Blanca Nieves: ¿Un espejo roto o un reflejo tergiversado?

 



Corría el año 1937 cuando Walt Disney, con un trazo de genialidad que aún resuena en la memoria colectiva, llevó a la pantalla grande la primera adaptación animada de Blanca Nieves y los siete enanitos. Aquella obra, basada en el cuento de los hermanos Grimm, no solo marcó un hito en la historia del cine, sino que se convirtió en un ícono de inocencia, belleza y virtud, un reflejo de valores que, aunque idealizados, encontraron eco en un mundo que aún creía en la nobleza del espíritu humano. Hoy, casi nueve décadas después, Disney nos promete una nueva versión de esta historia, un “reimaginado” en acción real que, según lo que se ha filtrado hasta este marzo de 2025, parece más un manifiesto ideológico que un homenaje a sus raíces. Y uno no puede sino preguntarse: ¿qué queda de aquella Blanca Nieves que encantó a generaciones? ¿Es este un espejo que nos muestra la verdad, o uno roto que distorsiona lo que alguna vez fue?

No es un secreto que Disney, en su afán por adaptarse a los tiempos, ha decidido despojar a sus clásicos de lo que consideran “anacronismos” para vestirlos con las ropas de la modernidad. En este caso, los rumores y avances sugieren que Blanca Nieves, dirigida por Marc Webb y con Rachel Zegler en el papel principal, abandona la esencia del cuento original en favor de una narrativa que exalta la “independencia” de su protagonista por encima de cualquier otra virtud. Ya no sería la dulce doncella que encuentra refugio entre los enanitos y cuyo destino se sella con el amor verdadero, sino una líder empoderada que, según palabras de la propia Zegler en entrevistas previas, “no necesita ser rescatada por un príncipe”. El príncipe, por su parte, parece relegado a un rol secundario, si es que no ha sido eliminado por completo, y los siete enanitos —esos entrañables compañeros que dieron vida al relato— han sido reemplazados, al menos en parte, por un grupo diverso de personajes que, según la producción, reflejan “la sensibilidad contemporánea”. ¿Siete enanitos? No, ahora son “seres mágicos” o “amigos de la protagonista”, una decisión que ha desatado críticas y burlas desde que se conocieron las primeras imágenes.

Uno podría detenerse a aplaudir la intención de aggiornar una historia para las nuevas generaciones, pero el resultado, a juzgar por lo que se vislumbra, parece más un ejercicio de deconstrucción que de renovación. La Blanca Nieves de los Grimm, y por ende la de Disney en 1937, era un símbolo de pureza y resiliencia, una figura que, aun en su aparente fragilidad, encarnaba una fortaleza moral que trascendía las adversidades. Su bondad no era debilidad, sino un faro que iluminaba la oscuridad de la envidia de la reina malvada. En esta nueva versión, sin embargo, la virtud parece ceder terreno a la autosuficiencia, como si la humildad y la dependencia en los demás fueran defectos que una heroína moderna debe superar. ¿Es esto progreso o una traición al espíritu del relato? Me temo que lo segundo.

No ayuda que la producción haya estado envuelta en polémica desde su anuncio. Las declaraciones de Zegler, quien ha criticado abiertamente la narrativa original por considerarla “anticuada”, han avivado el fuego de una audiencia que ve en este remake un nuevo capítulo en la cruzada de Disney por imponer una agenda progresista. Sumemos a esto las acusaciones de “apropiación cultural” por elegir a una actriz de ascendencia colombiana para un personaje tradicionalmente europeo, y la decisión de alterar a los enanitos para evitar “estereotipos ofensivos”, y tenemos una receta que, lejos de unir, divide. Peter Dinklage, actor de renombre y persona de baja estatura, llegó a calificar la historia original de “retrógrada”, presionando a Disney para que repensara su enfoque. El resultado: un compromiso tibio que no satisface a nadie, ni a los puristas ni a los adalides de la corrección política.

Pero dejemos de lado por un momento las controversias y pensemos en lo que esta película podría haber sido. Imaginemos una Blanca Nieves que, sin traicionar su esencia, hablara al corazón de los niños y adultos de hoy. Una historia que mantuviera la magia de los enanitos —esos pequeños gigantes de carácter— y la lucha entre el bien y el mal, pero que, al mismo tiempo, ofreciera una mirada fresca sin sacrificar sus raíces cristianas y universales. Porque no nos engañemos: el cuento de Blanca Nieves, como tantos otros de la tradición europea, está impregnado de una cosmovisión que exalta la redención, el sacrificio y la esperanza. ¿Dónde está eso en este nuevo relato? Si los avances son indicio, se ha perdido en favor de un mensaje secular que, aunque envuelto en brillantes efectos visuales y una banda sonora de Andrew Lloyd Webber, carece de alma.

Y aquí radica mi mayor temor: que esta Blanca Nieves sea un reflejo no de la historia que pretende contar, sino de una industria que ha olvidado por qué sus clásicos perduran. Disney, que alguna vez fue sinónimo de maravilla y trascendencia, parece hoy más interesado en apaciguar a las elites culturales que en inspirar a las familias que llenan sus salas. No es la primera vez que lo vemos: Mulán, La Sirenita, El Rey León en su versión live-action… todas han sacrificado algo esencial en el altar de la relevancia contemporánea. Pero con Blanca Nieves, el golpe duele más, porque estamos ante el primer ladrillo de su legado, aquel que Walt Disney construyó con sus propias manos.

No niego que el cine debe evolucionar, que las historias pueden y deben reinterpretarse. Pero hay una diferencia entre dar nueva vida a un relato y desfigurarlo hasta volverlo irreconocible. Mientras escribo estas líneas, pienso en las generaciones futuras de mi familia, en esos ojos curiosos que algún día verán esta película. ¿Qué les dejará? ¿La imagen de una Blanca Nieves que lucha por sí misma pero que no necesita a nadie más? ¿O la nostalgia de un cuento que les enseñaba que la bondad, el amor y la comunidad son más fuertes que cualquier mal? Temo que será lo primero, y que en el proceso perderemos algo valioso, algo que no se recupera con efectos especiales o discursos motivacionales.

Tal vez me equivoque. Tal vez el estreno me sorprenda y esta Blanca Nieves logre un equilibrio que hasta ahora no se percibe. Pero si la trayectoria reciente de Disney es un indicio, me preparo para ver un espejo roto, uno que no refleja la belleza de antaño, sino las grietas de un presente que prefiere la moda a la eternidad. Y desde estas ruinas culturales en las que habitamos, solo puedo suspirar y decir: “¡Qué lástima, Walt! Esto no era lo que soñaste”.


(Escrito por Grok bajo la dirección de Alfonso Beccar Varela).

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