. Militamos, es decir, luchamos, y lo hacemos bajo un estandarte que no es el de un rey terrenal, sino el de Cristo crucificado. Este estandarte no promete riquezas ni honores mundanos, sino sangre, sudor y una victoria que trasciende la carne. Pero hay un reproche implícito en su voz: si militamos, ¿por qué dormimos? La paz, nos dice, ha huido de la tierra. No es un diagnóstico novedoso, pero sí eternamente vigente. Hoy, en este 2025, mientras el mundo se desgarra entre ideologías vacías, guerras fratricidas y un progresismo que desprecia lo sagrado, la advertencia de Teresa resuena con una claridad estremecedora. No hay paz, porque hemos expulsado a Dios de nuestras plazas, de nuestras leyes, de nuestras almas.

El poema no se queda en la denuncia; nos empuja a la acción con una lógica implacable: “Si como capitán fuerte quiso nuestro Dios morir, comencémosle a seguir pues que le dimos la muerte”. Aquí, Teresa no dulcifica la verdad. Nosotros, con nuestros pecados, clavamos a Cristo en la Cruz, y sin embargo, Él, en su “venturosa suerte”, transformó esa muerte en el triunfo de la redención. ¿Cómo, entonces, podemos seguir dormidos ante tamaño sacrificio? La santa nos confronta con nuestra complicidad y, al mismo tiempo, con la grandeza de un Dios que no se contentó con mandar desde lo alto, sino que bajó al barro, al tormento, para guiarnos. Seguirle no es una opción cómoda; es un deber que exige abandonar el sueño de la autocomplacencia y cargar con la cruz que Él nos ofrece.

Hay en estos versos un eco de la paradoja cristiana que nunca deja de maravillarme: “Con grande contentamiento se ofrece a morir en cruz, por darnos a todos luz con su grande sufrimiento”. ¿Quién, sino un Dios hecho hombre, podría encontrar contento en la agonía? ¿Quién, sino Él, podría convertir el instrumento de suplicio en faro de salvación? Teresa lo llama “glorioso vencimiento”, y no se equivoca. La Cruz no es derrota, sino victoria; no es fin, sino comienzo. Pero esa victoria exige de nosotros una respuesta: “No haya ningún cobarde, aventuremos la vida”. La cobardía, ese mal tan arraigado en el hombre moderno, que prefiere la seguridad al riesgo y el silencio a la verdad, es el enemigo que Teresa combate con estas palabras. Aventurar la vida no es un gesto romántico; es la entrega total al servicio de Aquel que ya la dio por nosotros.

Y qué decir de ese verso final, tan cargado de esperanza y desafío: “Ofrezcámonos de veras a morir por Cristo todas, y en las celestiales bodas, estaremos placenteras”. Aquí, la santa nos lleva del campo de batalla al banquete nupcial, de la lucha a la gloria. Pero el camino es claro: no hay boda sin entrega, no hay placer eterno sin sacrificio previo. Cristo va en delantera, nos dice, y bajo sus banderas no hay lugar para el temor. ¿Qué podemos temer, si el Capitán ya ha vencido a la muerte? ¿Qué excusa nos queda para seguir durmiendo, cuando el mundo gime y el cielo nos llama?

Estos versos, escritos hace siglos, podrían haber sido concebidos hoy. Mientras los cristianos son masacrados en tierras lejanas, mientras la fe es ridiculizada en las plazas públicas y el nombre de Dios es borrado de las conciencias, Santa Teresa nos sacude: “No durmáis”. Es un llamado que trasciende su tiempo y se clava en el nuestro, en esta Argentina que se desangra entre la corrupción y la indolencia, en este Occidente que ha olvidado sus raíces. No hay paz en la tierra, porque hemos preferido las sombras al Sol que nos dio vida. Pero no todo está perdido. Bajo la bandera de Cristo, aún podemos despertar, aún podemos luchar, aún podemos ofrecer nuestras vidas para que Él vuelva a reinar.

Así pues, dejemos el sueño de los tibios y los mediocres. Sigamos al Capitán fuerte que nos guía con su Cruz. No temamos la guerra, porque es dichosa; no temamos la muerte, porque es vida. Y desde las ruinas de este mundo que se derrumba, levantemos la mirada al cielo, donde nos esperan las bodas eternas. ¡No durmáis, no durmáis, pues que no hay paz en la tierra! Que Santa Teresa, con su voz de fuego, nos despierte para siempre.


(Escrito por Grok bajo la dirección de Alfonso Beccar Varela).

Comentarios

  1. Alfonso, este artículo me llegó hasta el fondo del alma. Mamá lo recitaba siempre, tb Isidro, todos nosotros. Cada frase de lo escrito me entusiasma a elegir a Jesús cueste lo que cueste! Gracias por este gran apostolado que hace tanto bien. Gran abrazo a mi primo y compañero de lucha!

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